Un día alguien en el Banco Central se preguntó «che, ¿y si esto fuera más incómodo todavía?» y ahí nomás decidieron mandar los lingotes a Suiza. No fue capricho turístico ni nada raro; fue un «swap», que en criollo es «empeñar el oro pero con corbata». Lo dejás de garantía, te dan dólares baratos, y en teoría después lo recuperás. Como cuando le dejás el auto al primo para que te preste plata, pero el primo es un banco internacional y el auto es la reserva del país.
Lo gracioso —o lo trágico, según el día— es que ni siquiera podemos usar nuestro propio oro tal cual sale de la montaña. Hay que mandarlo a que unos señores en Europa le pongan un sello que diga «sí, esto es oro de verdad, ahora sí vale». Es como cultivar tus propias papas, mandarlas a Francia para que las prueben, y recién ahí te dejan hacer puré.
Un especialista explicó que en 4 o 5 años la minería va a ser «la nueva Vaca Muerta». Ojo con esa frase, que en el diccionario argentino significa «va a arreglar todo, pero todavía no, esperá, ya casi, aguantá un cachito más». Mientras tanto las exportaciones mineras ya vienen re arriba —casi 4.750 millones de dólares en el semestre, un salto de 75%— pero esa plata no llega a ningún bolsillo particular: va derechito a tapar deuda, pagar importaciones, y si sobra alguna moneda, se usa para comprar… más oro. Que probablemente también vuelva a viajar a Suiza en algún momento. Es el círculo de la vida, versión bancaria.
Y ahí está la vuelta de tuerca más filosa de todo esto, en un mundo donde todos desconfían del dólar y corren a comprar oro, nosotros tenemos toneladas del metal bajo tierra… pero seguimos necesitando que otro país nos confirme que es bueno. Ponemos la montaña, ponemos el pico y la pala, ponemos el paisaje de postal para las fotos de la nota. El sello de calidad, como casi siempre, se lo queda el que tiene la balanza en otro continente.

