Hace pocas semanas se hablaba de que el riesgo país podía perforar los 400 puntos básicos. La suba de la tasa de interés en Estados Unidos y la ruptura de la tregua de la guerra cambiaron el clima, y el indicador superó los 650 puntos. Para Ricardo Dessy, economista jefe del Citi para la Argentina, Paraguay y Uruguay, lo llamativo no es el salto, sino lo bien que resistió el país.
En diálogo con LA NACION, sostiene que el ajuste fiscal “elevó las paredes del castillo”, aunque marca diferencias con el Gobierno: recomienda comprar más reservas y dejar que el tipo de cambio suba un poco para aliviar a los sectores que más sufren la transición del modelo económico.
—¿Por qué el riesgo país pasó de estar cerca de perforar los 400 puntos a superar los 650 en las últimas semanas?
—Hubo un cambio muy fuerte, que fue la suba de la tasa de interés en Estados Unidos. Si hace 20 años me decías que el máximo impacto de eso iba a ser una suba de 50 puntos del riesgo país, yo firmaba. Están pasando cosas inciertas, inesperadas, y yo siempre digo que incierto es peor que malo. El mundo está cambiando fuertemente, las cosas no se resuelven como antes. En el pasado la aritmética simple funcionaba, país con 100 barcos le ganaba la guerra a país con dos barcos. Ahora vos me hundís 10 fragatas, yo te pongo el galón de nafta en US$4,5 y te hago perder las elecciones. ¿Quién ganó? El problema grande de corto plazo es la guerra, que no la pueden terminar, con el agravante de que hubo treguas que se han roto. Además, los países que siempre fueron un poco líderes o norte de las tendencias son las que están aumentando la imprevisibilidad, porque son los más endeudados de la Tierra, con déficits inelásticos, envejecimiento poblacional y gastos en defensa crecientes. El país con mayor deuda del mundo es Japón. Estados Unidos tiene más de 130 puntos de deuda. Todas esas perspectivas con deudas y déficits altos están aumentando la desconfianza. En ese contexto, el riesgo país de la Argentina subió relativamente poco, siendo un país tan dependiente del mundo, con pocas reservas y sin mercado de capitales.
—Brasil, que está en medio de un proceso electoral, tiene un riesgo país por debajo de 200 puntos. ¿Qué tiene la Argentina para que sea tan alto?
—Es falta de confianza. El riesgo país tiene un lado financiero, uno económico y uno político. Probablemente nadie crea que no van a honrar la deuda. En un reporte, nosotros planteamos que se exagera un poco el riesgo soberano, porque hay cambios estructurales difíciles de revertir. La Argentina ha hecho una reforma estructural muy profunda, migrando la actividad y la prosperidad hacia los sectores donde tiene ventajas competitivas, con exportaciones que van a superar los US$100.000 millones al año. Es muy difícil ver a alguien que venga con una maza a romper eso. Pero también genera muchas asimetrías entre lo que es el interior del país y zonas urbanas. Los que vivimos en el AMBA vivíamos de los bancos, de los ministerios, del sector público, que es lo que más sufre el ajuste de 5% del PBI. El interior vive de la ganadería, la minería, el petróleo y el gas, que están florecientes. El que quiera revertir este modelo 180 grados lo tiene que consensuar con todo el país, y lo vemos muy difícil.
—¿Era inevitable que la economía se enfriara?
—No quiero pecar de optimista, pero una de las primeras pruebas del ajuste fiscal, tan caro y tan doloroso, es que los coletazos internacionales te pegan menos. Nos vamos convirtiendo en Brasil, en Uruguay, en Perú. No hablo de Suiza. Que haya una guerra espantosa, que el Brent supere los US$100, que suba la tasa en Estados Unidos y que el dólar siga en $1540, como antes, no lo hubiera creído. Puede haber una recesión técnica, pero probablemente en el cuarto trimestre cambie.
—¿Cómo ve al Gobierno en el rol de ayudar en la transición de modelo económico?
—El Gobierno por una cuestión ideológica cree que los problemas entre privados los tienen que resolver los privados. Para mí no les es indiferente, pero creen que la forma de resolverlo es acelerar las reformas. Ahí se mezcla una cuestión un poco dogmática. Está lo que llamo el dilema de la ambulancia. Atrás va un paciente grave, el médico pregunta si pueden llegar 10 minutos antes y el chofer responde que puede pasar de 100 a 130 km/h, pero que la probabilidad de chocar aumenta mucho más que la de mejorar al paciente. En otras palabras, creo que el Gobierno sabe de este problema, pero prefiere honrar lo que prometió, que es estabilidad, previsibilidad cambiaria, baja inflación y paz en las calles, y apuesta a que una aceleración de este modelo va a ayudar más a mejorar la situación económica que salir a generar cierta alegría artificial que usualmente no es sostenible. Es decir, no van a poner en riesgo lo que interpretan que les dio la victoria en las elecciones de 2025.
—¿Y usted qué cree?
—Tengo diferencias. Creo que hay que comprar más reservas para generar más confianza y que baje el riesgo país más rápido. El problema de la Argentina hoy, mucho peor que el fiscal, es el de confianza. Un tipo de cambio más alto no es solución de nada —si devaluar fuera prosperidad, seríamos Canadá—, pero yo intervendría menos. Vuelvo al dilema de la ambulancia. El Gobierno dice que si sale a comprar reservas, un tipo de cambio más alto puede poner en riesgo el nivel de inflación, que es el gran activo que conquistó. Dice que es la parte que la gente validó en la elección de medio término de 2025. Entonces, quizás por ir por un objetivo adicional, de que haya un poco más de actividad, pueden llegar a chocar la ambulancia. Yo no tengo esa visión.
—¿Cuál es su visión?
—Creo que el pass-through del tipo de cambio a la inflación se redujo fuertemente, porque la inflación actual se explica más por correcciones de precios relativos que por exceso de oferta monetaria. Yo tomaría un poco más de riesgo para comprar reservas, sin preocuparme tanto por qué se hace con los pesos que hay que emitir.
—¿Y eso dinamizaría la actividad?
—La devaluación nunca genera prosperidad sostenida. Nadie invierte porque se devalúa. Pero la transición es muy dura. Los costos aparecieron de golpe con la apertura, la exigencia de eficiencia apareció muy rápido, mientras que las muletas para ayudarnos con esa adversidad en el corto plazo —la baja de impuestos, mejores rutas, puertos y trenes— están tardando mucho más. En ese efecto transitorio, un tipo de cambio más alto podría ser un alivio para algunos sectores. Y no creo que sea tan alto el riesgo de un fogonazo inflacionario si se sale a comprar un poco más de reservas.
—Los sectores que crecen son intensivos en capital y los que pierden peso, en empleo. ¿Es una preocupación?
—Está complicado el presente, pero este cambio de modelo tenía este costo. También hay sectores intensivos en capital humano que andan bien, como los centros de software o de servicios financieros. Hay mucha exportación de talento. Conozco arquitectos y abogados que trabajan para estudios de Texas o de California. Están creciendo, aunque el tipo de cambio no ayuda. Pero no quiero eludir tu pregunta. Los sectores intensivos en mano de obra sufren, pero hay un cambio hacia algo más parecido a cómo funciona el resto de los países, que se desarrollan alrededor de las ventajas competitivas. Cuando tu prosperidad depende de un arancel que firma un funcionario o de una prohibición, no es sostenible. Tierra del Fuego es uno de los lugares más lindos del mundo. ¿Había que hacer lavarropas ahí para que la señora de Lomas de Zamora pague 10 veces lo que vale y justificar el trabajo de 200 personas? Tenían que trabajar en turismo. Y el Estado tiene un rol: enseñar idiomas, cómo se maneja un hotel, hacer un puerto para los cruceros que van a la Antártida. Por supuesto, hay gente que no tiene la culpa, como el señor que se levantaba a las 5 de la mañana para trabajar en la fábrica de neumáticos.
—¿Cuáles son las principales dudas de los inversores del exterior?
—No hay temor a un default. Pero se pone demasiado énfasis en las distintas ventanillas de financiación, más allá de que yo hubiera salido al mercado. En una situación como la de la Argentina, mostrar disponibilidad de financiamiento mata tasa de interés.
—¿Cuándo tendrían que haber salido al mercado internacional?
—Eso lo saben ellos más que yo; muchos fueron traders. Yo aprovecharía todas las ventanillas, lo que a su vez haría bajar las tasas. Pero lo que se preguntan los inversores es si la sociedad todavía cree en este cambio o si se le agotó la paciencia. Por eso las elecciones son tan importantes. Igual, no veo que gane alguien que proponga volver al déficit, a la emisión y a la volatilidad del dólar.
—Axel Kicillof, que aparece como el principal líder de la oposición, estuvo en Nueva York. ¿Qué impresión generó?
—No tuvimos el gusto de reunirnos con él. Pero Kicillof entiende que sería un costo muy alto para quien venga no aprovechar el sacrificio que se hizo. Esto es fruto de una sociedad que vive un ajuste de 5% del PBI y que en el AMBA paga tarifas 10 veces más altas. Y todo eso se hizo con la esperanza de que por lo menos los hijos o los nietos tengan un país mejor. Además, Kicillof nunca hizo default. No me preocupa. Para mí, los incentivos son el driver más fuerte detrás de toda decisión.
—Igual hay desconfianza, en el pasado en la Argentina los incentivos apuntaban en una dirección y fuimos para la otra.
—En realidad, los incentivos estaban para no hacer la reforma fiscal, que era durísima. La política decía que era imposible ajustar más de un punto del PBI por año. Ahora ya está hecho lo peor. Quien se siente ahora, sea este gobierno o la oposición, va a encontrar una situación diametralmente diferente, y los incentivos también son diferentes. No es lo mismo que en el pasado.
—¿Ese es el mayor logro de Javier Milei?
—La mejor herencia para el próximo gobierno, aunque sea el mismo, es tener resuelto el déficit fiscal. Y otra normalización buena es que la gente entendió que los precios se ponen de afuera para adentro. Antes, ¿cuánto valía esta birome? Mil pesos, mil quinientos, ochocientos… No había precio, y eso permitía trasladar las ineficiencias al valor final. Ahora la gente sabe cuánto vale. Los precios no se ponen más de adentro para afuera, sino se ponen de afuera para adentro. Y el otro tema es que la sociedad empieza a salir un poco de la realidad de los populismos, se empieza a entender que primero viene el costo y después el beneficio. Primero se estudia y después viene el título. Primero se ahorra y después se compra.
—¿Qué es el populismo?
—Manejar los recursos públicos con un criterio cortoplacista. ¿Hay reservas en el Banco Central? ¿Hago como Brasil y compro más reservas o las usamos para irnos todos a Miami? No hablo de un gobierno en especial, hablo de décadas. El populismo es beneficio hoy, costo mañana. Por eso digo que esto es un cambio socioeconómico-cultural. Hay muchos cambios simultáneos que están ocurriendo en el mundo y en la Argentina. Algunos para mejor, otros con mucho dolor, pero estamos convergiendo a convertirnos en un país normal.
—El Tesoro de Estados Unidos dijo que podría volver a ayudar en 2027. ¿Qué pasa si a Donald Trump le va mal el 3 de noviembre?
—La Argentina se convirtió en un amigo que todos quieren tener, por sus recursos naturales, su capital humano y la paz. Cuando hay guerra, los países desarrollados buscan asegurarse alimentos y energía. Te van a ayudar porque necesitan tu petróleo, tu gas y tus minerales. Y nos conviene mostrarnos como Mercosur. Paraguay y Uruguay no aportan tamaño, pero sí previsibilidad.
—¿Un eventual triunfo de Flavio Bolsonaro en Brasil le quita protagonismo a la Argentina?
—No miro si gana A o gana B. El Mercosur tiene una oportunidad extraordinaria como bloque proveedor de alimentos y energía. Cuanto más diálogo haya, mejor. Deberíamos hacer urgente con Chile una salida al Pacífico para el litio, los minerales y los limones del norte.
—¿Qué le falta todavía al Gobierno?
—Hay mucha gente que la está pasando mal. La apertura comercial fue mucho más rápida que la baja de impuestos y regulaciones. Pero el derrame va a venir por la macro, no por generar protección industrial en Florencio Varela para hacer heladeras. Una macro sólida va a reactivar la construcción. Hay una demanda infinita de crédito hipotecario, pero los bancos tienen que dejar de ver como un riesgo fondearse a 30 días y prestar a 20 años. Va a tardar.

