La polarización política siempre está y vuelve recargada para pagarle dividendos a los políticos que la explotan. Aunque el país la padezca. El negocio de la antinomia está más vivo que nunca. Un juego en el que hoy mileístas y peronistas se sienten cómodos.
El miedo a un regreso al pasado, el riesgo kuka o más simplificadamente el antiperonismo visceral de más o menos la mitad de los electores (que no es lo mismo que ciudadanos) argentinos es el gran activo, la más eficiente amenaza y el poderoso fantasma que agita el oficialismo y adopta buena parte de sus votantes para justificar, aceptar, tolerar o resignarse a lo que haga Javier Milei y su gobierno. Aún lo que no les gusta o les indigna.
Del otro lado, el peronismo se refugia en ese 40% de piso electoral histórico que al noperonismo le cuesta perforar para permitirse un sinfín de desaguisados que a la Argentina le han costado demasiado caro y enfrascarse en paralizantes disputas internas, como si tuviera la vida garantizada y no hubiera riesgos ciertos para su supervivencia. Tal vez, como nunca.
La dificultad que hoy muestra el perokirchnerismo para iniciar un proceso virtuoso de renovación lo expone con claridad. Lo mismo que el terror de muchos peronistas nokirchneristas a desprenderse de la nave nodriza del kirchnerismo y empezar a construir una nueva oferta electoral sin el peso de ese pasado inmediato que le da un piso confortable, pero le pone un techo demasiado bajo si no tiene ayuda del error ajeno de sus oponentes de turno.
Por eso, el universo justicialista apuesta a la tendencia a autolesionarse de Milei, más que a la construcción de una alternativa superadora. La salida de Manuel Adorni del Gobierno, aunque demorada, es, así, motivo de lamento antes que de satisfacción. El hostigamiento que los bloques perokirchneristas del Congreso hicieron durante casi dos meses tenía menos por objetivo su remoción que darle motivos a Milei para sostenerlo. Casi les sale bien. La obstinación más caprichosa que estratégica por no ceder a lo que le demandan sus adversarios (internos o externos) había llevado al Presidente a prolongar una larga agonía demasiado costosa.
Las últimas elecciones legislativas mostraron que el mapa político, con sus movimientos circunstanciales en cada cambio de ciclo, no solo no se modificó estructuralmente, sino que recuperó en buena media la fisonomía que tenía antes de las elecciones presidenciales de 2025, cuando parecía empezar a alterarse definitivamente, con la incursión mileísta en muchos bastiones históricamente justicialistas. El peronismo y el noperonismo sigue siendo el clivaje que organiza la política argentina, aunque cambien las denominaciones. Lo muestran los mapas electorales que elabora con rigurosa precisión el sociólogo y consultor Luis Costa después de cada elección.
Como ya pasó con la primavera alfonsinista, con la ilusión aliancista y, aunque más acotadamente, con la irrupción macrista entre votantes peronistas no kirchneristas, ningún trasvasamiento de electores del cuadrante peronista, filoperonista o no antiperonista ha logrado, hasta ahora, consolidarse en el tiempo en beneficio de sus rivales.
Así es como Cristina Kirchner y su brazo militante, La Cámpora, se pueden permitir, desde el departamento-prisión de San José 1111, seguir apostando a condicionar cualquier movimiento dentro del peronismo y anteponer la situación personal-judicial de la expresidenta a cualquier reconstrucción político-partidaria. La recuperación parcial de la imagen positiva de la expresidenta, a pesar del elevado y duro rechazo, del orden del 60%, que sigue teniendo, alimentan el empecinamiento.
La tibieza kicillofista
El cristicamporismo no oculta y expone jactanciosamente la pulsión a someter antes que a conceder, aun en el ocaso. Mientras tanto, sus rivales internos del planeta kirchnerista, encabezados por Axel Kicillof, intentan con evidente temor y cautela un armado electoral y una nueva narrativa que no termina nunca de asomar, mientras el tiempo pasa y las dificultades políticas y para gestionar del gobernador bonaerense aumentan.
El reciente paso por Nueva York de dos exploradores kicillofistas fue un buen ejemplo de esa actitud que complica la proyección de Kicillof. Las reuniones que el ministro de Hacienda bonaerense, Pablo López, y su sherpa angloparlante Cecilia Niccolini mantuvieron con representantes de fondos de inversión dejaron expuesta tanto la cautela, los prejuicios y las prevenciones con las que se movieron en tierras para ellos ajenas como el temor a quedar a tiro de la inquisición cristicamporista y de los que se siguen cobijando en esa iglesia. Le temen más al estigma de la herejía que a una condena por tibieza, aunque le llamen estrategia.
“Tenían mucho temor a que trascendiera con quiénes se reunían y qué decían. Aún cuando casi todo lo que se animaron a sostener fue: ‘No somos defaulteadores, devaluadores seriales, degenerados fiscales ni antiempresas. Axel puede demostrarlo no solo con lo que hace en la gobernación sino con su gestión como ministro de Economía de la Nación’. Pero de ahí casi no salían”, contó uno de los asistentes a esas reuniones, que el kicillofismo viene postergando desde más de cinco años, a pesar de haber recibido varias invitaciones en ese lapso.
“Cuando se les preguntaba qué cambiarían y qué dejarían de lo que ha hecho Milei si Axel llegara a la presidencia en 2027 volvían a lo mismo. Solo agregaban que había que ver qué les dejaban y vagamente apuntaban a la reactivación de la producción y del consumo, sin muchos detalles”, agregó el inversor.
El rechazo a ser vistos como “defaulteadores” no fue casual. En el kirchnerismo la cuestión de la deuda externa sigue siendo un tema (o un tabú) tan potente como siempre. O mejor dicho, como cuando en 2022 Máximo Kirchner dejó la presidencia del entonces bloque oficialista en rechazo del acuerdo con el FMI que había firmado el gobierno de Alberto Fernández. Aún cuando hoy en la Argentina no hay ningún rechazo masivo, sino casi todo lo contrario, cada vez que baja el riesgo país y el oficialismo y los poderes económicos celebran la posibilidad de que el gobierno pueda estar más cerca de salir a tomar nueva deuda.
Máximo en campaña
El hijo biológico de Cristina Kirchner ha empezado a recorrer el país casi en espejo con lo que hace su exhermano político Axel, aunque sus anfitriones y sus ejes discursivos no se parecen en nada.
Máximo Kirchner tiene dos leitmotivs, la campaña en defensa de la inocencia de su madre, que lleva implícita la demanda de su liberación, aunque los cristicamporistas se empeñan en decir que “Cristina libre” no es la prioridad sino volver al poder. El otro tema dominante es el endeudamiento. De pasado mucho, de futuro demasiado poco. Y nada de lo que esperan como propuesta alternativa para mejorar la vida de los descontentos o afectados del mileísmo, que sea concreta, posible y sustentable. Tres palabras que el cristinismo nunca ha sabido combinar.
Pero esas son diferencias menores con el gobernador y aspirante a presidente sin animarse a confirmarlo. No terminar de alejarse ni rendirse a los pies de Cristina Kirchner lo muestra maniatado. Para los suyos, Kicillof es un tiempista. Para los cristicamporistas, en cambio, es la demostración tanto de deslealtad como de falta de cualidades políticas.
“Axel tiene que darse cuenta de que sólo no va a llegar, pero él hace política con sus amigos. Ni siquiera los intendentes que integran su movimiento Derecho al Futuro son de él. Cristina sigue teniendo 40% de imagen positiva, así que si le presenta un candidato le saca como mínimo 18 o 20 puntos. Entonces, no se entiende por qué no busca un acuerdo y la va a ver. Si quiere ganar no hay duda de lo que tiene que hacer. Salvo que lo que quiera es romper y tratar de acumular poder solo para él, pero así no va a llegar”, dice una de las personas que más habla tanto con la expresidenta como con su hijo.
“Claro que si Axel va a San José 1111, Cristina le va a cantar las 40, le va a hacer todos los planteos que tiene acumulados”, admiten en torno de Máximo Kirchner.
Del lado del gobernador, saben no solo a lo que no quiere exponerse sino que temen que la sombra de Cristina se proyecte para encerrarlo en un círculo que le impida llegar al menos a un balotaje, al mismo tiempo que no se animan a romper por temor a perder esa base de sustentación.
Si se proyecta la foto de hoy, el escenario de una segunda vuelta en la elección presidencial de 2027 asoma como el más probable. Todo, siempre y cuando no haya fugas ni divisiones de uno u otro extremo que rompan una polarización en la que ambos se sienten cómodos y para la cual trabajan todos los días.
Por lo pronto, el mileísmo empezó a obturar la posibilidad de construcción de una opción competitiva de Pro a nivel nacional con la designación de Diego Santilli en la jefatura de Gabinete. El macrismo admite las dificultades para diferenciarse de un gobierno en el cual seis de nueve ministros tienen origen amarillo, aunque ahora hayan adoptado la nacionalidad violeta. Impedidos por los votantes que les quedan de impulsar un fracaso del actual gobierno para tener una oportunidad, se le diluyen hasta las posibilidades de negociar desde alguna posición de poder una alianza ventajosa. Inclusive, el bastión porteño está en riesgo si Milei no tropieza.
Por eso, Mauricio Macri desde Estados Unidos barrunta, cuando se distrae del Mundial de fútbol, la posibilidad de entregar a su primo y buscar una alianza que no desaloje al Pro de su casa natal. Aunque Jorge Macri quiera parecerse cada vez al mileísmo menos tolerante, en la Casa Rosada no gustan las imitaciones. Karina Milei prefiere las rendiciones incondicionales.
Por ahora, no asoman opciones que puedan reconstruir el escenario de tres tercios que les permitió a Macri, a Alberto Fernández y a Milei llegar a la presidencia, después de triunfar en un balotaje.
El máximo común divisor en esas tres elecciones fue el mismo que nunca logró beneficiarse de su capacidad de fragmentación, pero que siempre sueña con que un día su martingala lo lleve a la Casa Rosada. En eso vuelve a estar Sergio Massa, que mira con entusiasmo las encuestas que le hace llegar su entorno y mostrarían que su sideral imagen negativa estaría volviéndose terrenal. Ahora le faltaría alimentar su imagen positiva. No es fácil.
Por eso esta vez está dispuesto a cambiar de estrategia. Al contrario de la máxima romana, de dividir a los adversarios para reinar, esta vez teje sin cesar para juntar y sumar al peronismo detrás suyo, yendo de San José 1111 hasta La Plata, con escalas en todos los escritorios de peronistas y no peronistas antimileístas con algún poder territorial. Nunca le han faltado voluntad, optimismo ni recursos para intentarlo. Ahora tampoco, aunque parece más complicado.
La antinomia vuelve a justificarlo todo. Aunque la Argentina la padezca desde hace 80 años.

