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El fútbol como metáfora – LA NACION

Última actualización: 25 de julio de 2026 12:35 am
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Siendo presidente de la república y dada mi conocida militancia peñarolense, un periodista me preguntó: “Si a usted le dan a elegir entre un trofeo mundial para Peñarol o para Uruguay, ¿usted qué elegiría?”. Traté de eludir responder sobre la imposibilidad de tal opción, pero, repreguntado, opté por la sinceridad más absoluta: “No daré una respuesta políticamente correcta, que sería hipócrita… Opto por la copa para Peñarol…”.

En un país de nuestra dimensión, que ha sido más conocido en el mundo por el fútbol más que por cualquier otra dimensión de la vida, la respuesta suena disparatada. Sin embargo, lo entendieron como normal los aficionados a Peñarol, que hubieran contestado lo mismo, y también los de Nacional, que asumen que así somos los hinchas de Peñarol, rebeldes ante la Asociación Uruguaya de Fútbol y –en su visión– unos energúmenos irredentos. En todo caso, nadie planteó un impeachment al presidente o algo parecido.

Confieso que esto refleja algo que toda la vida me ha molestado, que son los himnos, las banderas, el imaginario colectivo de una suerte de metáfora bélica. Nuestras canciones patrias nos hablan de “la patria o la tumba” o “con gloria sabremos morir” y ellas dejan de ser invocaciones poéticas cuando el enfrentamiento deportivo es pasional, emotivo, fuerte. Los jugadores argentinos, en el comienzo del partido con Inglaterra, realmente parecían ir a la guerra. Luego ofrecieron un magnífico espectáculo, por su moral deportiva, por su entereza para superar la adversidad, pero ganaron jugando bien al fútbol, con pelotas mágicamente dirigidas por Messi.

Los que domingo a domingo sufrimos con River o Boca, Peñarol o Nacional, quedamos sumergidos en una ola de opinólogos que no pisan una cancha y viven la competencia deportiva más allá de su esencia

Ocurre con los seleccionados nacionales que cuando juegan provocan el comentario o el interés de quienes no son aficionados al fútbol a tiempo completo. Los que domingo a domingo sufrimos con River o Boca, Peñarol o Nacional, quedamos sumergidos en una ola de opinólogos que no pisan una cancha y viven la competencia deportiva más allá de su esencia. Hablan desde otro lugar, no ven –como nosotros– la camiseta de un club que luce cada jugador debajo de la nacional, aunque también “hinchemos” por esta.

En ese sentido, el técnico argentino, un gran triunfador al que todos le debemos reconocimiento, fue muy categórico antes del partido con Inglaterra cuando pidió que no mezcláramos el fútbol con situaciones de otro ámbito. Lo hizo con sobriedad, con sentimiento, con lo que era una preocupación, esa sí, patriótica. Tratando de evitar eso que suele ocurrir en estos casos. Cuando todos los uruguayos somos unos groseros “ferreteros”, o todos los argentinos unos arrogantes y todos los ingleses unos cínicos… todos, todos, sin atenuantes ni excepciones…

Sabemos que finalmente no resultó así. Que se dio el caso de la bandera de las Malvinas y ahora una catarata de reproches hacia la Argentina que vienen no solo de Inglaterra, sino de España, luego de la final. Algunos entendibles, otros pasionales, sobre todo prejuiciosos, que se trasladan aun al plano político e institucional.

Reconozco que mis recelos con la explotación nacionalista de los seleccionados se han atenuado últimamente cuando el fútbol se ha transformado en la primera trinchera de combate frente al racismo. La mezcla racial y étnica que ha producido el fútbol le ha impuesto a la sociedad la convivencia, el reconocimiento de la igualdad. Saltan brotes de racismo por aquí y por allá. Nada se presta más para ello que el fútbol. Sin embargo, ellos hoy generan un rechazo generalizado de la sociedad, que no era tan claro hace muy pocos años. Los franceses ya se han acostumbrado a respetar y querer no solo a un francés de familia magrebí como Zidane, sino aun de origen en el África negra como Dembelé o Mbappé. O los ingleses a Saka o al propio Bellingham, hijo de un feliz matrimonio interracial.

Para nosotros esto era normal cuando ya en 1924 el Uruguay fue la única selección con un moreno y nuestro héroe máximo de Maracaná, en 1950, es el “Negro Jefe” Obdulio Varela. En Europa, sin embargo, no era así y bien sabemos de las tragedias que produjo el racismo europeo. Naturalmente, el tema no está saldado en ninguna parte y tanto en Europa como en EE.UU. los populismos de derecha incluyen el racismo, expresa o subliminalmente, en sus planteos sobre inmigración o delincuencia. Lo que da más valor a este deporte, que sanciona la actitud racista y provoca una militancia mediática que no existía.

Termino estas heterodoxas reflexiones aludiendo a una circunstancia histórica: si hay dos sociedades individualistas son España y la Argentina. Siempre les ha costado funcionar colectivamente. Su institucionalidad ha sido un choque permanente entre la abstracción de la norma y el particularismo del sentimiento. Sin embargo, llegaron a la final del Mundial por su espíritu de grupo, su trabajo colectivo. España no tenía ídolos consagrados. La Argentina lo tenía, pero en su ocaso y jugando solo para el toque genial, que requería la construcción de la situación que lo hiciera viable. Los dos técnicos, serios, sobrios, sin protagonismos mediáticos. Los dos semifinalistas perdidosos eran una constelación de estrellas, que cedieron paso al fútbol armónico, más técnico el español, más épico el argentino.

Como rioplatense me sentí muy representado en este seleccionado argentino y todos estamos orgullosos de lo que hizo, de lo que mostró como actitud. Más allá de las anécdotas negativas que hoy afloran en esa dimensión de los prejuicios que tanto nos sublevan. Perder la final siempre deja tristeza, pero ese equipo hizo milagros, remontadas épicas y eliminó a sus mayores rivales.

Al final de cuentas, también resulta una noble metáfora que el fútbol pueda ser expresión del valor social de la disciplina colectiva.



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