Dicen que en política nadie defiende lo que no tiene.
Mentira. La Pampa acaba de demostrar que se puede pelear hasta por el hielo ajeno… cuando el agua propia ya es un recuerdo húmedo.
Mientras en Buenos Aires aprobaban la modificacion de la ley de glaciares, La Pampa salió corriendo a Tribunales con un amparo bajo el brazo y la sed histórica en la garganta. Porque claro, La Pampa no tiene glaciares, ellos dicen que tienen memoria hídrica, y eso, en la Argentina, es más peligroso que una denuncia penal en año electoral
La reforma de la Ley de Glaciares —esa criatura jurídica que promete cuidar el agua bajo la guarda provincial, cayó como piedra en el río seco del Atuel, cuando el río no corre, corren los abogados. El argumento oficial es técnico, constitucional, casi académico.
Pero traducido al criollo suena así, “Si dejan que cada provincia haga lo que quiera con el hielo… algunos van a terminar vendiendo cubitos al mejor postor mientras otros miran el cauce vacío como quien espera un milagro que nunca llega”.
Y ahí aparece la postal más hermosa de esta tragicomedia federal, una provincia sin glaciares defendiendo el agua que le llega de otra provincia como Mendoza.
La Pampa judicializa contra la ley porque no confia en Mendoza, la Nación legisla
las provincias andinas se beneficiaron y el agua, dice La Pampa que se escurre, silenciosa, como la credibilidad de los mendocinos en el manejo del caudal del Atuel.
En este país, hasta el hielo es político, el agua es disputa y la sed es colectiva, mientras tanto, en algún despacho con aire acondicionado polar, alguien debe estar pensando, “El control de los glaciares en manos de los mendocinos, es intolerable”.

