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Preparando la fiesta – LA NACION

Última actualización: 7 de noviembre de 2026 3:26 am
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Siempre es lindo preparar una fiesta para alguien querido. Y siempre hay algo de nervios en la previa, cuando estás planeando lo que se servirá para comer, reina la incertidumbre por los parientes que hasta último momento no confirman si vendrán y no se sabe con certeza si algún sobrino se hizo vegetariano… ¿Pero qué hay más lindo que la satisfacción cuando todos la pasaron bien, no faltó nada, el agasajado se fue feliz y cargado de regalos? ¿cuando los chicos ayudaron a dejar todo ordenado y después te pudiste sentar a disfrutar los restos de la torta, intercambiando anécdotas que pasarán a ser parte de la historia familiar?

Multiplicá eso por un millón o cuatro, y vas a poder empezar a imaginarte lo que es organizar la venida de un Papa a tu país. A mí me tocó hacerlo dos veces siendo muy joven, y no lo cambiaría por nada del mundo.

La primera vez fue en junio de 1982, cuando Juan Pablo II quiso venir durante la guerra de Malvinas, después de una ya planeada visita a Inglaterra. Ese viaje decidido a último momento fue la primera y seguramente la única vez en la historia en la que se organizó una visita papal en menos de un mes. Para esa época la curia vaticana estaba recién aprendiendo a acompañar los viajes del Papa polaco, nuestras fuerzas de seguridad estaban entrenadas para reprimir manifestaciones pero no para acompañarlas, y Argentina era la primera vez que recibía a un Papa. Podría haber sido una catástrofe, pero la gran capacidad nacional para la improvisación y una enorme manito desde arriba convirtieron a esa visita en algo inolvidable.

Me emocionó saber que León XIV tendrá una vigilia con los jóvenes en el Monumento a los Españoles el 10 de noviembre. Ahí justamente me tocó participar de la organización de la vigilia juvenil en la noche del 11 al 12 de junio de 1982, junto a otros de los veinteañeros que formábamos la “Comisión nacional de la Prioridad Juventud” del Episcopado y a un grupo de seminaristas de Devoto (alguno de los cuales ahora es obispo y está preparando la visita papal). Se suponía que con un coro de guitarras y un libreto lleno de frases del Papa sobre la paz animaríamos la noche con los jóvenes, y que a eso de las siete de la mañana los adultos se harían cargo de encaminar la misa con el Papa.

La verdad es que todos los planes saltaron por el aire cuando desde la medianoche el aluvión de gente superó todas las expectativas, las vallas y los protocolos. No abundo en detalles sobre el caos de esa madrugada, sólo que una de sus consecuencias: la Cantoría del Socorro nunca pudo llegar hasta el altar, y con nuestras gargantas afónicas quedamos a cargo de los micrófonos.

Juan Pablo II en el Papamóvil en la esquina de Além y Tucumán, en 1982
Juan Pablo II en el Papamóvil en la esquina de Além y Tucumán, en 1982ARCHIVO

Porque estuve ahí puedo dar fe de algo que todavía me suena a milagro. Juan Pablo II desarrollaba una homilía muy profunda sobre la Eucaristía, hasta que en un determinado momento cambió el tono de su voz y afirmó que quería hablarnos especialmente a los jóvenes: nos dijo que había visto en nuestros ojos el deseo de paz, que los jóvenes ingleses le habían encargado que nos dijera que ellos también querían la paz, y que hiciéramos “una cadena de unión más fuerte que las cadenas de la guerra”. Los que estábamos en los micrófonos estábamos mudos de emoción, cuando empezamos a escuchar crecer desde la gente un canto espontáneo y unánime: “queremos la paz, la paz, la paz, queremos la paz, la paz, la paz”. Un pueblo que estaba sin voz la había recuperado gracias al Papa.

La visita de un Papa siempre hace historia. Historia de fe para algunos, pero también historia en las personas y en los pueblos más allá de todas las diferencias. Después de las dos visitas de Juan Pablo II me sigo encontrando con gente que me dice “ese encuentro me cambió la vida”. Y cuatro décadas después no son frases vacías.

Un Papa viene para todos: a la misa en Palermo en 1982 asistieron las señoras de mi parroquia, mis alumnos del colegio salesiano y también los dirigentes de las entonces proscriptas juventudes políticas, que se reunieron antes con nosotros para asegurarnos que no llevarían banderas ni generarían provocaciones, y que querían que supiéramos que ellos también iban a estar acompañando.

1987: una joven habla durante la Jornada Mundial de la Juventud frente a Juan Pablo II el 12 de abril, en la Avenida 9 de julio
1987: una joven habla durante la Jornada Mundial de la Juventud frente a Juan Pablo II el 12 de abril, en la Avenida 9 de julioArchivo LA NACION

En abril de 1987, de la Jornada Mundial de la Juventud en la avenida 9 de Julio participamos miles de católicos, y también estuvieron presentes hermanos de otras confesiones cristianas, judíos, musulmanes, budistas y chicos y chicas sin ninguna creencia religiosa. Algunos de los jóvenes dirigentes políticos que en 1982 estaban proscriptos, para 1986 eran diputados y funcionarios de la joven democracia, y vinieron porque el mensaje de paz de Juan Pablo II resonaba con mucha fuerza en nuestra generación, que había optado por la frágil y sufrida democracia en lugar de las armas.

Para 1987 todos teníamos más experiencia en actos masivos: en la avenida 9 de julio se habían hecho en el 83 los cierres de campaña de Alfonsín y de Luder; la Iglesia argentina había organizado en Córdoba en 1985 el Encuentro Nacional de la Juventud con 120.000 participantes, y con los dirigentes veinteañeros del 82 ahora llegando a los treinta, esa vez tuvimos casi un año para prepararnos.

Hoy hasta a mí me cuesta explicar cómo hicimos para organizar un evento mundial sin Internet y ni siquiera un fax. Recuerdo que hubo un par de instituciones muy generosas que financiaron nuestras tremendas cuentas de teléfono, y me alegra mucho que la visita del Papa León hoy cuente con tecnologías más accesibles y eficaces.

Una de las lecciones que habíamos aprendido es que se necesitan muchas manos para organizar bien una fiesta con el Papa. Los miles de jóvenes voluntarios que hicieron posible la primera Jornada Mundial de la Juventud fuera de Roma nunca salieron en los diarios con nombre y apellido. Pero Dios y quienes coordinábamos sabemos que la fiesta del millón de jóvenes hubiera sido imposible sin los miles de chicos y chicas que durante meses pasaron noches y fines de semana ensayando las coreografías y cantos, organizando los hospedajes para quienes venían del resto del país y del exterior, ocupándose de las decoraciones florales del altar o preparándose para calzar los chalecos amarillos y coordinar los cordones de seguridad para que el Papamóvil pudiera pasar por donde debía…

Algunos tuvimos que estar en las discusiones entre los responsables de la seguridad y quienes diseñaban el altar, porque unos querían máxima protección y otros máxima visibilidad; acordando con las autoridades de la ciudad el refuerzo de la electricidad y la instalación de los baños portátiles, y un par tuvimos que jugarnos a elegir el presupuesto para el sonido y contuvimos el aliento hasta que efectivamente comprobamos que se podía escuchar con claridad hasta más allá de la avenida Independencia…

Mirando atrás como adulta, quizás lo más sorprendente de esos meses fue la enorme confianza que nos dieron a los jóvenes el cardenal Pironio desde el Vaticano y monseñor Casaretto, a cargo de la Pastoral de Juventud del Episcopado Argentino, en el diseño y la organización de esa Jornada Mundial. Intuyo que algunos obispos hubieran dormido más tranquilos si los jóvenes hubiéramos tenido menos responsabilidades y más sacerdotes supervisándonos. Pero sé que no es casualidad que de nuestra generación tantos hayamos asumido liderazgos barriales, locales o nacionales en la Iglesia, la sociedad y el Estado. Nadie aprende a participar si no le dan el espacio. Ojalá que la visita del Papa León sea una oportunidad para que una nueva generación de jóvenes voluntarios pueda asumir responsabilidades y liderazgos, acompañados de la confianza de los adultos.

Sé que no faltará algún momento en que muchos se pregunten por qué se dejaron meter en tamaño lío, pero estoy segura de que al final la alegría, la historia y eso que los cristianos llamamos la Gracia va a valer la pena todos los insomnios y los dolores de cabeza.

Como toda gran fiesta de familia, el encuentro con León XIV lleva mucho trabajo y mucho cariño. Ojalá sea también la ocasión para acercarnos a aquellos con los que no hablamos tan seguido, para que no sea sólo la Selección la que nos una. Que sea una fiesta que haga historia para nuestro país y para cada uno de nosotros.


Educadora, directora de CLAYSS, Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario



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