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Diario Plural San Juan > Opinión > La salud, la justicia y el precio de la indiferencia
Opinión

La salud, la justicia y el precio de la indiferencia

Última actualización: 21 de julio de 2026 3:02 am
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Toda sociedad enfrenta, tarde o temprano, una pregunta que define su identidad: ¿qué significa ser verdaderamente justa? La respuesta excede a la economía y a la política. Remite a la forma en que una comunidad organiza sus instituciones y protege aquellos bienes sin los cuales la libertad y el desarrollo humano se vuelven meras aspiraciones.

El filósofo John Rawls, en Teoría de la Justicia, sostenía que una sociedad justa no es aquella donde todos alcanzan los mismos resultados, sino aquella que garantiza una auténtica igualdad de oportunidades para que cada persona pueda desarrollar su proyecto de vida. Las desigualdades solo pueden justificarse cuando mejoran también la situación de quienes se encuentran en condiciones más desfavorables.

Bajo esa perspectiva, la salud ocupa un lugar singular. No constituye simplemente un servicio ni un bien económico más. Es la condición indispensable para estudiar, trabajar, emprender, formar una familia y ejercer plenamente la libertad. Sin salud, la igualdad de oportunidades deja de ser un principio efectivo para transformarse en una promesa vacía.

Esta reflexión adquiere una enorme actualidad al observar el sistema sanitario argentino.

Durante los últimos años, la inflación persistente ha generado una distorsión creciente en los precios relativos de las prestaciones médicas. Mientras la inflación acumulada durante 2025 se ubicó en torno al 31 %, y durante 2026 continúa elevando los costos del sistema, los aranceles que perciben clínicas, sanatorios y centros médicos evolucionaron, en numerosos casos, a menos de la mitad de esa variación.

Esta dinámica impide que los valores reflejen el costo real de producir salud. Medicamentos, insumos, tecnología, mantenimiento, energía, infraestructura, impuestos y salarios crecen al ritmo de la economía, mientras los ingresos del sistema quedan rezagados, ampliando la brecha entre costos y financiamiento.

Es precisamente aquí donde adquiere plena vigencia el pensamiento de Adam Smith.

Con frecuencia se recuerda únicamente a Smith como el autor de La riqueza de las naciones. Sin embargo, su obra comienza mucho antes, con La teoría de los sentimientos morales, donde explica que el funcionamiento de una economía libre requiere no solo competencia sino también simpatía, entendida como la capacidad de comprender la situación del otro y reconocer límites éticos al propio interés.

Smith jamás defendió mercados basados en relaciones profundamente asimétricas. Por el contrario, entendía que la competencia solo genera prosperidad cuando existe equilibrio entre los actores, reglas previsibles e incentivos adecuados para invertir, innovar y producir. Cuando esas condiciones desaparecen, el mercado deja de asignar eficientemente los recursos y comienza a destruir valor.

Difícilmente una sociedad pueda aspirar a una medicina de excelencia cuando desvaloriza sistemáticamente a quienes la hacen posible. Sin embargo, el principal afectado no es el médico ni la institución, sino el paciente.

Eso es exactamente lo que hoy ocurre en buena parte del sistema sanitario argentino. Los financiadores reconocen aranceles cuyo valor real disminuye, mientras los prestadores deben sostener estructuras de costos crecientes para mantener la calidad asistencial. La consecuencia es un deterioro progresivo de la capacidad productiva: se postergan inversiones, se ralentiza la incorporación de tecnología y se limita el desarrollo institucional.

En este contexto, el honorario médico termina convirtiéndose en la principal variable de ajuste. Tras cubrir costos operativos ineludibles, la retribución profesional pierde participación relativa, erosionando el valor del conocimiento, la experiencia y la responsabilidad que implica ejercer la medicina. Difícilmente una sociedad pueda aspirar a una medicina de excelencia cuando desvaloriza sistemáticamente a quienes la hacen posible. Sin embargo, el principal afectado no es el médico ni la institución, sino el paciente. La postergación de inversiones, la demora en la renovación tecnológica, la reducción de servicios y la salida de profesionales se traducen en menor disponibilidad de prestaciones, mayores tiempos de espera y un acceso cada vez más restringido.

La injusticia no comienza cuando un paciente encuentra una puerta cerrada, sino cuando el sistema pierde silenciosamente la capacidad de responder a las necesidades de la población. Por eso, lo que está en juego excede la situación económica de los prestadores: se trata de garantizar igualdad de oportunidades para millones de argentinos.

En este punto cobra plena vigencia la reflexión de Gilbert Keith Chesterton, quien advertía que las sociedades comienzan a equivocarse cuando olvidan que las instituciones existen para servir a las personas y no las personas para sostener las instituciones.

La salud no puede ser considerada exclusivamente como una partida presupuestaria ni como una variable de ajuste financiero. Es una inversión estratégica en capital humano, productividad, cohesión social y desarrollo nacional. La verdadera discusión no consiste en cuánto cuesta la salud, sino cuánto le cuesta a un país no invertir adecuadamente en ella.

Cuando una clínica deja de invertir, un sanatorio pierde capacidad operativa o un paciente posterga un tratamiento, el problema deja de ser sectorial y se convierte en un problema de desarrollo.

Argentina necesita recuperar una visión estratégica de largo plazo. La salud debe dejar de ser administrada como una urgencia permanente para convertirse en una auténtica política de Estado, sustentada en acuerdos institucionales amplios, reglas previsibles, mecanismos transparentes de actualización arancelaria y un financiamiento compatible con la calidad, la innovación y la sustentabilidad del sistema.

Este no es un desafío abstracto ni una aspiración teórica: es una decisión urgente. Es momento de pasar de las declaraciones a la acción concreta. La agenda es clara y no admite dilaciones: establecer mecanismos automáticos y transparentes de actualización arancelaria vinculados a los costos reales del sistema; garantizar un esquema de financiamiento sostenible que preserve la calidad y la innovación; y construir acuerdos institucionales estables entre Estado, financiadores y prestadores que otorguen previsibilidad de largo plazo.

Sin estas decisiones, el deterioro no solo continuará, sino que se profundizará hasta comprometer la capacidad misma del sistema para responder a la demanda sanitaria.

Porque una Nación no se mide únicamente por el equilibrio de sus cuentas públicas. Se mide, sobre todo, por la capacidad de cuidar a las personas, proteger a los más vulnerables y garantizar que cada ciudadano tenga una oportunidad real de desarrollar plenamente su vida.

En definitiva, sostener un sistema de salud viable exige actuar ahora, con decisión y responsabilidad. No hay margen para la inercia ni para soluciones parciales. La Argentina debe definir y ejecutar de inmediato una política sanitaria integral, coherente y sostenida en el tiempo. Postergar estas decisiones ya no es neutral: es elegir, conscientemente, un camino de deterioro. Actuar, en cambio, es afirmar que la salud —y con ella la justicia— sigue siendo una prioridad irrenunciable.


Magíster en Administración de Servicios de Salud




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