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El comportamiento errático y los exabruptos de Trump reavivan el debate sobre su salud mental

Última actualización: 14 de abril de 2026 5:52 am
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WASHINGTON.- El comportamiento errático y los exabruptos del presidente Donald Trump en las últimas semanas han recalentado el debate que lo persigue en el escenario de la política norteamericana desde hace una década: ¿Está loco o se hace?

Con su serie de comentarios inconexos, difíciles de seguir y muchas veces plagados de insultos, coronados por su amenaza de borrar a Irán del mapa y por su alucinado ataque contra al Papa, al que calificó de “débil contra el crimen, pésimo en política exterior”, Trump ha dejado a muchos con la imagen de un autócrata trastornado y enloquecido por el poder.

La Casa Blanca rechaza esa lectura y dice que Trump es filoso y mantiene a sus críticos en vilo. Pero los exabruptos de Trump siembran dudas sobre el liderazgo de Estados Unidos en tiempos de guerra. Si bien el país ya ha tenido presidentes cuya capacidad fue puesta en tela de juicio —el más reciente, el octogenario Joe Biden, cuyo deterioro fue evidente para la opinión pública—, nunca en la historia moderna la estabilidad mental de un presidente había sido objeto de un debate tan público y exhaustivo, y con consecuencias tan serias.


Algunas de las dudas sobre la cordura de Trump provienen de personas que trabajaron con él y que ahora se han convertido en sus críticos


Los demócratas, que cuestionan la aptitud psicológica de Trump desde hace años, redoblaron sus reclamos a invocar la 25ª Enmienda de la Constitución norteamericana, que habilita la destitución del presidente por incapacidad. Pero esa preocupación no está confinada a los partidarios de la izquierda, los humoristas de los programas de medianoche o los profesionales de la salud mental que realizan diagnósticos a distancia. Ahora se escucha de boca de generales retirados, diplomáticos y funcionarios extranjeros. Y, lo que es aún más sorprendente, se escucha en la derecha política, entre los antiguos aliados del presidente.

La legisladora republicana Marjorie Taylor se volvió una crítica de Trumpfacebook.com/MarjorieTaylorGreene

La exrepresentante republicana por Georgia Marjorie Taylor Greene, que rompió recientemente con Trump, pidió la aplicación de la 25ª Enmienda y le dijo a la cadena CNN que amenazar con destruir la civilización persa no era “una retórica contundente, sino una locura”. Por su parte, la presentadora de podcasts de extrema derecha Candace Owens lo llamó “lunático genocida”, y Alex Jones, el teórico de las conspiraciones y fundador del sitio Infowars, dijo que Trump “balbucea y su cerebro no parece funcionar del todo bien”.

Algunas de las dudas sobre la cordura de Trump provienen de personas que trabajaron con él y que ahora se han convertido en sus críticos. Incluso antes de su posteo sobre la civilización persa, Ty Cobb, abogado de la Casa Blanca durante el primer mandato de Trump, le dijo al periodista Jim Acosta que el presidente es “un hombre que claramente está loco” y que su reciente serie de beligerantes publicaciones en redes sociales a altas horas de la noche “evidencia su nivel de locura”. Y la semana pasada, la exsecretaria de prensa de la Casa Blanca durante la presidencia de Trump, Stephanie Grisham, escribió en las redes que el presidente “claramente no está bien”.

Trump retrucó con un largo y furibundo posteo que no transmitía precisamente calma ni estabilidad. “Tienen algo en común: un bajo coeficiente intelectual”, escribió sobre Owens, Jones, Megyn Kelly y Tucker Carlson. “Son estúpidos, lo saben, sus familias lo saben, ¡y todo el mundo lo sabe!”. Y les devolvió la acusación: “Son unos chiflados, unos agitadores capaces de decir cualquier cosa con tal de conseguir prensa gratis”.

Tucker Carlson, antes de iniciar una entrevista pública con Trump en 2024PATRICK T. FALLON – AFP

La disidencia dentro de la derecha no se ha extendido al Congreso, donde los legisladores republicanos siguen siendo públicamente leales al presidente, ni ha llegado al gabinete, que tendría que aprobar cualquier invocación de la 25ª Enmienda. Sin embargo, esa disidencia es reflejo de la creciente inquietud de los norteamericanos por la idoneidad del Trump, que se acerca a los 80 años y ya es el presidente de mayor edad que jamás haya asumido.


Los defensores del presidente contraatacaron: lo que los críticos llaman psicosis, ellos lo llaman estrategia


Una encuesta de febrero realizada por Reuters/Ipsos reveló que el 61% de los norteamericanos cree que con la edad Trump se ha vuelto más errático, y solo el 45% afirma que está “mentalmente lúcido y es capaz de afrontar desafíos”, casi diez puntos porcentuales menos que el 54% registrado en 2023. Y según una encuesta de YouGov realizada en septiembre, casi la mitad de los consultados, el 49%, consideró que Trump era demasiado grande para ser presidente, 15 puntos más respecto al 34% de febrero de 2024, mientras que solo el 39% opinó que no era demasiado grande para gobernar.

Los demócratas insistieron sobre ese punto en los últimos días: Trump es “una persona sumamente enferma” (Senador Chuck Schumer, de Nueva York); “desequilibrado” y “fuera de control” (Hakeem Jeffries, representante de Nueva York); o más directamente, “está completamente loco” (Ted Lieu, de California). El Representante Jamie Raskin, de Maryland, le escribió al médico de la Casa Blanca solicitando una evaluación del presidente, señalando “signos compatibles con demencia y deterioro cognitivo” y rabietas “cada vez más incoherentes, coléricas, procaces, desquiciadas y amenazantes”.

Los defensores del presidente contraatacaron: lo que los críticos llaman psicosis, ellos lo llaman estrategia.

“Trump sabe exactamente lo que está haciendo”, escribió Liz Peek, columnista de The Hill y colaboradora de Fox News. “Seguirá utilizando una presión militar y diplomática de máxima (y a veces escandalosa) en su cruzada para librar a Medio Oriente de la campaña de terror de Irán, que ya lleva casi 50 años”.

Trump, que durante su primer mandato se jactaba de ser “un genio muy estable” y de haber superado pruebas cognitivas para detectar la demencia, desestimó las críticas sobre su estado mental cuando un periodista le preguntó al respecto la semana pasada.

“No escuché lo que dijeron”, arrancó Trump. “Pero de ser así, van a necesitar a más gente como yo, porque nuestro país fue estafado en materia de comercio y en todo durante muchos años, hasta que llegué yo. Así que, si ese es el caso, van a necesitar a más gente como yo”.

Ante el pedido de detalles, Davis Ingle, vocero de la Casa Blanca, respondió por correo electrónico: “La agudeza mental, la energía inagotable y la histórica facilidad de acceso al presidente Trump contrastan marcadamente con lo que vimos durante los últimos cuatro años”. Argumentó que durante ese tiempo Joe Biden había sufrido un deterioro físico y mental y que The New York Times y otros medios lo habían encubierto.

La ​​estabilidad del presidente Trump ha sido un tema recurrente desde que se postuló por primera vez a la presidencia en 2016, y numerosos psiquiatras y otros profesionales de la salud mental han expresado sus opiniones al respecto, incluso sin haber tenido la oportunidad de evaluarlo en persona. De hecho, en un intento por comprender a su jefe, el jefe de gabinete de su primer mandato, John F. Kelly, llegó a comprar un libro de 27 de esos especialistas titulado The Dangerous Case of Donald Trump (“El peligroso caso de Donald Trump”), y llegó a la conclusión de que padecía una enfermedad mental.

Esta no es la primera vez que la aptitud mental de un presidente es puesta en duda. John Adams, Andrew Jackson y los dos Roosevelts fueron acusados de “inestabilidad” por sus adversarios políticos.

Abraham Lincoln luchaba contra la depresión, Woodrow Wilson nunca volvió a ser el mismo después de un derrame cerebral, y Lyndon B. Johnson oscilaba entre la energía maníaca y episodios de melancolía. Al final de su presidencia, Ronald Reagan pareció decaer, y años después, cuando se anunció que tenía Alzheimer, muchos se preguntaron si la enfermedad no habría comenzado a afectarlo mucho antes.

Algunos admiradores de Trump lo comparan con Richard M. Nixon, quien según se dice defendía lo que él llamaba “la teoría del loco”: había instruido a Henry A. Kissinger, su asesor de seguridad nacional al frente de las conversaciones de paz de Vietnam, para que les dijera a los negociadores que el presidente era inestable e impredecible, como herramienta de negociación para conseguir un mejor acuerdo. En privado, sin embargo, algunos de los propios asesores de Nixon no creían que fuese del todo una actuación…

En ocasiones Trump ha intentado sacar provecho de su fama de loco. “Haceles creer que estoy loco”, le dijo a Nikki Haley, embajadora ante las Naciones Unidas durante su primer mandato, en referencia a los norcoreanos. “¿Sabés cuál es el secreto de un buen tuit?”, le preguntó una vez a William P. Barr, su entonces fiscal general. “Una dosis justa de locura”.

Sin embargo, la semana pasada Trump le dijo a The New York Post que al menos esta vez no estaba fingiendo. “Estaba dispuesto a hacerlo”, dijo sobre su amenaza de aniquilar la civilización iraní.

El foco de atención pública sobre el estado mental de Trump excede lo ocurrido con casi cualquiera de sus predecesores. “Salvo con Nixon, nunca hubo este nivel de preocupación y durante tanto tiempo”, sostiene Julian E. Zelizer, historiador de Princeton y editor de un libro sobre el primer mandato de Trump.

De hecho, la situación actual eclipsa incluso a la de Nixon. A diferencia de la década de 1970, “gran parte de todo ocurre ante los ojos de la opinión publica”, especialmente a través de las redes sociales y la televisión por cable, apunta Zelizer y agrega: “Como presidente que por su naturaleza ignora cualquier límite o sentido del decoro, Trump se siente mucho más libre, incluso que Nixon, para dar rienda suelta a su furia interna y actuar por impulso”.

En este segundo mandato, Trump parece todavía menos contenido y a veces más incoherente. Usa más malas palabras, habla durante más tiempo y suele hacer comentarios que responden ​​a la fantasía, no a la realidad. Insiste en que su padre nació en Alemania, cuando en realidad nació en el Bronx, y sigue repitiendo una historia inventada sobre su tío, profesor del MIT, que le habría contado que tuvo de alumno al terrorista conocido como el Unabomber.

También se desvía con divagaciones extrañas: un monólogo de ocho minutos sobre serpientes venenosas en Perú en una recepción de Navidad, una larga parrafada sobre los rotuladores Sharpie durante una reunión de gabinete, una interrupción de una actualización sobre la guerra de Irán para elogiar las cortinas de la Casa Blanca. Ha confundido Groenlandia con Islandia y se ha jactado en más de una ocasión de haber puesto fin a una guerra ficticia entre Camboya y Azerbaiyán, dos países separados por casi 6400 kilómetros de distancia (evidentemente, se refería a Armenia y Azerbaiyán).

Incluso antes de arremeter contra el Papa León XIV el domingo por la noche y de publicar una imagen suya como una representación similar a Jesús para luego borrarla, Trump ya había sorprendido a muchos con sus exabruptos contra sus críticos. A quienes lo enfurecen los acusa de sedición, un delito castigado con la pena de muerte. Insólitamente, aseguró que el director de cine Rob Reiner, presuntamente apuñalado por su hijo, fue asesinado “debido a la ira que provocó” por oponerse a Trump. Y cuando murió el exdirector del FBI y fiscal especial Robert S. Mueller III, Trump dijo: “Bien, me alegro de que esté muerto”.

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, atacó desde su red social Truth al Papa León XIV.Collage

En los últimos días, declaró que el “nuevo presidente del régimen de Irán” estaba “mucho menos radicalizado y era mucho más inteligente que sus predecesores”. El problema es que el nuevo presidente de Irán es el mismo que el anterior: no ha habido ningún cambio de presidente. Puede que Trump se refiriera al nuevo líder supremo, el ayatolá Mojtaba Khamenei, pero se le considera incluso más intransigente que su padre, quien murió al inicio de esta guerra.

Una diferencia con respecto al primer mandato es que hay pocos asesores como Kelly, por no decir ninguno, que consideren que su responsabilidad es impedir Trump se vaya al pasto. “Cuando dice esas cosas, todos los que lo rodean miran al piso y no dicen nada”, apunta Zelizer. “A diferencia del primer mandato, ahora ni siquiera parecen maniobrar entre bambalinas para frenarlo”.

Sin embargo, quien tal vez le da vía libre para estas cosas es su base electoral. “En esta era de polarización, existe un sector de la política norteamericana, en especial dentro del Partido Republicano, al que le gusta este estilo de liderazgo”, dice Zelizer. “¿Hay algo más antisistema que alguien dispuesto a perder el control?”.

(Traducción de Jaime Arrambide)


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