En el exclusivo templo del optimismo empresarial llamado AmCham, apareció Javier Milei en algún universo paralelo!
El Presidente, visiblemente enamorado de la teoría económica y en plena relación tóxica con la realidad, confesó que el dato “es malo” —detalle menor cuando los precios suben como ascensor con café—, pero rápidamente sacó su mejor carta: la paciencia. Esa vieja receta argentina que sirve para todo: inflación, crisis, corralitos y hasta promesas de campaña.
“Hay que tener paciencia”, dijo. Traducción simultánea: si esperás lo suficiente, capaz la inflación se aburre y se va sola.
Eso sí, Milei aclaró que no va a hacer locuras como cambiar el plan. No señor. Porque nada transmite más tranquilidad que un piloto diciendo: “vamos en picada, pero tranquilos, no voy a tocar nada porque el manual dice que así se vuela”.
El mandatario explicó que todo se debe a “shocks descomunales”. Argentina, país donde siempre hay shocks: eléctricos, térmicos, políticos… y ahora también inflacionarios con excusa premium.
Pero atención, que viene la parte esperanzadora: la inflación “va a bajar”. No se sabe cuándo, ni cómo, ni por qué… pero va a bajar. Es como el asado del domingo: siempre está prometido, aunque después aparezca solo una salchicha dudosa.
Mientras tanto, el ciudadano promedio hace malabares entre el sueldo, la tarjeta y la fe. Porque en esta economía, creer es más barato que comprar.
Y así seguimos: con la inflación corriendo la maratón y el Gobierno pidiendo calma… desde la tribuna.

