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Opinión

Indio Solari. Cuando los filósofos bailan rock y los pobres leen poesía

Última actualización: 9 de junio de 2026 2:38 am
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Multitudes despidieron al Indio Solari en su viaje al silencio. Dos o tres generaciones celebraron sus indescifrables pero aguerridas misas ricoteras en Plaza de Mayo y en muchas plazas de las ciudades del país. Esos hombres, esas mujeres -abuelos y nietos de las diversas edades y hasta de diversa condición social- estuvieron presentes en Villa Domínico, con sus penas, sus alegrías, su descaro y sus excesos, para pronunciar el último adiós al músico, al cantor, al poeta que siguieron con fe de feligreses durante décadas por todo el país.

Hay algo de misterioso, de místico, de desconcertante, en esas convocatorias boca a boca que movilizaban multitudes eludiendo las celadas del marketing, los espejismos de la publicidad y todas las teorías de la comunicación. Por el Indio y sus Redonditos ellos viajaban kilómetros, gastaban la plata que muchas veces no tenían, comían lo que podían, dormían en colchones de tierra tendidos en confortables zanjones o en prohibidos canteros y no les importaba el frío y el calor, los mosquitos o la helada. Esta ceremonia la cumplieron los veinteañeros de fines de los años ochenta y los veinteañeros que marcharon a Tandil y Olavarría treinta años después.

El Indio Solari durante un concierto en Tandil, donde acudieron más de 150 mil seguidores
El Indio Solari durante un concierto en Tandil, donde acudieron más de 150 mil seguidoresMauro V. Rizzi – LA NACION

Juro que nunca me sumé a esas multitudes. No lo digo con orgullo, tampoco con vergüenza. No soy de ese palo. Lo mío es el tango, lo mío es Gardel, Rivero, Goyeneche. O Pugliese, Troilo y Piazzolla. Nada que ver con el rock. No me ganó cuando era pibe y sospecho que ya es tarde para que me gane de viejo. No soy rockero, pero no soy necio. Hay algo en el rock y en la cultura rockera que no entiendo pero en algún repliegue de mi sensibilidad me llega. Además, me consta que estos muchachos a veces de pelo largo, a veces calvos como Prodan o el Indio, a veces recurriendo a un lenguaje que siempre me resultó bizarro, aprendieron a respetar a los grandes próceres del tango. Los más inteligentes, los más lúcidos (lo incluyo al Indio por supuesto), reconocían el talento de Discépolo, Manzi o Contursi. O el “Mano a mano” de Gardel, el “Sur” de Rivero o “La última curda” del Polaco Goyeneche. O el piano de Di Sarli, Pugliese y Salgan.

Dije que el rock no es lo mío, pero no creo ser un absoluto desconocido. No me reconozco en esa música, en esos rituales celebrados a los saltos en campo abierto, pero admito que ciertos versos de algunas canciones del Indio, o de Cerati, o de Charly o de Spinetta, están inspirados en la mejor poesía. Cito a Solari: “son pájaros de la noche que oímos cantar y nunca vemos”; “yo no me caí del cielo, pero he sido un barco solo y triste”; “quiero verte huir como un ladrón que nunca pueden atrapar”; “ella sí que era el fuego; ella sí que bailaba en las llamas”; “no te quedó sueño por vengar y ya no esperás que te jueguen limpio nunca más”; “aquí, gracias a Dios, uno no cree en lo que oye”; “yo sé que ni puedo darte más que un par de promesas”.

¿Qué tal? A ningún tanguero con sangre en las venas estos poemas pueden resultarle indiferentes.

¿Y acaso el Indio, Cerati, Charly hubieran sido indiferentes a un poema como el de Homero Expósito?: “tu forma de partir, me dio la sensación, de un arco de violín clavado en un gorrión”.

Después de todos fueron los grandes próceres del tango los que escribieron palabras ardientes como brasas y bellas como un crepúsculo de otoño y que los grandes ases del rock descubrieron fascinados: “fui como una lluvia de cenizas y fatigas en las horas resignadas de tu vida”; “quiero por los dos la copa alzar para poder así brindar por los fracasos del amor”; “no ves que vengo de un país que está de niebla siempre gris, por el alcohol”; “se adivina con mirarte que no te han querido bien”; “pensando en tus ojos se acorta el camino, pensando en tus besos me apuro en llegar”; “ya nunca me verás como me vieras, recostado en la vidriera y esperándote”; “cantas veces parpadeando bajo el ala del sombrero, una lágrima rebelde yo no pude contener”; “cuando manyés que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar”. “tu imagen se hará pálida, tu amor estará lejos, y yo erraré por todas las playas del dolor”.

¿Y acaso el Indio, Cerati, Charly hubieran sido indiferentes a un poema como el de Homero Expósito?: “tu forma de partir, me dio la sensación, de un arco de violín clavado en un gorrión”.

Imagino a mis objetores. Imagino la observación más insistente: “era kirchnerista”. Claro que lo era, pero, a Solari yo lo incluyo en la frase de Borges: “la política en él es lo menos importante”. No sé si el Indio estaría de acuerdo con lo que digo, pero yo sé que estoy de acuerdo conmigo. Nunca objetaría al Indio por sus ideas políticas, como nunca objeté a Carlos Gardel por sus amistades con el hampa conservador o ese desdichado tango en homenaje al golpe de estado del 6 de septiembre de 1930. Le reprochan su condición de millonario. Lo curioso es que quienes se lo reprochan son millonarios o comulgan con el principio de que en las sociedades capitalistas enriquecerse es una virtud. Se dice, efectivamente, que Solari hizo mucha plata. Agrego, a continuación, que la hizo trabajando duro y honrando el talento. ¿O desde cuándo hay que suponer que ser de izquierda o progresista incluye acostarse desnudo todas las noches y castigarse con un alambre de púa?

Advierto que no pretendo canonizarlo. No era perfecto y él jamás pretendió arrogarse esa condición. No era perfecto, pero era austero y no cometió el pecado de la ostentación y el cholulismo. Observo que para llegar donde llegó es necesario, además del talento, saber ganarse enemigos y soportar la envidia y el resentimiento de muchos. No me extrañaría que en esta timba de la vida más de una vez el Indio haya jugado con algún naipe marcado. Anécdotas que no alteran lo principal.

Una multitud en uno de los recitales del Indio Solari
Una multitud en uno de los recitales del Indio SolariCaptura

Para sociólogos, esas multitudes que asistían a las citas ricoteras seguirán siendo motivo de interés y de asombro. Nadie hizo algo parecido antes, y sospecho que nadie lo hará. Puede que haya músicos de mejor calidad, cantores que afinen mejor, letristas que le saquen chispas a las palabras, pero en esta suma y resta de la vida y la creación es el más destacado. Digo que el Indio Solari sumó a esos aciertos una misteriosa virtud que se tradujo no solo en miles y miles de seguidores, sino también en algo que alguna vez me dijo un viejo rockero: “logró que los filósofos bailen rock y los pobres lean poesía”. Podemos corregir la frase o hacerle las observaciones correctas del caso, pero todos sabemos lo que mi amigo quiere destacar.

En Villa Dominico fue la última cita. La del adiós. A media tarde de un domingo con bruma y niebla más de siete kilómetros de personas aguardaban para la íntima ceremonia de despedida. Estuvieron todos. Murmurando sus canciones. Con esas lágrimas que brotan del dolor después de tantas ilusiones compartidas. Leales y agradecidos hasta el último minuto. “Un pueblo lo lloraba, y cuando un pueblo llora, que nadie diga nada porque todo está dicho”, escribió alguna vez Raúl González Tuñón.



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