En el Gobierno ya no se escucha el rugido de los leones. Ahora se escucha el ruido de calculadoras, encuestadores corriendo por los pasillos y asesores escondiendo gráficos como si fueran estudios médicos delicados.
Patricia Bullrich esta harta del caso de Manuel Adorni porque, según dicen, el asunto dejó de ser un problemita de vocería para transformarse en una película de terror electoral. Y no una de esas elegantes, es una de bajo presupuesto, con encuestas sangrando y libertarios preguntando si todavía alcanza con gritar “¡viva la libertad, carajo!” para espantar el quilombo.
La preocupación ya no sería Adorni. La preocupación sería que Javier Milei termine viendo la reelección desde un plasma, comiendo pochoclos con bronca y puteando al sonidista. Bullrich, vieja sobreviviente de todas las guerras políticas argentinas —desde el menemismo hasta los grupos de WhatsApp del PRO llego a una conclusión dramática; “Muchachos, si seguimos peleándonos entre nosotros, Cristina vuelve manejando un Uber y nos gana igual”.
Por eso pide un acuerdo urgente entre La Libertad Avanza y PRO. O sea un casamiento por conveniencia donde nadie se ama, nadie se soporta, pero todos necesitan compartir el alquiler electoral.

