El plan era simple, casi infantil: cruzar, cavar, llevarse oro y volver como si nada. Una especie de “all inclusive” versión ilegal, pero sin check-out.
El escenario: la mina El Zancarrón, allá arriba, a más de 3.500 metros, donde falta el oxígeno pero sobra la tentación. Allí fueron detectados mientras juntaban pepitas como quien cose aceitunas en temporada alta.
No estaban improvisando: llevaban herramientas, camioneta, 14 bolsas con material extraído… y hasta una carabina. Es decir, el combo completo: minería, logística y un toque de “por si pinta resistencia”.
El problema —porque siempre hay uno— fue que la realidad no venía con subtítulos ni música épica. Apareció Gendarmería, la de verdad.
Ahí el plan se desmoronó más rápido que promesa de campaña: intentaron reaccionar, amagaron con usar el arma… pero terminaron reducidos, detenidos y con todo el “emprendimiento” secuestrado.
El saldo: oro confiscado, causa federal y una lección básica que nadie les explicó antes de cruzar la cordillera:
Podés buscar oro…
pero si encontrás gendarmes, el que termina brillando es el expediente judicial.

