En un reciente viaje literario me tropecé por azar con seis chilenos de alta gama que discutían animadamente el rumbo del mundo en la cubierta de un barco. Uno de ellos intentaba venderles a sus compañeros de travesía las maravillas del régimen de Xi Jinping: “En China hay libertad total -decía con entusiasmo-. Lo único que no se puede hacer es criticar al gobierno”. Pinochetistas al sol hablando de bondades y nimiedades. Ya la vieja y morosa Europa, reblandecida por su prosperidad y entregada de pies y manos al turismo -industria que va desplazando peligrosamente a las otras- no representa ningún faro: los sistemas de partido único proveen capitalismo rápido sin pasar por los engorros de la democracia. Ese desacople es el nuevo paraíso que vislumbra Peter Thiel y en el que se regocijan los libertarios: el proyecto transversal del republicanismo popular -nunca plenamente consumado en nuestros lares- ha pasado a mejor vida. Y está en ciernes hoy y aquí una “democracia iliberal” en nombre del liberalismo, que desprecia al Estado, al Parlamento y al Poder Judicial; y muy especialmente a la prensa independiente, que por supuesto no debe criticar al gobierno. Es decir: desprecia los fundamentos y contrapesos, y las instituciones democráticas. Se trata de un “movimiento revolucionario” que, por cuestiones electorales, debe avanzar con cierta hipocresía y pies de plomo, puesto que todavía necesita a los demócratas sensatos -los moderados, las mabeles- para ganarle al kirchnerismo: no hay que asustarlos entonces con la verdad de fondo. A los kirchneristas, que también se autopercibían revolucionarios, les agradaban igualmente las autocracias, con las que entablaban negocios y cercanías. Nuestros encantadores populismos de derecha e izquierda, en consonancia con la moda global, han montado este bonito juego de pinzas que busca cargarse el laborioso consenso del ’83.
A los kirchneristas, que también se autopercibían revolucionarios, les agradaban igualmente las autocracias, con las que entablaban negocios y cercanías
En esas dos veredas, cuando se produce algún acontecimiento masivo -una protesta con cacerolas republicanas o un funeral ricotero- hay un estremecimiento, puesto que sube de pronto a la superficie el “otro”, el malo y el que sobra o no estaba previsto, el que debe ser arrinconado y sometido, jamás invitado. Cuando uno tiene la razón y encarna el bien supremo, el otro debe callar y obedecer. Hasta hace muy poco “los otros” éramos nosotros -los “cipayos”, los “institucionalistas”, los “gorilas”-, ahora son ellos, los “lúmpenes”, los “degenerados fiscales”, los “ineptos”, los “perdedores”. Para el kirchnerismo, los ricos eran invariablemente culpables; para el mileísmo son siempre y en todo lugar próceres sublimes. Los libertarios corren en auxilio de los ganadores, porque son darwinistas de corazón, y porque es más rentable ofrecer servicios de títere a las corporaciones tecnológicas internacionales que hoy mandan por encima de los gobiernos. No se entiende muy bien cómo los grandes inversores extranjeros no advierten los riesgos escalofriantes de esta doble pulsión hegemónica, donde el que gana lo cambia todo como si fuera a gobernar eternamente y se lleva por delante la opinión de los disidentes y los ajenos, y donde las urnas tarde o temprano les arrebatan el timón y se lo entregan a quienes buscan lo mismo pero en exacto sentido contrario (preguntarle a Viktor Orbán). Sin una democracia liberal que integre de verdad a las dos Argentinas, alguien apostará cada vez que pueda a modificar el disco duro de la patria y a hacerlo de manera irreversible, sin pensar que luego vendrá su antagonista a modificar de raíz lo modificado. Agreguemos a este estúpido modelo pendular que se está edificando, el carácter trasnochado de un anarcocapitalista que coquetea con la anarquía y que quiere aplicar teorías experimentales, y tendremos una idea aproximada acerca de los problemas profundos que enfrentamos. Somos un laboratorio humano a gran escala conducido por un amigo de los arrebatos, y tenemos muchas lecciones para impartirles a los giles de Occidente: ya volvimos a matar a Maquiavelo y a Keynes, y ahora vamos a por Yuval Harari y los miles de intelectuales y científicos sofisticados que estudian y debaten en profundidad los efectos y defectos de la Inteligencia Artificial. Somos argentinos: estamos para enseñarle al concierto de las naciones nuestra reconocida sapiencia. Acabamos de ofrecer, con libreto de Silicon Valley, una tierra promisoria sin reglas para la IA, dominada por corporaciones no humanas dirigidas por algoritmos y robots y sin responsabilidad penal alguna.
Sin una democracia liberal que integre de verdad a las dos Argentinas, alguien apostará cada vez que pueda a modificar el disco duro de la patria y a hacerlo de manera irreversible, sin pensar que luego vendrá su antagonista a modificar de raíz lo modificado
Antes aspirábamos a parecernos a repúblicas exitosas; hoy fantaseamos con crear un edén único e imaginario, nunca probado, diseñado por magnates del área y sin garantías mínimas: ¿quién lo votó al Milei para hacer todo esto? ¿Quién votó a Peter Thiel? El Topo que vino a Destruir al Estado juega con cosas que no tienen remedio, desregulando a la bartola -sin hacer ensayo y error, ni consultas prudentes, a toda prisa, con la certeza del ignorante y la seguridad de inseguro-, bajándoles impuestos a los ricos en nombre de los pobres y prometiendo ajuste infinito si vuelve a caer la recaudación; quitando frenos aquí y allá para que los corruptos e inmorales puedan ser indultados, y bajo la filosofía de que el evasor es un héroe nacional. Solo desde esa extravagante burbuja de sentido en la que pernoctan los hermanos Milei puede comprenderse cabalmente que hayan permitido lo impensable. Que su jefe de Gabinete se presente en televisión y que, para zafar de una seria sospecha de enriquecimiento ilícito, confiese haber defraudado al fisco durante veinticinco años. Bajo el paraguas, eso sí, de que toda la sociedad ha cometido presuntamente el mismo pecado. La renuncia de Manuel Adorni no se deberá, si se produce, al mal desempeño mediático ni a la inmoralidad admitida, sino a la presión social y política del contexto. Porque el admirador de Al Capone, que es dueño de una moralidad retórica y retorcida, no considera un escándalo ético esa coartada ni esa argumentación. Algo a favor suyo: no esconde sus ideas descabelladas. En los últimos meses, regaló a sus ministros dos libros: Defender lo indefendible, de Walter Block, y La teoría del caos, de Robert P. Murphy. Cuentan quienes los han leído con fruición y espanto que en la primera obra magna se sostiene que narcos, proxenetas y usureros no deberían ser criminalizados si no usan la violencia; al parecer su autor reivindica también el trabajo infantil y relativiza la gravedad del chantaje. En el segundo ensayo, se propone que aseguradoras privadas reemplacen el rol policial y se especula con un “mercado de bebés a pleno funcionamiento, en el que los privilegios de paternidad se venderían al mejor postor”. Nos gobiernan, como temía Demócrito, la insensatez y el engreimiento.

