El 13 de enero de 2006 fue el día en que seis flacos con más plan que muchos gabinetes ministeriales decidieron que vaciar cajas de seguridad era mucho más rentable que vaciar oficinas públicas. Entran al Banco Río de Acassuso como turistas, agarran rehenes como si fuera un juego de Escape Room y, mientras la policía les ofrece mate amargo y consejos de vida, ellos piden pizzas como si estuvieran en un asado familiar.
Del otro lado, Miguel Sileo, el negociador estrella con más paciencia que mesa de conciliación porteña, hablaba con el hombre del traje gris como si fuese un terapeuta disfrazado de policía: “¿No querés soltar un referí? ¿Hay alguna persona nerviosa?”. Todo muy zen, todo muy institucional… hasta que el plan maestro de los chorros seguía avanzando.
¿El resultado? Nadie muerto —objetivo número uno de la cana— pero los chorros se fugaron con la plata como si fueran repartidores de Mercado Pago con destino desconocido. Y mientras la policía aplaude su ética profesional, afuera la banda ya tenía túnel, bote, alcantarilla y tierra de por medio. Una mezcla de opereta y obra de teatro donde los protagonistas terminaron siendo los ladrones más eficientes que la justicia argentina había visto.

