La noticia cayó como un piano desde un décimo piso sobre el corazón de miles de chicos: un colegio de Mendoza prohibió las figuritas del Mundial para evitar conflictos.
La medida fue tomada después de detectar que los recreos habían dejado de parecer recreos para convertirse en una combinación explosiva entre Wall Street, una feria persa y una convención de abogados especializados en estafas con brillantinas.
Según trascendió, la situación se había vuelto inmanejable.
—Seño, Tomás me cambió una figurita de Messi por una de Luxemburgo y ahora dice que el negocio fue legal.
—Seño, Lautaro me vendió una repetida como si fuera difícil.
—Seño, me prometieron una holográfica y me entregaron una de un suplente de Uzbekistán.
Los docentes ya no daban abasto.
La profesora de Matemática intentaba explicar porcentajes mientras en el fondo del aula un grupo de alumnos calculaba la cotización del arquero de Marruecos en el mercado paralelo de quinto grado.
La maestra de Historia hablaba de la Revolución Francesa y los chicos respondían:
—Sí, sí, muy interesante… ¿pero cuántas figuritas brillantes valía Luis XVI?
La directora, agotada, habría llegado a una conclusión dramática:
—O se van las figuritas o me voy yo.
Y ganaron las autoridades.
La prohibición provocó escenas desgarradoras.
Niños abrazados a sus álbumes.
Padres intentando explicar que la vida continúa.
Abuelos recordando los años oscuros de la prohibición de los trompos, las bolitas y los yo-yo.
Un alumno de cuarto grado fue visto mirando fijamente una figurita de Messi mientras sonaba una música triste en su imaginación.
Otro habría preguntado:
—¿Y ahora qué hacemos en el recreo?
Nadie supo responder semejante pregunta filosófica.
Porque las figuritas no eran simples papelitos.
Eran una economía.
Una religión.
Una forma de vida.
Había chicos que poseían más reservas estratégicas que varios bancos centrales.
Algunos manejaban información privilegiada.
Otros acumulaban repetidas como si estuvieran armando un fondo de inversión.
Y estaban los verdaderos tiburones del mercado.
Esos pequeños Gordon Gekko con mochila de Spiderman que podían transformar tres repetidas de Canadá en una brillante de Brasil antes del segundo timbre.
Uno de ellos declaró:
—No perdí figuritas. Perdí patrimonio.
El golpe fue tan fuerte que economistas infantiles estiman que el PBI del recreo cayó un 83%.
Las repetidas quedaron sin circulación.
Las difíciles pasaron a la clandestinidad.
Y las brillantes comenzaron a moverse en un mercado negro que opera detrás de los baños con niveles de discreción que harían sonrojar a una organización criminal.
Los informes hablan de frases susurradas en los pasillos:
—Psst… tengo a Messi.
—¿Brillante?
—No puedo hablar acá.
—¿Cuánto pedís?
—Dos alfajores y una Coca chica.
—Hecho.
Mientras tanto, los adultos celebran que se terminaron los conflictos.
Pero ignoran una verdad elemental.
Si la humanidad fue capaz de crear guerras por petróleo, oro y territorios, era inevitable que un grupo de chicos de nueve años terminara enfrentado por una figurita brillante de Mbappé.
Porque las figuritas no generan conflictos.
Los conflictos vienen de fábrica con los seres humanos.

