Sí, la reforma que prometía modernizar taxis, remises, Uber, Didi y hasta el Fiat 128 del vecino que cobra “a voluntad” quedó estacionada en doble fila frente a la Legislatura.
El oficialismo juraba que tenía los votos para aprobarla, pero cuando escucharon los bocinazos de los taxistas y los remiseros afuera, se les aflojó el embrague y prefirieron no arrancar. Imaginate: más ruido que una caravana de campaña, más gritos que en un asado con política de por medio.
El proyecto decía que iban a eliminar esas licencias que se compran, venden y alquilan como entradas para ver a La Renga, y reemplazarlas por un registro digital “más transparente”. Pero claro, los que tienen licencias hoy sienten que les quieren cortar el negocio, y los que no tienen sueñan con volverse choferes de Uber sin que la cana los mire raro. Resultado: todos protestando al mismo tiempo, como si en lugar de transporte estuvieran discutiendo quién pone la carne y quién la ensalada en un asado.
Encima, el gobierno vendió el proyecto como “modernización integral”. Traducción: menos impuestos para algunos, tarifas más baratas para el usuario… y una competencia que huele más a guerra civil sobre ruedas. ¿Te imaginás a un taxista, un remisero y un chofer de Uber en la misma esquina? Eso no es parada, es una jaula de gallos.
Al final, los diputados hicieron lo que mejor saben: patear la pelota para adelante. Dijeron que van a “corregir el texto, escuchar a más sectores y buscar consenso”. Es decir, van a darle tiempo a que los choferes bajen la bocina, los usuarios se olviden de la bronca y ellos puedan seguir manejando la agenda con el aire acondicionado del recinto.
Moraleja: la Ley de Transporte en San Juan no arrancó. Se quedó clavada en neutro, con las luces de giro prendidas, esperando que alguien la empuje. Y mientras tanto, el pasajero de siempre sigue parado en la parada, viendo cómo el colectivo pasa lleno, el remis no aparece, el taxi cobra un ojo de la cara y la app marca “no hay autos disponibles en tu zona”.

