La tranquilidad característica de Rodeo, en el departamento de Iglesia, se ha visto brutalmente fracturada tras un episodio que parece sacado de una pesadilla. Un adolescente, que caminaba a plena luz del día para realizar sus actividades cotidianas, fue el blanco de un intento de secuestro que ha dejado a la comunidad sumida en un estado de pánico y desconfianza absoluta.
La madre del joven, todavía conmocionada por el trauma. Su relato no solo detalla los hechos, sino que revela el nivel de vulnerabilidad al que están expuestos los vecinos de la zona. «Mi hijo solo iba a cortarse el cabello. Fue una situación calculada. La camioneta dobló, se frenó intempestivamente y un hombre con el rostro casi totalmente oculto se bajó con una determinación criminal», narró la mujer con voz entrecortada.
Según la reconstrucción de los hechos, el menor, al notar que la camioneta lo acechaba, intentó acelerar el paso, pero el vehículo le cerró el camino. El delincuente, un individuo alto y de complexión delgada, descendió con el objetivo claro de capturarlo. Solo los gritos desesperados del chico, que atrajeron la atención de una joven transeúnte, evitaron que el desenlace fuera catastrófico. «Si esa chica no se da vuelta en ese preciso instante, quizás hoy estaríamos hablando de otra cosa», confesó con angustia la madre.
El momento del reencuentro fue desgarrador. La madre describe a su hijo no solo como alguien asustado, sino profundamente afectado a nivel psicológico: «Cuando lo encontré, estaba pálido, temblando, llorando… es un cuadro de desesperación que no le deseo a ningún padre».
Este hecho no es un incidente aislado para los lugareños, sino un quiebre en la seguridad pública. La familia ya presentó la denuncia formal ante la policía y entregó imágenes de cámaras de seguridad donde se observa una camioneta, descrita como extremadamente sucia, que coincide plenamente con la descripción dada por el menor.
Mientras la justicia y la UFI local inician una cacería para dar con el vehículo y sus ocupantes, el miedo se ha apoderado de las calles. Los padres de la zona han comenzado a limitar los horarios de sus hijos y la sensación de que «cualquiera puede ser la próxima víctima» es el sentimiento generalizado.
«Acá todos nos conocemos, siempre vemos a los niños jugando en las plazas, pero esa seguridad se terminó. No sabemos quiénes son, si siguen acá o qué intenciones tienen», sentenció la mujer. Mientras tanto, el adolescente, que permanece bajo resguardo familiar, atraviesa un cuadro de crisis que le impide salir de su casa, reflejando el daño permanente que una jornada de terror dejó en su vida.

