El papa León XIV animó a la Iglesia a acompañar de manera permanente a los adultos que se acercan a la fe y pidió evitar el «vacío» que puede producirse después de recibir el bautismo. Lo hizo durante un encuentro con la Asamblea Sinodal Provincial de Ile-de-France, catecúmenos y neófitos, celebrado en el Institut Catholique de Paris, donde invitó a las comunidades a permanecer «en estado de iniciación» para acoger e integrar a quienes descubren el Evangelio.
La visita del pontífice tuvo lugar en un año especial para la institución, que acaba de celebrar su 150º aniversario, y marcó el regreso de un Papa al lugar casi cinco décadas después de la visita de san Juan Pablo II.
Antes del encuentro, León XIV visitó la Maison Bakhita, dedicada al acompañamiento de migrantes y personas en situación de vulnerabilidad, y rezó en la capilla Saint-Joseph-des-Carmes ante la placa que recuerda la masacre del convento de los carmelitas durante la Revolución Francesa.
La Asamblea Sinodal Provincial reúne a ocho diócesis de Ile-de-France y a la diócesis de las Fuerzas Armadas francesas para discernir cómo acoger, acompañar e integrar de forma duradera a los numerosos adultos que solicitan los sacramentos de la iniciación cristiana.
La acción de Dios en una sociedad secularizada
Al dirigirse a los participantes, León XIV agradeció al arzobispo de París, monseñor Laurent Ulrich, la entrega del Instrumentum laboris, fruto del trabajo sinodal realizado en la región.
El Papa destacó que el creciente número de adultos que se acercan a la fe en una sociedad fuertemente secularizada constituye «la obra imprevisible de Dios», una realidad que, afirmó, no puede reducirse a estadísticas o análisis sociológicos.
Tras escuchar los testimonios de varios catecúmenos y neófitos, señaló que este fenómeno debe ser recibido con gratitud y responsabilidad, evitando el «pesimismo estéril» denunciado por el papa Francisco.
Una Iglesia «en estado de iniciación»
El eje central de su reflexión fue la expresión adoptada por el episcopado francés: una Iglesia «en estado de iniciación».
Según explicó, esta actitud supone reconocer que quienes comienzan a buscar a Dios representan, al mismo tiempo, una oportunidad para renovar la vida de las comunidades cristianas y una misión que exige acompañarlos más allá de la celebración de los sacramentos.
«El desafío aparece con particular claridad después de la recepción de los sacramentos», afirmó, al advertir sobre la necesidad de evitar el «vacío» posterior al bautismo mediante una plena integración de los nuevos cristianos en la vida comunitaria y en las asambleas de oración.
Para ello propuso ofrecer un ambiente familiar y una formación integral que una la fe con la vida, incluyendo el conocimiento de la Sagrada Escritura, la teología, la oración, la doctrina y la vida moral cristiana.
La liturgia como camino de conversión
León XIV dedicó también una parte importante de su intervención al papel de la liturgia en el proceso de iniciación cristiana.
Recordó que la celebración de los ritos puede convertirse en una auténtica puerta de entrada al misterio de la fe, pero subrayó que ese camino debe continuar después del bautismo.
«La liturgia no puede considerarse simplemente una etapa posterior a la catequesis», sostuvo, sino que forma parte del propio proceso de conversión.
En esa línea, pidió una sólida preparación para quienes acompañan estos itinerarios, con un conocimiento profundo del Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos y una formación que integre las dimensiones bíblica, teológica, litúrgica, espiritual y humana.
Los nuevos bautizados, protagonistas de la misión
En la parte final de su discurso, el pontífice insistió en que los nuevos bautizados no sólo reciben de la Iglesia, sino que también enriquecen su vida con el testimonio de su fe.
Como ejemplo evocó a san Agustín, uno de los catecúmenos más conocidos de la historia cristiana, cuya pequeña semilla de fe terminó dando un fruto que sigue alimentando a generaciones enteras.
«¡Sean ustedes también misioneros del Evangelio en esta sociedad!», exhortó a los presentes.
Antes de concluir, confió este camino de la Iglesia en Francia a la intercesión de santa Teresa del Niño Jesús, san Martín de Tours, la Virgen María -patrona principal del país-, santa Genoveva y san Dionisio, patronos de París

