Patricia Bullrich salió a pedirle a Manuel Adorni que presente “de inmediato” su declaración jurada y en la Casa Rosada se escuchó el ruido de varias calculadoras cayéndose al piso al mismo tiempo. La escena fue digna de una versión Congreso low cost; Bullrich, con tono de profesora cansada de corregir pruebas truchas, miró a cámara y prácticamente le dijo: **Manuel, querido, si tenes todos los papeles en regla, deja de hacer suspenso como en la final del mundial de Qatar 2022, Manuel querido el pueblo no está contigo**
Adorni venía prometiendo explicar sus gastos “más adelante”, “cuando corresponda”, “en el momento indicado”… o sea, igual que ese amigo que debe plata desde 2019 y cada vez que lo cruzas dice: “La semana que viene te transfiero”. Bullrich fue contundente, **¿Para qué esperar hasta julio?, Flaco larga los papeles antes de que esto explote como pochoclo en microondas**. El problema es que el Gobierno quedó atrapado en un pantano raro. Vinieron prometiendo motosierra, transparencia y austeridad franciscana, y ahora aparecen denuncias, propiedades, vuelos y declaraciones juradas más escondidas que las de Tapia y Toviggino en la AFA.
Mientras tanto, los libertarios intentan defender a Adorni con la misma convicción con la que uno defiende un tupper prestado que volvió sin tapa, nadie sabe bien qué pasó, pero todos actúan nerviosos. Bullrich, que olfatea el peligro político como perro aduanero en Ezeiza, tomó distancia rapidísimo. Básicamente dijo: **Yo no me pienso hundir en este Titanic, muchachos**. Y dejó una frase demoledora dirigida a Milei, **El proyecto sufre, nos están haciendo mierda la épica libertaria por no mostrar una declaración jurada**.
En el fondo, el drama es maravilloso; un gobierno que llegó prometiendo auditar hasta los clips de oficina ahora discute cuánto tarda un funcionario en abrir el homebanking y subir un PDF, pero en Argentina, una declaración jurada genera más expectativa que la lista de convocados de Scaloni.

