Mientras la Justicia sigue escribiendo un expediente que promete más capítulos que una telenovela, Manuel Adorni parece descubrir que el verdadero problema no era dejar el cargo, sino que los tribunales no aceptan renuncias políticas.
Fuera del Gobierno, su capital político luce más devaluado que un billete olvidado en el fondo del bolsillo. Sus detractores aseguran que su paso por el poder fue tan fugaz como ruidoso, y que la sombra de las investigaciones lo seguirá mucho más tiempo que cualquier cargo público.
La causa por presunto enriquecimiento ilícito es, por ahora, la piedra en el zapato. La discusión gira alrededor de un crecimiento patrimonial que, según la investigación judicial, aún busca una explicación convincente. Mientras tanto, la estrategia parece ser ganar tiempo, porque en ciertos despachos el reloj corre más rápido que los expedientes.
En ese contexto, las versiones sobre gestiones políticas y judiciales vuelven a ocupar el centro de la escena. Nadie admite nada, todos niegan todo, pero los pasillos del poder tienen más tránsito que una avenida en hora pico. Si los rumores pagaran impuestos, ya habrían equilibrado el déficit.
Las especulaciones sobre movimientos en la Cámara Federal alimentan la sospecha de que algunos siguen convencidos de que la mejor defensa no es un buen abogado, sino un buen contacto. La independencia judicial, mientras tanto, espera sentada a que la llamen.
Como si el guion necesitara otro condimento, también trascendió que Adorni evaluaba radicarse en Uruguay. Pero el plan habría chocado con la realidad judicial: cuando el expediente pesa más que la valija, la mudanza deja de ser una simple cuestión inmobiliaria.
A todo esto se suman decisiones oficiales que la oposición y distintos sectores cuestionan por considerar que reducen los controles del Estado: cambios en el acceso a la información pública, el nuevo rol de la UIF y el funcionamiento de organismos de control. El Gobierno sostiene que se trata de una reorganización institucional; sus críticos responden que el problema no es reorganizar, sino acomodar los muebles para que nadie vea lo que hay debajo de la alfombra.
La batalla contra el periodismo tampoco ayuda a despejar dudas. En política, cuando el mensajero pasa a ser el enemigo principal, siempre aparece la sospecha de que el mensaje era más incómodo de lo que se quiere admitir.
Al final del día, la Justicia tendrá la última palabra. Pero en la Argentina, donde las causas avanzan con la velocidad de un caracol con sueño y los discursos corren como un Fórmula 1, la sensación es que algunos siguen apostando a que el calendario sea más eficaz que cualquier estrategia de defensa.
Porque una cosa es abandonar un cargo. Otra muy distinta es lograr que también renuncien las preguntas.

