Tras décadas de estatismo y proteccionismo que condenaron a América Latina al estancamiento, la transformación de la Argentina hacia una economía abierta y capitalista podría iniciar un nuevo ciclo de libertad, prosperidad y florecimiento humano en la región.
El cambio argentino aún no está consolidado, pero tal vez haya echado raíces más profundas de lo que muchos analistas reconocen. Una mayoría significativa parece haber comprendido que la transformación es necesaria y que el rumbo general es correcto, más allá de las críticas legítimas a las formas presidenciales o a determinados aspectos de las reformas.
Existe consenso sobre la necesidad de terminar con la inflación, no mediante controles de precios o acuerdos corporativos, sino eliminando el déficit fiscal, deteniendo la emisión monetaria y saneando el Banco Central. También se ha extendido la idea de que la Argentina necesita una economía abierta, exportadora y competitiva, en lugar del viejo modelo de “vivir con lo nuestro”, sustituir importaciones a cualquier costo y repartir una riqueza que el propio sistema impedía producir.
Las resistencias corporativas son inmensas. Se reflejaron el año pasado cuando el Congreso votó leyes contrarias al rumbo presidencial, provocando una corrida que dolarizó el 50% de la masa monetaria, llevó las tasas al 100% anual y produjo dos trimestres recesivos. Sin embargo, en las elecciones legislativas de octubre de 2025 La Libertad Avanza obtuvo un sólido 41%. No fue un cheque en blanco, pero sí una señal contundente de que gran parte de la sociedad no quiere regresar al modelo que produjo inflación, pobreza y decadencia.
En dos años y medio, el Gobierno logró avances extraordinarios. Redujo el gasto público nacional, eliminó el déficit fiscal, interrumpió el financiamiento monetario del Tesoro y redujo drásticamente los pasivos remunerados del Banco Central. La inflación bajó del 211% al 30%, la pobreza del 42% a alrededor del 30% y el riesgo país de más de 2600 a unos 500 puntos.
También desreguló mercados, flexibilizó el régimen laboral, eliminó organismos innecesarios, redujo impuestos por el equivalente al 2,5% del PBI, liberó restricciones al comercio y puso en marcha el RIGI. En el primer semestre de 2026, las exportaciones crecieron 24,4% interanual. Incluso las manufacturas de origen industrial, excluidas las vinculadas a la minería, avanzaron un respetable 11,1%.
Lo que falta
La tarea realizada es formidable, pero faltan reformas decisivas: reducir la maraña de aproximadamente 150 impuestos nacionales, provinciales y municipales; hacer sostenible el sistema previsional; terminar de liberar el mercado cambiario; continuar bajando aranceles; firmar tratados de libre comercio; acelerar las privatizaciones; sancionar una verdadera ley de libertad educativa; y avanzar hacia una Justicia independiente y profesional, con una Corte Suprema que incorpore juristas de la tradición constitucional liberal.
Para lograrlo será indispensable sumar a gobernadores e intendentes. La Argentina es federal y el esfuerzo no puede limitarse a la Nación. Mientras el Gobierno nacional eliminó enormes desequilibrios fiscales y cuasifiscales y bajó impuestos, las provincias aumentaron el año pasado su gasto público un 6,5% real y continúan sosteniendo estructuras sobredimensionadas, empresas deficitarias e impuestos que encarecen cada etapa de la producción.
La lógica de la curva de Laffer solo puede aprovecharse plenamente si los tres niveles del Estado reducen simultáneamente los impuestos más distorsivos. Si únicamente lo hace la Nación, soporta el costo inicial, mientras el crecimiento beneficia también a provincias y municipios mediante la coparticipación y sus propios tributos. Una reducción coordinada disminuye el costo de producir, acelera la formalización, amplía las bases imponibles y acorta la caída de la recaudación.
La reelección como campana de largada
La elección presidencial de 2027 será crucial. Hoy no aparece otro candidato capaz de garantizar la continuidad del proceso y las encuestas muestran que la reelección de Javier Milei, en segunda vuelta, es el escenario más probable y la condición política para completar las reformas.
Una victoria clara reduciría el riesgo de reversión populista, que el mercado ya mide mediante la diferencia de rendimiento entre los bonos anteriores y posteriores a 2027. El riesgo país podría acercarse a 200 puntos básicos y, si se preservan el equilibrio fiscal, la estabilidad monetaria y los contratos, la Argentina podría recuperar el grado de inversión hacia el final del segundo mandato. Moody’s elevó su calificación a B3 con perspectiva positiva y otras calificadoras avanzaron en la misma dirección.
Esto podría destrabar los proyectos del RIGI, que superan los US$122.000 millones entre aprobados y en evaluación. Muchas empresas ya realizaron estudios, estructuraron su financiamiento y organizaron proveedores, pero esperan confirmar que la Argentina no volverá a cambiar las reglas.
El Súper RIGI ampliaría los incentivos hacia la inteligencia artificial, los semiconductores, la biotecnología, las baterías de litio, la energía nuclear, el hidrógeno y los centros de datos. Estos últimos podrían aprovechar el gas, el viento y las bajas temperaturas de la Patagonia para transformar energía barata en capacidad de cómputo exportable, con mayor valor agregado y menores costos de transporte.
Finalmente, con menor riesgo país caerían las tasas, crecería el crédito de largo plazo y el mercado hipotecario impulsaría la construcción. Esto generaría empleo donde más se necesita, especialmente en el conurbano bonaerense, y contribuiría a mejorar sustancialmente los salarios.
La economía funciona hoy a dos velocidades. El agro, la energía, la minería, la economía del conocimiento y algunas exportaciones industriales se expanden rápidamente, mientras el comercio, la construcción y parte de la industria todavía sufren la debilidad del consumo y la competencia. El interior productivo mejora, mientras el conurbano, donde se retiran subsidios, sufre. Es la secuencia propia de una economía en transición: primero se estabiliza la moneda, luego se reconstruye el crédito y finalmente se recuperan la inversión, el empleo y el consumo sostenible.
La buena noticia es que las tasas de interés cercanas a cero en términos reales empiezan a producir señales de mejora: la mora de las familias dejó de aumentar y la de las empresas disminuye.
La economía podría crecer 2,5% este año y 3% en 2027. La evidencia muestra que el esfuerzo vale la pena: Irlanda, Polonia, Corea del Sur, Singapur, Hong Kong, Taiwán y la China de Deng Xiaoping sostuvieron durante décadas tasas cercanas o superiores al 5% tras abrir sus economías, liberar mercados y promover la inversión y las exportaciones. La consolidación llegará cuando otro gobierno argentino, aun sin ser libertario, preserve las instituciones y el rumbo.
Si mantenemos el rumbo y tenemos éxito, el proceso argentino puede inspirar a otros gobiernos de centroderecha de la región: José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú, Santiago Peña en Paraguay, Rodrigo Paz en Bolivia… El desafío es no repetir experiencias tibias y animarse a equilibrar las cuentas, abrir las economías, defender la propiedad privada y reemplazar el capitalismo de amigos por mercados competitivos.
Ese sería el punto de inflexión para toda América Latina.

