Señoras y señores, sujeten sus milanesas: la vaca perdió el invicto. Después de reinar por generaciones sobre el asado, la parrilla y el corazón de todo argentino, la carne vacuna fue destronada por un contrincante que nadie vio venir agitando las alitas desde las sombras: el pollo.
Los números no mienten: cerca de 50 kilos de pollo por habitante al año. Eso es, básicamente, comerte a un pollo entero cada semana durante todo el año. Alguien llame a Guinness, o mejor a un cardiólogo.
El que salió a explicar el fenómeno fue Carlos Sinesi, cabeza del CEPA (Centro de Empresas Procesadoras Avícolas, o como le digo yo, «los que le dieron identidad al pollo»). Según él, esto no es solo cuestión de plata —aunque, seamos sinceros, el asado ya cuesta lo que un alquiler—, sino de toda una revolución avícola silenciosa.
Primero, el pollo se sacó de encima el estigma de la gripe aviar y volvió al ruedo sanitariamente impecable, gracias a un trabajo con SENASA tan prolijo que hasta tienen «zonificación sanitaria»: si aparece un brote en algún gallinero perdido, aíslan la zona y el resto del país sigue exportando pollo como si nada. Ojalá la burocracia argentina funcionara así de rápido para todo lo demás.
Segundo —y acá está el verdadero golpe de knockout— el pollo se puso práctico. Sinesi lo resume mejor que nadie: antes comprabas el pollo entero una vez por semana como quien compra un mueble; ahora comprás la pechuga, la milanesa, el patamuslo, las alitas, todo fileteado, listo, cocinable en cinco minutos. La vaca, mientras tanto, sigue exigiendo horas de parrilla, carbón, un asador con paciencia bíblica y un clima que no se ponga en contra.
En criollo: el pollo le ganó a la vaca por goleada de comodidad. La carne vacuna sigue siendo la reina del domingo familiar, pero en el día a día, entre semana, con poco tiempo y menos ganas de prender el fuego… gana la pechuga.

