Mientras el ciudadano común anda haciendo malabares para pagar la luz, el gas, el alquiler y la tarjeta, en Corrientes pareciera que descubrieron una nueva especie: el Surubí Presupuestívoro, un ejemplar capaz de devorar millones de pesos en cuestión de HORAS.
$2.900 millones de pesos solamente en sonido, iluminación, pantallas y seguridad, como quien dice, «eso es apenas la entrada». El plato principal todavía estaba por venir.
Con semejante despliegue, cualquiera imaginaría que venía a tocar una banda formada por los Beatles, Mozart, Freddie Mercury y Gardel resucitados especialmente para la ocasión, pero no, era una fiesta de pesca. Una fiesta de pesca con presupuesto de lanzamiento espacial.
El sonido costó tanto que los peces del Paraná deben haber escuchado los anuncios desde Punta del Este. Las pantallas eran tan grandes que posiblemente las hayan visto los astronautas de la Estación Espacial Internacional, y la seguridad fue tan costosa que uno llega a preguntarse si estaban cuidando surubíes o a Donald Trump, que vino de incógnito.
Lo extraordinario es que siempre aparece el correntino justo para justificar el gasto, «que mueve el turismo», «que genera trabajo», «que posiciona la ciudad», y puede que sea asi, entonces expliquen por qué cada vez que aparece una necesidad urgente faltan recursos, pero cuando llega la hora del festival los billetes brotan más rápido que los mosquitos en Goya, durante el verano. En Corrientes para arreglar una calle hay que hacer estudios, proyectos, análisis técnicos, informes, auditorías y consultas astrales.
Para gastar millones en una fiesta, la billetera sale del bolsillo con una velocidad que haría llorar de emoción al mismísimo Guasón, y después aparecen los funcionarios sonriendo en las fotos como si hubieran financiado el evento con plata de una rifa familiar. Nadie discute que la Fiesta del Surubí sea importante, lo que se discute es la costumbre tan argentina de convertir cualquier celebración en una competencia olímpica de derroche, porque una cosa es organizar una fiesta popular, otra muy distinta es organizar un homenaje multitudinario al gasto público sin freno.
Al final, los pescadores volvieron a sus casas con sus trofeos, los artistas cobraron, los proveedores facturaron, los funcionarios aplaudieron,(Y tambien se comenta que cobraron), y los contribuyentes, como siempre, participaron del evento más tradicional de todos, pagaron la entrada sin haber sido invitados, y así terminó una nueva edición de la Fiesta Nacional del Surubí, donde el pez más difícil de atrapar sigue siendo el mismo de siempre, la explicación de semejante gasto.

