Italia está dividida -exageremos un poco- por culpa de un cucurucho. Una heladería de Ruvo di Puglia vende un cono al precio de 95 euros. “Lo Scettro del Re” (El cetro del rey) lleva pistacho de alta calidad de las laderas del Etna, azafrán iraní y una capa de oro comestible de 24 quilates. ¿Y la polémica? Flavio Briatore, el dueño de la cadena Crazy Pizza -en esta historia no se ahorra en color local- dijo que “quien se gasta ese dinero en un cucurucho de galleta con crema es un cretino”. “Es una experiencia, no solo un helado” retrucó Vincenzo Paparella, dueño de la heladería Mokambo y creador del producto.
Cretino, en Italia, significa idiota. Pero la acusación de idiotez no hizo mella entre los turistas que se apresuraron a reservar sus lugares en Mokambo: hay 148 mesas reservadas hasta septiembre. Ellos irán en peregrinación, haciendo un camino que va del viejo orgullo burgués del “pagué menos y recibí más” al nuevo orgullo multimillonario: “pago un montón por esto y no me avergüenza decirlo”.
Este helado ya llevó 2000 turistas a Puglia, un pueblito situado en el taco de la bota italiana. La habilidad de esta movida consiste en mezclar un poco de polémica, un guiño a un nicho social y un poco de miedo a perderse un evento. Hasta ahora, la mezcla parece ser eficaz.

