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Los inmigrantes que entran en Ceuta imploran a la Guardia Civil que no los devuelva a su país

Última actualización: 31 de julio de 2026 5:42 pm
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En el corto espacio de unas horas, lo que fue del mediodía a las cuatro de la tarde de ese jueves, la ciudad de Ceuta cambió de aspecto radicalmente: las calles tranquilas se abarrotaron de jóvenes descalzos, la umbría perezosa de los parques se convirtió en una siesta multitudinaria, la playa con sombrillas y bikinis es ahora un tumulto de inmigrantes que se refrescan. Ceuta no es la misma.

En una sola jornada, miles de inmigrantes que han pasado desde Marruecos, bien a nado en mar abierto o simplemente sorteando el espigón que hace frontera con España, han puesto patas arriba a toda una ciudad que precisa una gestión urgente a dos días de que se celebre su feria del verano. Los taxistas lo llaman invasión, las ONG, crisis humanitaria y los políticos locales que tienen que lidiar con ello, emergencia nacional. Todos llevan algo de razón.

La ciudad, de unos 84.000 habitantes, que preside el popular Juan Jesús Vivas está acostumbrada a recibir inmigrantes; no en vano es, junto a Melilla, la primera frontera de España con Marruecos, pero lo ocurrido este jueves impedía a los locales apartar los ojos de la televisión. Miles de personas, como si se hubiera vaciado un estadio de fútbol y todos fueran victoriosos, llegaron a tierra chorreando agua salada entre gritos y vítores a España y se diseminaron sin orden ni concierto por todas partes: ruta adelante sin mirar al tráfico, abrazándose y besando el primer asfalto que les recibía.

Migrantes nadan por aguas cercanas a la frontera con Marruecos para entrar en el enclave español de Ceuta, en el norte de África, el 31 de julio de 2026JORGE GUERRERO – AFP

La Guardia Civil que custodia la frontera no tuvo más opción que echarse a un lado y dejar pasar la riada triunfante. Hombres y mujeres jóvenes, pero también familias con niños, aprovecharon una situación propicia para burlar la frontera. 41 muertos son la otra cara de esta moneda. Pedro Sánchez viajó este viernes a Ceuta.

Antes del aluvión, la madrugada del jueves seguía el ritmo de los últimos días. Jóvenes solitarios o en puñados llegando con sus flotadores a las playas hasta sumar centenares. A medida que avanzaban, las cabecitas se iban haciendo personas al tocar la arena, donde les esperaba la Guardia Civil.

“¡Marruecos, no, Marruecos no, por favor!”, imploraban a los agentes. “Marruecos no, tranquilos, nada de Marruecos, entrad, venid”, les contestaban ellos. Algunos optan por la comedia futbolística: se tiran exhaustos en la arena o se arrodillan suplicantes: “Trabajo, trabajo, no padre, no madre”.

Otra vez los agentes, acudiendo a su lado más humanitario, tratan de convencerles de que no hay nada que temer, pero carecen de intérpretes para hacerse entender. Varios voluntarios les ayudan con eso y también ofrecen a los recién llegados agua y bocadillos. El sol seguía ascendiendo entre la bruma lechosa del viento de levante, que los ceutíes llaman taró.

La mayoría esconde a la familia su intención de embarcarse en un flotador durante horas en plena noche y, cuando llaman a casa para decir que lo han logrado, que “Dios ha estado con ellos”, los parientes reciben la sorpresa con lágrimas.

Intrépido como ninguno, sonriente como el que más, apareció en la playa del Tarajal Hamsa Sliman, de 12 años. No hacía falta preguntar si era menor o no. Se abraza en tierra con los amigos de travesía y llama a su padre, que nada sabía. El hombre lloraba en la pantalla del teléfono. Todavía reguilando de frío, el menor pregunta a quienes hablan árabe cuándo podrá ir a la Península, que él ha venido para ayudar a su madre desde España. Y vengan abrazos entre todos. “La juventud que está llegando, qué vergüenza de país que echa así a sus jóvenes”, recrimina sobre la playa un hombre que lanza su camiseta seca para que puedan limpiar los teléfonos móviles.

Hadiya tiene 16 años, sale del agua todavía con los aros, la cadena dorada y el rímel corrido en los ojos, como si llegara de fiesta. Ha pasado tres horas con el flotador dando brazadas, pero está en forma, porque juega al fútbol y eso es lo que quiere seguir haciendo en España. “Que salía de paseo por la noche con una amiga, eso le dije a mi madre”, cuenta tiritando. Ahora busca el teléfono para decir que esta noche no cenará en casa, que la hija no va a volver. Los guardias se llevan las manos a la cabeza ante estos chiquillos a los que no saben cómo ayudar y la brigada de la limpieza no da abasto para sacar los flotadores y las aletas que quedan entre la arena y el agua. En Ceuta, miles de jóvenes hablan árabe y se entienden bien con los que llegan. Para la sociedad española no son más que niños. Pero eso no conmueve al centenar de personas que, abrazados a la bandera española, gritarán más tarde por la principal avenida de la ciudad consignas fascistas y mentarán a la madre del presidente Pedro Sánchez. La policía redobla sus esfuerzos para custodiar a esos manifestantes.

Mientras tanto, en el centro de acogida temporal de migrantes, las risas se van acallando a medida que pasan las horas. Los muchachos muestran signos de hartazgo, se desparraman entre la hojarasca buscando alguna sombra, dormitan en las cunetas, se asean, muestran las heridas en las piernas: unos dicen que les pegaron los gendarmes marroquíes y otros que ha sido al escalar el espigón de piedra ayudados por los guardias españoles.

Migrantes nadan por aguas cercanas a la frontera con Marruecos para entrar en Ceuta, el enclave español en el norte de África (Jorge Guerrero/ AFP)JORGE GUERRERO – AFP

En el CETI todo son preguntas: cuándo podrán entrar por esas puertas que ahora están cerradas por aforo completo, a dónde les van a llevar, si podrán bajar al pueblo a comprar comida y nadie les impedirá regresar… Ahí arriba, en el monte del Jaral, empiezan a comprender que el partido apenas acaba de empezar y quién sabe si lo ganarán. El CETI también tiene una cara a media mañana y otra cuando ya han desembarcado en la ciudad los miles que entraron en aluvión al mediodía. Muchos se precipitan hacia el centro de acogida y horas después la policía corta la calle que sube hasta allí. Para entonces ya se han sumado al contingente marroquí decenas de subsaharianos sentados al sol en el suelo. Esperando.

Como tantos ceutíes, Yusra habla con ellos en su árabe natal. Tiene 18 años, vive en el famoso barrio del Príncipe y sueña con ser policía, le va “la adrenalina”, y desde las tres de la mañana ha estado en el Tarajal viéndolos llegar con una bolsa de bocadillos y agua. Se desgañita para decirles que no les van a devolver a Marruecos, que pueden confiar en los agentes, que esperen pacientes en las instalaciones de la frontera, pero no siempre tiene éxito. Les pregunta si han pasado a España porque sabían que una sentencia del Supremo impide ahora que los regresen a Marruecos. No, dicen todos, ellos no sabían nada. Pero aplauden esa “nueva ley española” con alaraca festiva. “Marruecos, cero. Mundial, no”, trata de hacerse comprender un muchacho recién salido del agua. Explica que Marruecos no merece tener un mundial, que les dijeron que eso mejorará sus vidas, pero no es verdad, cuenta en árabe y Yusra le traduce.

Ella no es la única que brujulea por allí; otros tres muchachos que no pasan de la secundaria reciben a los recién llegados como quien disfruta un espectáculo, pero también aseguran que han visto a un muerto y que han colaborado en el rescate de un chaval que se ahogaba: Rayyan, Sufian y Ashraf rozan los 16 años y no se pierden una madrugada.

Ceuta pasa nuevos días de perplejidad que recuerdan aquella otra llegada tumultuaria de 2021. Las comercios cerraron, los puestos que aguardan la feria, también. El Gobierno ha movilizado al Ejército para que colabore con la Guardia Civil en la seguridad. En la calle no cesa el ruido y todo el mundo hace cálculos aproximados de cuántos miles de espaldas mojadas han cambiado en un rato la faz de la ciudad.




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