Lo de Concepción fue la fotografía perfecta de la decadencia que algunos pretenden vender como pasión futbolera. No fue aliento. No fue fervor. No fue folklore. Fue la irrupción de un puñado de CRIMINALES.
El cobarde que lanzó ese petardo contra Facundo Masuero no demostró valentía, ni aguante, ni amor por San Martin, mostró exactamente lo contrario, la miseria moral de quien necesita esconderse detrás de una multitud para atacar a otro. Un personaje tan pequeño que sólo puede hacerse notar cuando la oscuridad del anonimato lo protege.
Estos individuos son el óxido del fútbol, lo corroen todo, ensucian la camiseta que dicen defender, degradan al club que aseguran amar y convierten un partido que San Matín ganaba cómodo en un espectáculo vergonzoso. Terminan actuando como sepultureros del club.
Mientras miles de personas hacen sacrificios para acompañar a su equipo, aparecen estos profesionales de la vergüenza ajena del mismo verdinegro, expertos en podrir y corromper todo. Transformaron noventa minutos de fútbol en una escena policial, donde debería haber cánticos, dejan escándalos y mierda propia, donde debería haber competencia, dejan un herido, bochorno, transformaron a la cancha de San Martin en un monumento a la vergüenza, y a la degradación
Lo más patético es que muchos de ellos se sienten protagonistas, creen que intimidan, que mandan, que son importantes, la realidad es mucho más cruel, son recordados únicamente por el desastre que provocan, nadie los admira por construir algo; sólo llaman la atención cuando destruyen o hieren a algún adversario.
El petardo que obligó a suspender el partido no sólo cayó cerca de un arquero. Cayó sobre la imagen de San Martín de San Juan, sobre los hinchas genuinos. Y volvió a exponer a los mismos de siempre, para dejar una estela de vergüenza sobre San Martín, que en esa categoría es San Juan.

