Ely Osorio tiene 64 años y artrosis en las rodillas. A pesar de eso, corrió en la Maratón de Santiago de Chile. La ganadora invirtió poco más de dos horas en hacer el recorrido. Ely tardó 7 horas, 18 minutos y 34 segundos en llegar. Cuando atravesó la meta, ya estaban terminando de desmontar el escenario. “Llegué última pero me siento ganadora”, explicó, feliz, entre los aplausos de la gente que todavía estaba ahí.
Nadie rebaje este suceso a historia inspiradora (al gusto de los manuales yanquis de autoayuda), a ejemplo de superación personal o a anécdota motivacional. Estamos ante una hazaña luminosa porque corresponde a aquello que Werner Herzog bautizó “La conquista de lo inútil”. El afán que no espera otro premio más que sí mismo.
Sí: por lo general, la liebre le suele ganar a la tortuga. Pero la derrota de Ely Osorio, nuestra empecinada tortuga amada, es una secreta victoria. Qué lleguen después la alegría, y el orgullo y los hurras del mundo; no son necesarios, pero que vengan, si quieren.
Ely Osorio vive en un barrio llamado Bajos de Mena, históricamente segregado y considerado un nido del narcotráfico. La exposición que nuestra maratonista sufrió esta semana le sirvió para hablar en nombre de su barrio y reivindicarlo, contra la estigmatización que sufren todos sus habitantes.

