Hay países que discuten políticas públicas, otros que debaten sistemas electorales, y después está Argentina: el único lugar del planeta donde podés ir ganando 3 a 0, y aun así perder porque alguien descubrió un inciso escondido en un decreto escrito atrás de una servilleta del 83.
Acá no hay reglas: hay sugerencias con flexibilidad infinita, como un elástico de calzoncillo barato. Mientras el mundo avanza hacia la inteligencia artificial, nosotros avanzamos hacia la picardía artesanal: decisiones que se cosen a mano, con la misma dedicación con que tu tía borda manteles, pero con menos sentido estético y mucha más maldad.
Argentina debería tener un ministerio dedicado exclusivamente a avisarte a qué reglas jugar hoy. Algo así como: “Nueva norma disponible. ¿Desea descargarla? Sí / No / ¿Y ahora qué hicieron?”. Y claro, esa norma se te instala sola mientras dormís, y cuando te levantás ya debés 200 lucas en retroactivo porque “no te diste cuenta”.
Las reglas acá funcionan como el clima: cambian cada diez minutos y siempre para peor. Si hay algo que nos distingue es la velocidad para inventar un reglamento sobre la marcha, aprobarlo entre amigos y aplicarlo a los enemigos. Un deporte olímpico sin podio, pero con mucha rosca.
Argentina es el único país donde: El reglamento se escribe después del partido, el árbitro pregunta “¿cómo querés que cobre esta, jefe?”. Y el público festeja si el juez inventa un penal a favor del club propio, siempre que al rival se lo cobren “porque así aprende”. Tenemos genios verdaderos: Gente que puede cambiar un procedimiento administrativo mientras lo ejecutan, Héroes capaces de anunciarte un nuevo impuesto con efecto retroactivo a 1991. Magos que hacen desaparecer descensos, deudas, causas penales y hasta copas inventadas, Argentina es el Cirque Du Soleil pero con un aroma a podrido que mata.

