Cada cuatro años la Argentina entra en ese estado espiritual raro donde un plomero deja una pérdida abierta, un diputado deja una ley abierta y un kiosquero deja fiado abierto… todo por mirar si Messi se acomodó bien la media izquierda. El Mundial transforma al país en una gigantesca oficina pública emocional: nadie sabe bien qué está haciendo, pero todos parecen muy ocupados mirando una pantalla.
Existe una leyenda nacional más instalada que el dulce de leche y la humedad en los techos: “durante el Mundial se paraliza el país”. Mentira. El país no se paraliza. Sigue andando… apenas más torcido que de costumbre.
La política sigue funcionando igual que siempre: mal, lenta y llena de declaraciones dramáticas. Mientras medio país grita “¡penal, árbitro ladrón!”, en el Congreso alguien intenta aprobar una ley incomprensible escrita en arameo administrativo y defendida por un diputado que habla como si estuviera haciendo gárgaras con engrudo.
La economía tampoco se toma vacaciones. La inflación sigue subiendo más rápido que un relator cuando Argentina entra al área. El dólar continúa haciendo jueguito con la estabilidad emocional de la clase media y el salario mantiene esa admirable capacidad de desaparecer antes del día 12, récord que ni Mbappé en contraataque.
Y la Justicia… ah, la Justicia argentina jamás se detiene porque viene detenida desde 1987. Así que no necesita frenar. Las causas siguen durmiendo una siesta más larga que funcionario en enero.
Mientras tanto aparecen los personajes clásicos del Mundial:
- el jefe que dice “miren tranquilos el partido” pero después descuenta el presentismo;
- el patriota extremo que no canta el himno ningún otro día del año pero durante el Mundial parece extra de granadero;
- el analista táctico que hace tres meses confundía un lateral con una verdulería;
- y el economista televisivo que explica el riesgo país usando metáforas futboleras porque descubrió que hablando de 4-3-3 la gente no cambia de canal.
Después están los políticos oportunistas, esos seres maravillosos que creen que si la Selección gana, automáticamente baja el déficit fiscal, se arreglan las rutas y aparecen médicos en los hospitales por generación espontánea. Algunos se cuelgan más de la Scaloneta que adolescente sin SUBE en colectivo escolar.
Y ni hablar de los dirigentes del fútbol. Hay tipos investigados, denunciados y sospechados que durante el Mundial caminan como próceres romanos porque al lado pasa una cámara mostrando una bandera gigante. De golpe parecen Churchill con botines.
Pero la realidad argentina tiene una virtud extraordinaria: ni siquiera el Mundial logra taparla del todo. El argentino puede estar llorando un gol y al mismo tiempo calculando si le alcanza para pagar el gas. Puede abrazarse con desconocidos en un bar y cinco minutos después putear mirando la app del banco.
Ese es el verdadero milagro nacional: sobrevivimos emocionalmente a un país que parece escrito por guionistas borrachos.
Porque el Mundial no anestesia a la Argentina. Apenas le pone música épica de fondo. Durante un rato nos hace creer que todos tiramos para el mismo lado, hasta que termina el partido y volvemos a discutir como consorcio sin administrador.
La Selección une. La realidad factura.
Y el lunes, gane quien gane, vuelve el país de siempre: el de los aumentos, las cadenas nacionales, los panelistas gritones y los funcionarios diciendo que “ahora sí se viene la recuperación”.

