En los pasillos del peronismo la cosa se está poniendo más entretenida que una final de campeonato con alargue y penales. Mientras algunos todavía hablan de unidad, abrazos y fotos familiares, cerca de la conducción kirchnerista ya habría quienes no se andan con rodeos: si hay que elegir un gladiador para la arena interna, el favorito sería Sergio Massa.
Sí, el mismo Sergio Massa que tiene declaró que él iba a «echar a los ñoquis de La Cámpora «, pero cada vez que lo dan por terminado, reaparece con la representación del peronismo por todos lados, haciendo lobby para alguna minera, tomando café con algunos funcionarios de este gobierno, sonriendo en una foto que genera que está dispuesto a inmolarse en nombre de la Argentina.
Del otro lado aparece Axel Kicillof, convencido de que llegó la hora de jugar su propio partido, el enanito soviético observa el tablero como quien cree que finalmente le toca sentarse en la cabecera de la mesa, pero parece que algunos comensales todavía no están tan convencidos de cederle el asiento.
La situación tiene algo de herencia familiar complicada, el hijo cree que le corresponde el auto, el sobrino reclama la casa, el primo pide el terreno, y mientras tanto los abogados siguen cobrando por hora.
Entre los dirigentes más cercanos a Máximo Kirchner, según comentan las versiones que circulan por el ecosistema peronista, la inclinación hacia Massa sería bastante más evidente de lo que muchos imaginaban, no sería una simpatía pasajera ni una coincidencia ocasional. Sería una apuesta concreta para enfrentar una eventual pulseada con Kicillof.
¿La razón? Algunos consideran que Massa conserva una habilidad casi sobrenatural para sobrevivir a cualquier tormenta política. Máximo Kirchner dice que puede atravesar derrotas, crisis, encuestas adversas y operaciones de todos los colores sin desaparecer del radar.
Kicillof, en cambio, representa otra lógica: la de quien pretende construir liderazgo propio y dejar de ser considerado un gerente para convertirse en propietario del negocio político. Y ahí aparece el verdadero problema, porque las internas peronistas tienen una particularidad histórica, cuando todos hablan de unidad, generalmente están discutiendo poder. Cuando hablan de consenso, suelen estar contando votos, y cuando aseguran que no hay pelea, es porque la pelea ya empezó.
Por eso, mientras públicamente se habla de convivencia y proyectos comunes, en los subsuelos del movimiento parece estar desarrollándose una batalla silenciosa. Una donde Massa aparece como el candidato que muchos quieren empujar y Kicillof como el dirigente que pretende demostrar que no necesita permiso de nadie para competir.
La pregunta es si el gobernador aceptará el papel de actor secundario o si decidirá romper el libreto, porque en el peronismo se puede perdonar casi todo, una derrota, una traición, un cambio de discurso o una foto incómoda, lo que nunca se perdona es que alguien quiera quedarse con el escenario principal a los Kirchner, que lo tienen domado absolutamente. Son como los dueños de la boletería que no le han dado la autorización para comenzar a vender, y por estos días, más de uno parece decidido a recordárselo.

