Durante años la Unión Industrial Argentina explicó que el principal problema del empleo era la rigidez laboral que los juicios laborales eran un espanto, Que las indemnizaciones eran un monstruo, Que contratar un trabajador era más riesgoso que adoptar un tigre de Bengala con problemas de conducta.
Después llegó Javier Milei con la motosierra, la licuadora, el desregulador industrial y una reforma laboral que parecía escrita en los sueños más húmedos de algunos ejecutivos fabriles.
Y entonces ocurrió algo extraordinario, los empresarios dicen, «No, tampoco», la escena es digna de un estudio psicológico. Durante décadas la UIA aseguró que necesitaba una reforma laboral para generar empleo, ahora que la tiene responde con la misma pasión de un adolescente al que finalmente le conceden permiso para salir y contesta, «Mejor no, está complicado».
La realidad es que la industria argentina parece haber descubierto una nueva doctrina económica, «el capitalismo de la excusa permanente», si el gobierno es peronista, no invierten porque es peronista, si el gobierno es liberal, no invierten porque hay incertidumbre, si el dólar está alto, no invierten, si el dólar está bajo, tampoco, si hay inflación, esperan, si no hay inflación, también esperan, si hay reforma laboral, dudan, si no hay reforma laboral, se quejan.
A este ritmo, la única condición aceptable para contratar personal sería que el Estado les entregue empleados ya entrenados, subsidiados, sonrientes y acompañados por un escribano que garantice que jamás reclamarán nada. La situación se vuelve aún más divertida cuando los dirigentes industriales hablan de «prudencia», la prudencia empresarial argentina es un fenómeno fascinante. Consiste en reclamar cambios durante veinte años y, cuando finalmente llegan, anunciar que tampoco son suficientes.
Es como pasarse media vida exigiendo una bicicleta y, cuando te la compran, explicar que no podés usarla porque hay viento, la propia UIA parece atrapada en una crisis existencial. Si la reforma laboral no genera automáticamente una lluvia de inversiones, ¿significa que el problema era otro?…pregunta peligrosa.
Porque podría obligar a algunos dirigentes a admitir que la falta de competitividad, la baja productividad, los costos financieros, la presión impositiva provincial, la infraestructura deficiente y la escasez de consumo también tienen algo que ver, es mucho más cómodo seguir culpando al próximo factor disponible. Por eso hoy la industria argentina parece un paciente que visita al médico, exige un tratamiento durante veinte años y, cuando finalmente recibe la receta, decide no tomar el remedio porque leyó en internet que tal vez no funcione.
Mientras tanto, los puestos de trabajo siguen esperando, la reforma laboral llegó, la motosierra pasó, las regulaciones cedieron, y la UIA observando el panorama desde una cómoda sala de reuniones, continúa practicando el deporte nacional menos reconocido de todos; La gimnasia olímpica de la «desconfianza empresarial». Argentina puede cambiar el gobierno, el dólar, las leyes, los ministros y hasta el Papa, pero hay algo que jamás cambia, la capacidad de la UIA para encontrar una nueva razón para no arriesgarse.

