Un inversor extranjero aterriza en Ezeiza, Rosario o Mendoza con la inocencia de un turista japonés que todavía cree que en Argentina hay gauchos bailando malambo en la calle. Viene con la idea de construir una casa, ampliar una fábrica o, en un ataque de filantropía, financiar un hospital. Compra un diario en el aeropuerto y, ¡oh sorpresa!, los titulares le venden el país de las maravillas: inflación en baja, gasto público recortado, impuestos más chicos, trámites exprés y hasta el cepo cambiario con candado flojo. “¡Se ordena el país!”, piensa, ilusionado.
Pero apenas pasa la página, la realidad lo cachetea con la fuerza de un chancho de 200 kilos cayendo en la pileta: tasas al 75% anual, plazos fijos que rinden más que un casino de Las Vegas. “¿Y esto por qué?”, pregunta. La respuesta es simple: porque en Argentina la incertidumbre no es un concepto, ¡es una religión! Y su dios se llama elecciones.
Descubre que el Gobierno que prometía el milagro económico es, en realidad, una remake criolla de La Armada Brancaleone: un rejunte de políticos que parecen sacados de un casting de “Titanic 2: ahora se hunde más rápido”. Tenés desde una diputada que llega al Congreso arriba de un auto oficial estrellado (herencia de un pacto político donde el padre alquiló un partido como si fuera un inflable de cumpleaños), hasta denuncias de coimas del 3% al 8% en insumos para personas con discapacidad. ¡Hasta para chorear tienen tarifas escalonadas!
El Gobierno, con cara de perro que rompió el sillón, responde: “Son mentiras”. Pero mientras tanto le vuelan piedras al Presidente. Y claro, enseguida aparece el manual: o son dementes o son opositores. Entre tanto, la Justicia es un sketch de Capusotto: un juez que antes era “La Tortuga” ahora corre como “La Liebre”, según quién gobierne.
Y el inversor, pobre, hace cuentas. Con 75% de interés anual, su plata crece sola. Sin fábricas, sin hospitales, sin riesgo. Es el sueño húmedo de todo vago financiero. Pero también se da cuenta de que, si todos hacen lo mismo, la economía se convierte en un freezer tamaño industrial. Y efectivamente: así estamos, congelados, esperando octubre.
Dos meses de telenovela política, de calor en las redes y frío polar en la economía. Nadie arriesga, nadie invierte, nadie mueve un peso. Argentina otra vez brilla en su especialidad: hacer papelones. El empresario guarda el diario, pide un café, y concluye:
—¿Invertir acá? Mejor me voy… aunque antes dejo la guita en un plazo fijo. Total, ¡ni Macri, ni Cristina, ni Milei, ni San Cayetano me dan esa tasa!

