LIMA.– Keiko Fujimori volvió al centro del poder en Perú tras imponerse en unas elecciones ajustadas que marcaron el retorno del fujimorismo al gobierno, en un país atravesado por una persistente crisis institucional y el avance del crimen organizado.
La candidata conservadora, de 51 años, se impuso por menos de un punto a su rival de izquierda, Roberto Sánchez, con el 50,13% de los votos frente al 49,86%, según los resultados oficiales difundidos por la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). La diferencia, inferior a los 50.000 sufragios, reflejó una vez más la fuerte polarización del escenario político peruano.
“Cada vez estamos más cerca de iniciar un camino de orden y esperanza para todos los peruanos”, escribió Fujimori en redes sociales tras conocerse el resultado definitivo. Allí sintetizó uno de los ejes centrales de su propuesta: la promesa de orden en un contexto de incertidumbre.
Hija del expresidente Alberto Fujimori, quien gobernó Perú entre 1990 y 2000, su figura está profundamente atravesada por una herencia política que divide a la sociedad. Para sus seguidores, el apellido Fujimori está asociado a la derrota del terrorismo y a la estabilización económica tras años de crisis. Para sus detractores, remite a un régimen autoritario, marcado por violaciones a los derechos humanos y corrupción, delitos por los cuales su padre fue condenado a 25 años de prisión.
Ese legado fue tanto un capital como una carga a lo largo de su extensa carrera. Keiko Fujimori construyó su identidad política en diálogo permanente con esa historia, encarnando para una parte del electorado valores como la eficacia, la firmeza y la capacidad de gestión frente a un Estado percibido como débil e ineficiente.
De primera dama a presidenta
Su irrupción en la vida pública se produjo de manera temprana. En 1994, con apenas 19 años, asumió el rol de primera dama tras la separación de sus padres, lo que la colocó en el centro de la escena política y mediática. Desde entonces, comenzó a delinear un perfil propio dentro del universo fujimorista.
Su salto formal a la política llegó en 2006, cuando fue elegida congresista por Lima con una de las votaciones más altas del país. Durante su gestión parlamentaria (2006-2011), consolidó su liderazgo y se posicionó como heredera del capital político del fujimorismo, en un contexto en el que su padre enfrentaba procesos judiciales.
A partir de allí, se proyectó como candidata presidencial y se convirtió en una de las figuras más persistentes de la política peruana contemporánea. Se postuló en 2011, 2016 y 2021, logrando en todas esas elecciones llegar a instancias decisivas, aunque con derrotas ajustadas. Lejos de retirarse, esas experiencias reforzaron su centralidad y consolidaron su liderazgo dentro de la derecha peruana.
Esa continuidad le permitió construir una estructura política estable en un sistema caracterizado por la fragmentación. Fuerza Popular, el partido que fundó y lidera, combina organización territorial, disciplina interna e identidad definida, elementos poco frecuentes en el escenario político local y que le otorgaron una ventaja competitiva sostenida.
Resiliente y protagonista
A medida que transcurrían los año, Fujimori iba ajustando su discurso. De posiciones más confrontativas en sus primeras campañas, evolucionó hacia un tono más moderado, con el objetivo de ampliar su base electoral sin perder el respaldo de su núcleo duro. Su agenda mantiene ejes clásicos como la defensa de la inversión privada, la estabilidad macroeconómica y la continuidad de políticas económicas que han sido, durante décadas, un consenso en Perú.
Sin embargo, su trayectoria no ha estado exenta de controversias. Entre 2020 y 2021 fue procesada por lavado de activos y organización criminal en el marco del caso Odebrecht y el denominado “caso cócteles”, vinculado al financiamiento irregular de campañas. Durante ese período pasó meses en prisión preventiva, en un proceso que afectó su imagen pública y alimentó las críticas de sus adversarios.
Es por esto que la resiliencia se consolidó como uno de sus rasgos distintivos. Fujimori atravesó derrotas electorales, procesos judiciales y altos niveles de rechazo sin abandonar la escena política. Por el contrario, logró mantenerse como una figura central del poder y regresar una vez más como protagonista.
En un país marcado por la volatilidad, Keiko Fujimori combina continuidad, identidad y promesa de orden que, para una parte mayoritaria del electorado, sigue siendo una respuesta posible frente a la incertidumbre.
Agencias AP y AFP

