En San Juan ya ni siquiera roban por necesidad: roban porque sienten que pueden entrar, apuntar un arma en la cara de una mujer trabajadora y salir caminando como si fueran dueños de la calle. En Pocito, dos delincuentes encañonaron a una comerciante para llevarse camperas, celulares y una balanza. No importa el monto. Importa el terror. Importa la humillación. Importa esa sensación de que el ciudadano honesto trabaja mientras el ladrón administra el miedo.
Lo más indignante no es solamente el robo. Es la resignación social que viene después. Las víctimas dijeron que saben quiénes son los delincuentes, pero sienten que “no se puede hacer nada”. Esa frase es una trompada institucional. Porque cuando el vecino conoce al ladrón y el ladrón sigue libre, el mensaje es devastador: el delito manda y la gente se encierra.
Mientras una mujer lloraba y suplicaba que se fueran, los delincuentes actuaban con la tranquilidad de quien cree que jamás pagará consecuencias. Entraron armados, amenazaron, robaron y escaparon en segundos. Así funciona la delincuencia cuando pierde el miedo a la Justicia y le toma el tiempo a la impunidad.
Y después aparecen los especialistas de café tibio diciendo que “hay que entender el contexto social”. El contexto social lo entiende el comerciante que se levanta a las seis de la mañana para pagar alquiler, impuestos, luz y mercadería. El contexto social lo entiende la madre que queda en shock después de mirar el caño de un revólver. El ladrón también entiende el contexto: sabe perfectamente que la víctima trabaja y que el sistema muchas veces castiga más al que produce que al que roba.
San Juan no puede acostumbrarse a vivir con miedo. Porque el problema no son solamente las tres camperas o los celulares. El problema es que cada robo armado destruye un pedazo de tranquilidad colectiva. Cada comerciante asaltado es una persiana menos con ganas de abrir al día siguiente.
La sociedad está cansada de los delincuentes reincidentes, de las excusas sociológicas recitadas como misa burocrática y de la puerta giratoria disfrazada de garantismo elegante. El trabajador no necesita discursos académicos: necesita caminar tranquilo, abrir su negocio y volver vivo a su casa.
Porque mientras el ladrón entra armado y sale libre, el ciudadano honesto queda preso del miedo. Y esa es la peor derrota de todas.

