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Opinión

La lección de futuro que dio la selección de Scaloni y Messi

Última actualización: 25 de julio de 2026 1:36 am
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El futuro deseable desde antes de comenzar la disputa de la Copa del Mundo era conquistar la cuarta estrella, pero al principio del campeonato había 48 futuros posibles, con final abierto y distintas probabilidades asignadas a cada contendiente. Los vaticinios, apuestas y pronósticos iniciales oscilaban en un rango que iba desde el determinismo puro y duro –el nombre del campeón ya estaba escrito en piedra– hasta los anticipos más sesgados y dominados por el azar. Avanzaron las rondas, los futuros posibles se redujeron y aumentó la probabilidad para la selección argentina de alcanzar el futuro deseable: la finalísima. Que los campeones de Qatar pudieran llegar a la final habla de una trayectoria de trabajo, valores, constancia, resiliencia y mérito de un equipo consustanciado con el desafío de transformar el “futurible” en realidad. El azar jugó un rol marginal, y tal vez nos privó de la cuarta estrella que España ganó también con equipo, trayectoria y esfuerzo. Pero festejemos: el equipo nacional forjó un futuro que consolida al fútbol argentino en el podio del fútbol mundial.

Desde épocas remotas, el ser humano y las sociedades se inquietan y angustian frente a la incertidumbre que abre el futuro. El oráculo de Delfos era, por esa razón, el conducto divino más apreciado en Grecia para consultar el futuro con los dioses. Según el modo de pensar griego, beber de la fuente délfica del conocimiento del futuro se veía como beber el elixir para la obtención de un gran poder político y militar. Pero había un axioma implícito en esa manera de pensar: el futuro estaba escrito en piedra, estaba predeterminado. Ya en los tiempos de Roma, Marco Tulio Cicerón, el eximio orador, hizo una crítica aguda sobre el valor práctico de la adivinación del futuro. Refutando argumentos de su propio hermano Quinto, en la segunda parte de De la adivinación, Cicerón comienza diferenciando la adivinación del conocimiento obtenido a través de los sentidos (la observación metódica de la realidad). ¿Quién puede interpretar mejor los datos sensoriales: un adivino o un experto en la materia? ¿Por qué recurrir a los adivinos cuando, por lo general, las teorías científicas basadas en datos de la realidad proporcionan respuestas mucho más satisfactorias? Cicerón amplía este razonamiento al atacar incluso la necesidad misma de adivinación. Supongamos, razona, que se pudiera intuir el futuro por medios extraordinarios. Esto solo sería posible, según Cicerón, si se hubiera escrito el guion de mañana. Si el destino estuviera sellado (por ejemplo, el triunfo español en la final), entonces, saberlo sería, en el mejor de los casos, redundante, porque no lo podemos anticipar, y, en el peor, nos haría del todo desdichados, porque no lo podemos cambiar. Un libro escrito hace tantos años nos enseña en estos tiempos de cultura “líquida”, y donde ya algunos plantean una variante de IA omnisciente sustitutiva de aquellos oráculos, que para conocer el futuro, mejor la observación, la ciencia y el esfuerzo especializado que la adivinación (o los sucedáneos de la “posverdad”).

EZEIZA -- Imagen cedida por el Regimiento de Granaderos a Caballo del 20 de julio de 2026 de Lionel Scaloni, director técnico de Argentina, saludando a su llegada a uno de los hangares de Aerolíneas Argentinas en el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini. (Xinhua/Carlos Ravazzani/Regimiento de Granaderos a Caballo) (mz) (ah) (ce)
EZEIZA — Imagen cedida por el Regimiento de Granaderos a Caballo del 20 de julio de 2026 de Lionel Scaloni, director técnico de Argentina, saludando a su llegada a uno de los hangares de Aerolíneas Argentinas en el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini. (Xinhua/Carlos Ravazzani/Regimiento de Granaderos a Caballo) (mz) (ah) (ce)
[e]Carlos Ravazzani,Regiment of – XinHua

Ya en el siglo XX, Bertrand De Jouvenel, un pensador moderno para quien el futuro estaba abierto a alternativas condicionadas de futuros posibles (“futuribles”), sostuvo que las sociedades se resisten a que el porvenir sea absolutamente desconocido; más bien prefieren que sea preconocido. Crean instituciones, conceden poderes al Estado y planifican el futuro, para acotar la incertidumbre que domina un futuro abierto a distintas posibilidades. Para Jouvenel, todo poder es de alguna manera poder sobre el porvenir. Para el pensador francés, el pasado es inmodificable, pero trabajando sobre las tendencias dominantes del presente, tomando en cuenta las lecciones del pasado, se puede influir en la búsqueda de uno de los escenarios futuros, transformando a uno de los “futuribles” en “futuro deseable”. Porque el poder es capacidad de acción que afecta al porvenir y no solo al más inmediato presente. Los antiguos creían que una autoridad imprevisible era peor que la ausencia de toda autoridad, y no les faltaba razón para esa presunción que partía de la experiencia. Por eso para Jouvenel, la previsibilidad institucional y la política son claves en el tránsito desde el presente en la búsqueda y consecución de un futuro deseable.

El economista y teórico de la Escuela Austríaca Jesús Huerta de Soto
El economista y teórico de la Escuela Austríaca Jesús Huerta de Soto

Dentro de la teoría económica han sido los austríacos los más categóricos respecto de la incertidumbre que domina el futuro y el escepticismo respecto de la predicción económica. Lo que suceda mañana no puede conocerse científicamente hoy, subraya el español Huerta de Soto, pues depende en gran parte de un conocimiento e información que aún no se han generado empresarialmente y que hoy todavía no pueden saberse. Tan solo pueden efectuarse (en la misma orientación que Jouvenel) predicciones de tendencia de tipo general. Las que Hayek denomina pattern predictions. Para el economista español “los austríacos consideran que los fenómenos empíricos son continuamente variables, de manera que en los acontecimientos sociales no existen parámetros ni constantes, sino que todo son ‘variables’, lo que hace imposible el programa metodológico positivista en cualquiera de sus versiones (desde el verificacionismo más ingenuo al falsacionismo popperiano más sofisticado)”. En este enfoque, el rol del empresario (“función empresarial”) en un marco de libertad económica acota la incertidumbre y encamina al futuro deseable.

Friedrich Hayek, economista de la Escuela Austriaca
Friedrich Hayek, economista de la Escuela AustriacaGetty Images

El futuro abierto a escenarios conjeturales posibles también está condicionado por la advertencia formulada por Nassim Nicholas Taleb en su ya clásico El cisne negro sobre la baja probabilidad que se asigna a “los fenómenos de cola” en el devenir de la realidad social. Las proyecciones futuras basadas en las probabilidades derivadas de la “campana” de Gauss (distribución normal asociada a los juegos de azar), que releva con razonable aproximación las regularidades propias de las ciencias físicas y naturales, son, sin embargo, una herramienta de uso mucho más controvertido en las ciencias sociales, cuya realidad es también mucho más propensa a la aparición de “cisnes negros” que echan por tierra todos los pronósticos probabilísticos anticipatorios de un futuro posible. En Momentos estelares de la humanidad, Stefan Zweig se había ocupado de los eventos que pueden aparecer como marginales y que al final alteran el curso del devenir histórico. Entre otros, cierra su obra con el ejemplo de Guillermo, el káiser alemán, que había entrado en guerra con Alejandro, su pariente, zar de Rusia. Para desestabilizarlo le “planta” a Vladimir Lenin, que estaba refugiado en Suiza y fuera del juego político. Lo traslada en un tren blindado y ya en Rusia Lenin se transforma en un agitador de masas y lidera la revolución bolchevique que destrona al zar e instala el comunismo. Seguramente el káiser nunca imaginó el “cisne negro” que su jugada iba a desencadenar en los acontecimientos históricos.

Los argentinos tendemos a ser idiosincráticamente deterministas con respecto al futuro. El futuro está dado y, por lo tanto, está escrito en piedra. Con la organización nacional, el ideal del progreso que nos catapultó al pelotón de punta del ingreso per cápita mundial arraigó la idea de que estábamos predestinados a un futuro de grandeza sin solución de continuidad, idea también presente en el siglo pasado cuando las ideologías “redentoristas” del fascismo y del comunismo nos hicieron creer que nuestro destino revolucionario también tenía guion garantizado. El determinismo respecto del futuro está presente en la marcada ciclotimia social: cuando pasamos de ‘’estar condenados al éxito” a resignarnos a una decadencia fatal. Para peor, con un arrastre populista que ha exacerbado la propensión al corto plazo, el debate de largo plazo ha devenido una cuestión abstracta. Si el futuro no está abierto, si no hay futuros posibles, tampoco hay esfuerzo, trabajo y perseverancia en el presente para transformar uno de los futuros posibles en futuro deseable. El fatalismo nos condena a repetir errores. Y atención, el pasado no se puede cambiar, pero no es cierto que no se pueda repetir. El hombre y las sociedades muchas veces tropiezan con la misma piedra. Aprendiendo del pasado y asumiendo un futuro abierto, hay que trabajar para consolidar un futuro posible de cambio deseable. La institucionalidad y el desarrollo asociados a un proyecto futuro que cohesione las fuerzas del cambio reducen el riesgo de aparición de “cisnes negros” que puedan torcer el rumbo y llevarnos a otro “futurible” no deseable. Esfuerzo, constancia, valores, resiliencia, trabajo y mérito van a hacer realidad el escenario deseable de una Argentina que vuelva al podio de los países más desarrollados. Scaloni, Messi y el equipo argentino nos volvieron a dar el ejemplo. Para consolidar el cambio los argentinos tenemos que reconciliarnos con el futuro.


Doctor en economía y doctor en derecho




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