Donald Trump puso el dedo en la llaga sobre el futuro de las dos Irlandas, divididas desde hace más de un siglo, cuando el sur, después de pelear contra la dominación británica, encontró el camino de la independencia mientras el norte se mantenía en la órbita de Londres.
En su clásico estilo de provocadora ligereza, comentando cualquier suceso de mayor o menor importancia como al pasar, Trump dijo durante una visita a Dublín, el fin de semana pasado, que sería “fantástico” que los dos países volvieran a ser uno solo.
Trump visibilizó una discusión que en su momento se convirtió en un sangriento conflicto civil en las calles de Belfast y otras ciudades de Irlanda del Norte, con más de tres mil muertos. La contienda enfrentó a grandes rasgos durante tres décadas a las comunidades católica y protestante, una peleando por la unidad de Irlanda, la otra luchando por seguir perteneciendo al Reino Unido.
El comentario del jefe de la Casa Blanca fue un tiro por elevación al gobierno británico, con el que está molesto por no querer secundarlo en la guerra contra Irán. Y de paso estaría también apelando a las emociones de las decenas de millones de votantes de origen irlandés en Estados Unidos, a dos meses de las elecciones legislativas de medio término.
Trump destapó la olla y un mundo de sensaciones, comentarios y debates salió a la luz, con una pregunta nunca resuelta: ¿Qué chances hay de que los irlandeses del norte y del sur estén alguna vez bajo un mismo gobierno, como una república unida?
Algo se está moviendo. La reunificación quema, enfrenta, asusta y alienta según de quién se trate. Los líderes británicos nunca han querido saber nada con desprenderse de Irlanda del Norte. Pero el expremier Gordon Brown (2007-2010) declaró sorpresivamente el mes pasado en una entrevista que “por supuesto, a largo plazo, Irlanda va a unirse”.
Y cuatro días después de los comentarios de Trump, los líderes de Escocia, Gales e Irlanda del Norte firmaron un memorándum instando a Gran Bretaña a prepararse para un cambio constitucional, y afirmando que deberían poder decidir su futuro por vías democráticas.
El aluvión nacionalista tiene a maltraer al actual primer ministro, Andy Burnham, quien aún antes de las incómodas declaraciones de Trump sentenció durante una visita a Belfast que un referéndum sobre una Irlanda reunificada estaba “fuera de discusión”.
Buscando cerrar las fugas y tener algunas certezas, Burnham conversó esta semana con el primer ministro de la República de Irlanda, con quien reafirmó “su compromiso compartido de defender el Acuerdo de Viernes Santo”. El acuerdo establece que solo se puede convocar a un referéndum si en algún momento “parece probable” que una mayoría quiere abandonar el Reino Unido.
Renuencia británica
La formulación deliberadamente ambigua del texto le permite a Londres decidir si parece o no parece probable llamar a una consulta. Solo un aluvión contundente de números en las encuestas revertiría la renuencia británica. Y si bien todavía falta, los números están en alza.
“Sin duda, las probabilidades han aumentado desde el Brexit de 2016. Los nacionalistas de Irlanda del Norte son, por lo general, partidarios de la UE; por tanto, la unidad de Irlanda supondría una vía para reincorporarse. Las encuestas indican un ligero aumento del apoyo a la unidad desde 2016, pero las cifras aún no se acercan a un reparto equitativo (50/50), por lo que, de momento, no se celebrará ningún referéndum”, dijo a LA NACION el analista político David Mitchell, profesor del Trinity College de Dublín (sede de Belfast).
“La unidad de Irlanda se ha convertido en un tema de debate habitual en los medios de comunicación desde 2016, mientras que antes era una posibilidad muy remota de la que solo hablaban los republicanos irlandeses del Sinn Féin”, el partido que lidera la causa.
La Unión Europea aparece como una seductora vidriera que refuerza la tendencia hacia la reunificación. La mayoría de los norirlandeses votaron contra el Brexit en la consulta de diez años atrás. Los escoceses también votaron en contra, mientras que Inglaterra y Gales lo hicieron a favor, marcando con el peso demográfico de los ingleses la vía de salida.
Por eso la vuelta al seno de la UE, mediante la unidad con la República de Irlanda, que ya es miembro del bloque, está operando como aliciente incluso entre los protestantes.
Un sondeo de Amarach Research dio que hablar por ofrecer un resultado marcadamente a favor de la unidad, lo que no sucedía antes. El 63% de los encuestados se expresaron a favor de una sola Irlanda como parte de la Unión Europea. La clave estuvo en anclar la pregunta sobre la unidad irlandesa a la pertenencia al bloque europeo, lo que amplió el consenso.
Michael Cooper, director de proyectos del Peacemakers Museum en Derry, Irlanda del Norte, aseguró a LA NACION que habrá un referéndum dentro de la próxima década, y no tiene dudas hacia dónde se volcarán las preferencias.
“El elemento central del Acuerdo de Viernes Santo de 1998 que puso fin al conflicto armado, desde la perspectiva republicana, fue la inclusión de la cláusula sobre el referéndum. Esto se basaba en la premisa de que la población republicana del norte seguiría creciendo a un ritmo mayor que la unionista [pro-Londres], así como en la convicción republicana de que muchos habitantes del norte partidarios del Reino Unido podrían ser persuadidos de que una Irlanda reunificada también redundaría en su propio beneficio, tanto por razones económicas como sociales. El impacto del Brexit aumentó aún más la probabilidad de que muchos de estos unionistas moderados cambien de postura, ya sea votando a favor de la unidad irlandesa en un futuro referéndum o absteniéndose de votar”, señaló.
El arco de la historia
La líder del Sinn Fein, Mary Lou McDonald, dijo durante un discurso en julio pasado que el día de la verdad está cerca. “La historia se está desarrollando ante nosotros. Se vienen referéndums sobre la unidad. Llegará el día en que todos podrán expresarse en las urnas. Bretaña ya no puede poner límites al avance de esta nación. El arco de la historia de Irlanda es largo; ahora se inclina hacia un futuro que pertenece al pueblo, en una Irlanda unida y una nueva república”, clamó la dirigente nacionalista.
Por su parte, la legisladora socialdemócrata Claire Hanna instó a los políticos que se pongan a trabajar si quieren que las cosas pasen, sin depender de gente de afuera. Son los mismos irlandeses los que deben transformar los sueños en realidad.
Los comentarios de Trump y de Brown reflejan “que existe una lógica, así como un arco económico y geopolítico” que va en dirección a la unidad irlandesa, señaló. “Pero sigue siendo el trabajo de los que queremos verlo, construirlo y crear las condiciones, y ningún político de Estados Unidos o Bretaña hará el trabajo por nosotros”.
La opinión pública va madurando hacia un futuro sin Londres. Pero el gobierno británico no lo hará fácil. Ni el actual ni los futuros. Del otro lado del Atlántico, en cambio, los primos de origen irlandés se entusiasmaron con el cimbronazo retórico de Trump.
En un comunicado conjunto, los líderes de dos de las principales organizaciones de la comunidad irlandesa en Estados Unidos sostuvieron que las condiciones están dadas para una consulta popular y que no hay razón para seguir esperando: “El presidente Trump expresó su opinión. El primer ministro británico Burnham y el ministro para Irlanda del Norte expresaron la suya. La decisión final no corresponde a ninguno de ellos”.

