El emperador del desierto riojano, y la reconquista de las piedras. Masterclass de cómo ser un ridiculo importante.
Hay gente que cuando gobierna una provincia con los índices económicos más destruidos del país se dedica a gestionar, a generar empleo o, por lo menos, a disimular el papelón. Pero no, Ricardo Quintela decidió que lo que faltaba en el menú de la desgracia riojana era un buen episodio de delirio imperial. ¡A conquistar San Juan, muchachos!
El hombre se levantó una mañana con delirios de conquistador, miró el mapa y dijo: “Che, ¿viste el Valle de la Luna? Es nuestro. Exijo mis regalías en fósiles de dinosaurio”. Claro, Ricardo, (Con R de ridículo). Gobernar una provincia donde la gente reza para que el cajero automático tenga plata no es suficiente desafío; hay que sumar hectáreas de yuyos y lagartijas al patrimonio provincial a ver si con eso repunta la economía. Es el único estadista en el mundo que cree que poblando un desierto de piedras prehistóricas, patrimonio de la humanidad, va a solucionar el déficit fiscal que lo toma con los pantalones bajados todos los dias, ¿qué viene después? ¿reclamar soberanía sobre la superficie de la Luna o anexar la Casa de Sarmiento por decreto?
Lo gracioso es el timing, la provincia prendida fuego, la administración local pidiendo auxilio con antorchas, y el gobernador comportándose como nene al que le sacaron el anteúltimo Rasti en el jardín de infantes. “¡No, mami, San Juan me robó el mojón, devuélvanme mi pedazo de tierra dinosáurica!”.
Y claro, cuando salieron los sanjuaninos a ponerle los puntos, el papelón quedó en alta definición. Salieron a recordarle que antes de andar fantaseando con ser el Zar de Cuyo y manotearle territorio a San Juan, estaría bueno aprender a pagar sueldos sin inventar cuasimonedas o hacer malabares dignos de circo pobre, donde hasta las pulgas lo han abandonado.
Pero él insiste, digno de un patriota de cartón pintado, agitando banderas de soberanía trucha mientras se le cae el rancho a pedazos. Al final, Quintela no busca un límite territorial, busca un escondite geológico perfecto donde la realidad económica de su gestión jamás lo pueda encontrar. ¡Un aplauso para este prócer del papelón!, ¡Viva Perón Carajo!, a pesar que el Gral. lo agarraría del cogote.

