La rutina de una comisaría es un engranaje donde la vida institucional y la vida íntima se cruzan de formas imprevisibles. A las diez de la mañana, en la Comisaría 34ª, ese equilibrio se rompió por el sonido seco de un disparo que no debería haber existido.
Mariana Sol Jofré, de 29 años, escribiente y madre de una niña de ocho años, transitaba el sexto mes de su segundo embarazo dentro de esas paredes. Tres años de servicio —entre operativos, canchas y recargos— la habían anclado a una profesión dura, pero el destino la había reubicado temporalmente en la escritura y el registro, un refugio aparente frente al peligro de la calle que, paradójicamente, la alcanzó desde adentro.
El arma que la hirió no vino de afuera; pertenecía a un compañero, Cristian Exequiel Albarracín, también policía y ahora detenido. La hipótesis oficial habla de un accidente, de una manipulación negligente de la reglamentaria, pero la etiqueta de lo accidental choca de frente con la crudeza de las consecuencias. Manipular un arma exige una precisión que la cotidianidad a veces vuelve ciega, desgastando el respeto reverente que se le debe al peligro.
El traslado del Hospital Rawson al Sanatorio CIMYN marca el compás de una espera angustiante. Detrás del parte médico hay una red de afectos en tensión: una pareja que también viste el uniforme, una familia que multiplica su miedo ante la vulnerabilidad del embarazo y una comunidad que observa cómo la violencia, a veces, se infiltra en los lugares donde se supone que debemos estar seguros.
La investigación judicial dirá si hubo negligencia criminal o una tragedia fortuita. Pero para Mariana, su familia y sus hijas, el daño ya está hecho: la cotidianidad de un turno cualquiera se transformó, en un segundo, en una prueba de supervivencia.

