La Argentina ya convirtió el conflicto permanente en política de Estado. Cuando no hay pelea con gobernadores, la hay con sindicatos. Cuando no alcanza con discutir con la oposición, aparece un nuevo round contra periodistas y medios de comunicación. El clima público funciona como una cadena nacional de boxeo verbal las 24 horas.
La última controversia volvió a poner bajo discusión el vínculo entre el poder y la prensa. Desde distintos sectores comenzaron a sonar advertencias sobre mecanismos de control, registros y medidas que muchos interpretan como una presión indirecta hacia periodistas críticos. El oficialismo lo niega y habla de transparencia. Sus detractores hablan de intimidación elegante con perfume burocrático.
En el fondo, la discusión es mucho más profunda que una resolución o una reglamentación. Lo que realmente está en juego es la tolerancia política frente a las voces incómodas. Porque los gobiernos suelen amar la libertad de prensa… hasta que aparece un micrófono preguntando algo que molesta.
La política argentina tiene una larga tradición de enamorarse del periodismo amigo y declarar enemigo público al periodismo crítico. Cambian los presidentes, cambian los slogans y cambian los colores partidarios, pero la reacción suele venir en el mismo envase: desacreditar, ridiculizar o señalar al que incomoda.
Mientras tanto, las redes sociales hicieron explotar cualquier límite racional. Hoy un periodista publica una opinión y en menos de diez minutos ya tiene encima un pelotón de fanáticos digitales actuando como fiscales morales, expertos en insultos y doctores honoris causa en agresividad militante.
El problema es que en medio de esa guerra constante, la sociedad empieza a desconfiar de todos. De los políticos, de los medios, de los influencers, de los analistas y hasta del señor que da el pronóstico del tiempo. La credibilidad se convirtió en un recurso más escaso que las reservas del Banco Central.
Y así sigue girando la rueda argentina: dirigentes que hablan de libertad mientras se irritan con las críticas, periodistas que a veces juegan demasiado cerca del poder y ciudadanos agotados viendo cómo cada discusión pública termina convertida en un ring donde sobran gritos y faltan certezas.

