Algo novedoso, sorprendente, valioso parece estar gestándose en las profundidades del espíritu argentino. Esa amalgama donde se fusionan las ideas con el carácter, la conciencia con el buen tino, la inteligencia con la acción.
La sociedad sabe que está frente a una oportunidad histórica. Con mayor o menor detalle, conoce, escucha o intuye que las cosas podrían ser muy diferentes. No necesitan ser expertos en petróleo, minería o agro. El tema ya se instaló en la conversación colectiva. Hay un horizonte que, aunque móvil, seduce, atrae, convoca, aglutina y energiza.
Sabe también que la distancia que la separa de esa “utopía posible” es aún larga y, además, será muy ardua de atravesar. Del mismo modo ha asumido que para poder “cruzar el puente” deberá tener fuerza, paciencia, resiliencia, convicción y templanza.
A su vez, los mismos ciudadanos que visualizan un posible nuevo amanecer para el país y sus propias vidas reconocen que la difícil realidad del presente no les brinda ni alegría ni entusiasmo. Mucho menos, euforia. No hay espacio para eso.
Se trata de aguantar, de no doblegarse, de perseverar. La gran mayoría de los que apostaron por un giro abrupto en el rumbo económico hace dos años y medio lo dice con claridad: “No queremos volver atrás” . El pasado no es, para ellos, una opción. Al menos, hasta ahora.
Las fuerzas para seguir “cruzando el desierto” abrevan de fuentes diversas. Una de ellas es lo que el propio modelo económico sí les da: estabilidad. Luce menor, pero no lo es. El conjunto de los argentinos añoraba poder planificar, proyectar, imaginar su vida. No pedían siquiera largo plazo, se conformaban con escapar de la lógica del día a día. Del “todo explota en cualquier momento” tan arraigado en la idiosincrasia nacional.
La inflación controlada, la tranquilidad del dólar y las calles sin piquetes constituyen la triada de elementos a los que se abraza la fe. La convergencia del sentido, de la gesta, del escape, del cambio alimenta la voluntad y da forma al tesón. “No estamos bien, pero sí estables” Así lo resumen.
Del mismo modo, ingresos que “no alcanzan”, trabajos que “no cierran” y deudas que “no se pueden pagar” operan como el triángulo que esmerila la esperanza. Un cúmulo de situaciones que genera mal humor y tensión. Asperezas que fastidian, que dificultan la cotidianidad, que abren interrogantes nuevos y que, en ciertos casos extremos, complican hasta el sueño.
Una nube gris y amenazante que, en nuestras últimas investigaciones cualitativas del humor social, adquiere progresivamente mayor densidad. Ni en la calle ni en los hogares hay ninguna fiesta. Se trata de bregar y empujar. No hay tiempo, ánimo ni motivos, todavía, para celebrar.
Los relevamientos mensuales de Casa Tres dan cuenta del mismo fenómeno. La esperanza había llegado a guarismos asombrosos: en noviembre de 2025, luego de la elección de medio término, el 50% de la población nacional lo identificaba como su principal sentimiento. En la última medición, de junio de este año, lo hace el 29%. Continúa siendo un valor alto, pero ha perdido el protagonismo hegemónico en muy pocos meses.
Ahora se lo disputan la bronca/enojo, con 23%; la angustia/tristeza, con 14%; la incertidumbre, con 13%, y la desilusión, con 10%.
Un conjunto de emociones que oscilan entre la opacidad y la oscuridad. Allí no hay luz ni brillo. Apenas dientes apretados, muecas de disgusto y, sobre todo, muchas y crecientes preguntas.
Tomando las enseñanzas de Hegel, podríamos decir que el espíritu de este tiempo es el de una abnegada “resistencia”. Si el corto plazo era el gran organizador de la dinámica temporal en el modelo anterior, el largo plazo puja ahora por desplazarlo de ese lugar que ordena todo lo demás.
No es lo mismo una población que piensa a 10 días que una que lo hace a 10 años. Se puede sacrificar deseo presente por deseo futuro, siempre y cuando se crea que ese futuro es viable y va a existir. Ese grupo mayoritario de argentinos hoy, todavía, “elige creer”
En la era de las fake news y la digitalización extrema, el componente místico vuelve a crecer. Es una variable sustancialmente más relevante de lo que pueden encorsetar los modelos predictivos de la tecnología. Capaces de hacer millones de cálculos en segundos, se vuelven frágiles para ahondar en los asuntos del alma humana dado que sus hacedores y programadores la subestiman o, aun peor, desconocen su existencia.
Asumir que el hombre es apenas una articulación de órganos, neuronas y flujos con interfaces que los conectan, análogo a una máquina, es una perspectiva pobre y parcial sobre la condición humana. Por el contrario, al sumar la dimensión espiritual se abren marcos de análisis más nutritivos.
Es en este sentido que, para comprender el momento actual, conviene recordar lo que dijo el filósofo luxemburgués Jean Greisch en una nota que diera a LA NACION en 2006: “Todo ser humano está programado para maravillarse. Lo maravilloso siempre está allí y se acomoda perfectamente al mundo desarrollado. Los antropólogos dicen que, aunque el hombre esté altamente especializado, habituado a razonar en términos utilitaristas, no perdió la capacidad de caer bajo el encanto de lo maravilloso. Sucede que el hombre no puede vivir sin creer. Es inimaginable una humanidad en la cual el hombre se haya dejado de contar cuentos”
Además de las prestaciones de un modelo económico que tiene claros y oscuros, controvertido y que será arduamente debatido en el próximo proceso electoral (¿cómo y cuándo llegan el petróleo de Vaca Muerta o el litio de Catamarca o el oro de San Juan al Conurbano?), porque hoy seduce a algunos, conforma levemente a otros y disgusta a un grupo considerable, existen otras fuentes de sentido que nutren la resistencia.
Los nuevos arquetipos
Para Carl Jung, los arquetipos eran construcciones simbólicas que moraban en el inconsciente colectivo y que habían sido gestadas en tiempos inmemoriales. Las civilizaciones simplemente las heredaban de sus antepasados.
Por eso, en su obra “Arquetipos e inconsciente colectivo” decía que “somos comparsas en el teatro del mundo”. Actuamos papeles que ya fueron escritos y encarnamos personajes que ya han sido actuados. Los arquetipos constituyen una especie de conciencia universal. Si bien operan sobre la humanidad como conjunto, no son fijos ni inamovibles porque pueden ser decodificados de distintas maneras en las diversas culturas. Pero claramente tienen un rol: orientar la conducta del hombre que, de manera consciente e inconsciente, los emula sin preguntarse demasiado de dónde vienen.
Jung les asigna un valioso rol porque “quien ha perdido los símbolos históricos se encuentra en una situación difícil: ante él se abre la nada, frente a la cual el hombre aparta el rostro con miedo”.
“Tierra de campeones”
Cuando parecía que ya no quedaba más nada para decir ni por elogiar de Lionel Messi, en el día de su cumpleaños 39 su primera manifestación pública fue subir un video a sus redes sociales. En ese video se lo ve entrenando duro en el gimnasio, cuando se suponía que debía estar relajado y disfrutando. Las imágenes, que ya eran impactantes, fueron acompañadas por un tema musical.
Se trata de la canción “Tierra de campeones”, interpretada por “La T y la M”. Una pegadiza cumbia que dice: “Tierra de trabajadores buscando el peso, de la gente que confía en el proceso, de la que busca el progreso, y que, por eso, hoy grito soy argentino hasta los huesos”.
La banda musical elegida por el ídolo eterno operó como un contundente refuerzo semántico. El mensaje era demasiado claro, a prueba de malos entendidos. En el bonus track de su gloria, cuando la gran mayoría se habría retirado a gozar de sus incontables logros, Messi sigue hablando de trabajo, de esfuerzo, de proceso y de dinero ganado legítimamente.
Lo que podemos preguntarnos aquí es si Messi no está dejando de ser Messi para transformarse en un nuevo arquetipo nacional. Que encarna valores que lucen nuevos, pero que, en realidad, son antiguos, primarios, fundacionales. Solo que habían sido olvidados, desplazados por la cultura del atajo, la ventaja, el corto plazo y “la fácil”.
Debo decir que no está solo: lo acompañan otras figuras del deporte que trabajan en la misma sintonía como Franco Colapinto, el propio Lionel Scaloni y la gran mayoría de sus dirigidos en “La Scalonetta”, por citar apenas algunos de los actuales. Si vamos al pasado, podemos recalar en Fangio, Vilas, Clerc, Reutemann, Valdano y Ginóbili, entre muchos buenos ejemplos de una argentinidad de clase mundial, tanto en sus habilidades como en sus conductas y su modo de ser y hacer.
Naturalmente, hay ejemplos igualmente valiosos en casi todas las disciplinas: desde la literatura hasta la música, desde los científicos hasta los pensadores, desde los emprendedores hasta los empresarios.
Remiten a las ideas que hicieron grande al país. Los que se forjaron entre los recursos disponibles y la sana ambición de los inmigrantes que se encargaron de transformarlos en realidad con el sudor de su frente y sus manos ajadas. Esfuerzo, trabajo, educación, mérito y progreso. El quinteto real de la idiosincrasia de clase media que tantas veces salvó a la Argentina de desvaríos posibles. Porque cuando el dinero se ganó de manera legítima, poco o mucho, nadie quiere que se lo quiten. La clase media es la primera defensora de la propiedad privada bien habida.
En “La corrosión del carácter”, un famoso ensayo del año 2000, el prestigioso sociólogo norteamericano Richard Sennet definió este concepto como “esa palabra que abarca incluso más cosas que la moderna personalidad, un término referido a deseos y sentimientos que pueden existir dentro de nosotros sin que nadie más lo sepa (…) el carácter se centra en el particular aspecto duradero a largo plazo de nuestra experiencia emocional”.
Profundizaba luego la idea afirmando que “el carácter se expresa por la lealtad y el compromiso mutuo, bien a través de la búsqueda de objetivos a largo plazo, bien por la práctica de postergar la gratificación en función de un objetivo futuro”.
Concluía la idea diciendo que “el carácter se relaciona con los rasgos personales que valoramos en nosotros mismos y por los que queremos ser valorados”.
Quizá la verdadera oportunidad histórica que tiene el país por delante no esté únicamente centrada en los nuevos recursos económicos que traerán el petróleo, el gas, la minería, el agro y la industria del conocimiento, sino en la potencial mutación del carácter nacional.
En caso de concretarse, podría cambiar la historia como está sucediendo con ese “nuevo” arquetipo que encarnan Messi o Colapinto. Y que emana una vibración que cala en los huesos y en los corazones de la gente. Gloria y buen trato, respeto y educación, talento y sensatez.
Dejar escapar esta oportunidad espiritual sería una especie de suicidio colectivo. Más allá de quién sea el líder que conduzca a los argentinos hacia el otro lado del puente. Ese es otro tema que lo decidirá el año próximo la propia sociedad.

