En la Argentina la corrupción funciona como el aire acondicionado de un colectivo viejo: a algunos les congela la indignación y a otros directamente les deja de andar. Todo depende de quién esté sentado en el poder y de qué camiseta política use el ladrón de turno.
Hay argentinos que descubren la corrupción con la misma sorpresa con la que un turista descubre que el Obelisco no tiene ascensor. Se escandalizan, ponen cara de fiscal suizo y juran que “esto nunca pasó”. Pero cuando el corrupto pertenece a su tribu ideológica, aparece la gimnasia olímpica de la justificación: “Bueno… pero hicieron obras”, “Roban, pero gestionan”, “Los otros son peores”.
La corrupción en la Argentina ya no es un delito: es una grieta emocional. Nos molesta selectivamente. Nos indigna por conveniencia. Y hasta la usamos como arma electoral según el calendario.
Si un funcionario opositor compra una lapicera con sobreprecio, piden cadena perpetua. Pero si el corrupto es propio y aparece contando bolsos, hoteles, contratos truchos o fortunas inexplicables, entonces empiezan las piruetas argumentales dignas del Cirque du Soleil político.
La sociedad aprendió a convivir con el choreo como quien convive con humedad en la pared: sabe que está ahí, le da bronca, pero ya ni llama al albañil.
Y el problema no es solamente la dirigencia. El problema es cultural. Porque mientras se condena la corrupción “de arriba”, muchos siguen festejando el acomodo, el favorcito, el contacto, el amigo en el Estado, el trámite acelerado por atrás y la viveza criolla elevada a doctrina nacional. Varios debates públicos reflejan justamente esa idea: que la corrupción dejó de verse como excepción y empezó a asumirse como parte estructural del sistema argentino.
Entonces aparecen los fanáticos. Los hinchas políticos. Los que defienden dirigentes como si defendieran a Boca o River. Y ahí la moral desaparece. Ya no importa si roban. Importa quién roba. El corrupto propio es “perseguido”; el ajeno es “mafioso”. El expediente judicial se analiza con más pasión que un VAR en tiempo suplementario.
La tragedia argentina no es solamente que exista corrupción. La verdadera tragedia es que gran parte de la sociedad perdió la capacidad de escandalizarse de manera coherente.
Porque cuando la corrupción deja de ser un límite moral y se convierte apenas en una herramienta de disputa política, el país entra en una decadencia silenciosa donde todo se relativiza.
Y así seguimos: un país donde algunos se horrorizan por una licitación trucha mientras justifican millones desaparecidos si el ladrón les cae simpático.
La corrupción no debería tener ideología. Pero en Argentina hasta los chorros tienen militancia.

