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Diario Plural San Juan > Opinión > La Argentina de los dos ritmos
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La Argentina de los dos ritmos

Última actualización: 5 de agosto de 2026 1:22 pm
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La Argentina navega en mares distintos, tal como venimos analizando en sucesivos episodios de nuestros Podcast “Deriva”. No porque haya cambiado el rumbo económico, sino porque cambiaron las condiciones sobre las que ese rumbo deberá sostenerse.

Durante los primeros meses de gestión, el principal capital político del Gobierno fue la expectativa. Una parte importante de la sociedad aceptó un ajuste profundo porque entendió que era el costo de corregir desequilibrios acumulados durante años. La estabilización macroeconómica aparecía como una condición indispensable para iniciar un nuevo ciclo.

Ese diagnóstico todavía conserva respaldo. Pero la pregunta que empieza a instalarse ya no es si el orden macroeconómico era necesario, sino cuándo comenzará a traducirse en mejoras concretas para la vida cotidiana.

Ahí aparece la principal característica de esta nueva etapa: la Argentina empieza a moverse a dos ritmos.

Por un lado, algunos indicadores macroeconómicos muestran avances evidentes. La inflación dejó de ocupar el centro de la escena, el equilibrio fiscal volvió a convertirse en un objetivo alcanzable y determinados sectores de la economía viven un ciclo de fuerte expansión.

Pero, al mismo tiempo, una parte mucho más amplia del entramado productivo continúa transitando una realidad muy diferente. Comercios, pequeñas y medianas empresas, actividades vinculadas al consumo interno, parte de la industria, la construcción y numerosos servicios todavía enfrentan una demanda débil, márgenes cada vez más estrechos y la necesidad permanente de ajustar costos para sostener su actividad.

No se trata de una economía que crece de manera uniforme. Se trata de una recuperación concentrada.

Y esa diferencia ayuda a explicar buena parte del clima social. Nuestros últimos estudios muestran que casi 6 de cada 10 hacen una evaluación negativa de la situación económica del país y que los sentimientos negativos duplican a los positivos. Más importante aún: empieza a deteriorarse la expectativa de mejora.

Ese dato merece especial atención. Las sociedades suelen tolerar costos elevados cuando perciben que forman parte de una transición con horizonte claro. Pero cuando la expectativa comienza a debilitarse y la recuperación no llega con la misma intensidad a todos los sectores, el respaldo deja de ser automático.

Eso es precisamente lo que empieza a observarse. La economía cotidiana gana peso frente a la macroeconomía y más de la mitad de los hogares declara dificultades para cubrir sus gastos.

No parece estar produciéndose un rechazo al rumbo elegido. Lo que cambia es la naturaleza del apoyo. La primera etapa estuvo dominada por la confianza. La segunda estará determinada por los resultados.

La sociedad ya no evalúa únicamente si el Gobierno estabilizó la economía. Empieza a preguntarse si esa estabilización mejora efectivamente su propia realidad.

Esa transición también modifica la sensibilidad frente a otros temas. En contextos donde la expectativa es alta, muchas inconsistencias pueden ser relativizadas. Cuando los beneficios económicos tardan en llegar, la tolerancia disminuye y la vara ética se eleva.

No sorprende entonces que los episodios vinculados con corrupción o privilegios tengan hoy un impacto creciente sobre la confianza pública. En un gobierno que construyó buena parte de su identidad política sobre la promesa de romper con esas prácticas, la coherencia deja de ser un atributo deseable para convertirse en un activo estratégico.

Pero la segunda etapa del proceso argentino no dependerá únicamente de factores internos. El contexto internacional también empieza a cambiar las reglas del juego.

Durante años se habló de globalización, apertura y cadenas internacionales de producción. Hoy el escenario es diferente. La competencia entre Estados Unidos y China, la guerra en Ucrania, los conflictos en Medio Oriente y el uso creciente del comercio como herramienta geopolítica están configurando un mundo más fragmentado, más incierto y más proteccionista.

Brasil elegirá presidente en octubre. Estados Unidos renovará el Congreso en noviembre. Los resultados podrán modificar liderazgos y estilos políticos, pero difícilmente alteren una tendencia de fondo: las principales economías están priorizando cada vez más la defensa de sus propios intereses.

Estados Unidos protege su industria con aranceles y subsidios. Europa incorpora regulaciones ambientales que funcionan también como instrumentos de política industrial. Brasil, cualquiera sea el resultado electoral, continuará defendiendo su producción y su mercado interno. La lógica dominante ya no es la apertura irrestricta, sino la competencia entre Estados. Para la Argentina esto tiene implicancias concretas.

Por un lado, puede abrir oportunidades. Un país con recursos energéticos, minerales y capacidad agroexportadora puede beneficiarse de una demanda internacional que busca diversificar proveedores y garantizar abastecimiento. Pero también implica mayores riesgos.

Los conflictos internacionales modifican el precio de los commodities, alteran las cadenas logísticas y aumentan la volatilidad financiera. Para una economía que deberá enfrentar importantes vencimientos de deuda en los próximos años, variables como la tasa de interés internacional, la percepción global de riesgo o la disponibilidad de financiamiento serán tan importantes como muchas de las decisiones de política económica doméstica.

En otras palabras, la Argentina necesitará consolidar su estabilidad en un mundo que probablemente será menos estable. Esa es la complejidad de la etapa que comienza.

La primera fase consistió en corregir desequilibrios macroeconómicos. La segunda será bastante más exigente y deberá transformar esa estabilidad en crecimiento para una base mucho más amplia de sectores económicos; sostener el respaldo social cuando la paciencia empieza a agotarse; preservar la credibilidad institucional en un contexto de mayor escrutinio; y hacerlo, además, en un escenario internacional donde la geopolítica vuelve a condicionar el comercio, las inversiones y el financiamiento.

En definitiva, el desafío argentino ya no consiste solamente en ordenar la economía. Consiste en lograr que el orden se convierta en crecimiento, que ese crecimiento deje de estar concentrado en unos pocos sectores y que la sociedad vuelva a percibir que el esfuerzo realizado empieza, finalmente, a dar resultados. Porque la estabilidad era una condición necesaria. Pero la historia demuestra que, por sí sola, nunca fue suficiente.



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