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Opinión

El combustible del agravio, la mutación de la política

Última actualización: 15 de junio de 2026 1:11 am
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La comunicación política atraviesa una metamorfosis profunda. No se trata solo de una revolución tecnológica ni de una aceleración en los canales de contacto entre gobernantes y gobernados. Durante años se creyó que las redes sociales abrirían una etapa de comunicación más directa, personalizada y horizontal entre líderes y ciudadanos. La comunicación ayudaría a la democratización de la sociedad. La realidad resultó diferente. El cambio no se propagó por el camino previsto, el de la tecnología, sino el más riesgoso: el de los contenidos.

Lo que domina buena parte de la conversación pública ya no es la persuasión en clave de razones, sino la confrontación de emociones, ni siquiera de ideas. La polarización, el cinismo, el agravio permanente, la simplificación emocional y la deslegitimación del adversario se han convertido en recursos cada vez más rentables. En muchos debates universitarios sobre comunicación política, esta mutación suele leerse en términos de polarización afectiva: ya no se discute qué políticas defender, sino a quién odiar, despreciar o expulsar simbólicamente de nuestro pequeño cosmos democrático. Al mismo tiempo, el contexto que nos atraviesa muestra que este desplazamiento hacia lo emocional tiene implicaciones más profundas de lo que suele reconocerse.

Procedimientos largos, negociaciones engorrosas, división de poderes, tiempos institucionales extendidos y decisiones postergadas no eran fallas del sistema, sino su principal virtud

La democracia moderna fue diseñada, en gran medida, como un sistema de frenos y contrapesos cuyo objetivo último era domesticar el poder. No se trata de hacerlo eficiente, sino de hacerlo previsible, limitado y, sobre todo, difícil de concentrar. Procedimientos largos, negociaciones engorrosas, división de poderes, tiempos institucionales extendidos y decisiones postergadas no eran fallas del sistema, sino su principal virtud: la de hacer más costoso el abuso del poder. Ese diseño permitió consolidar en Occidente un esquema de libertades sin precedentes, en el que incluso los gobiernos más ambiciosos encontraban obstáculos para avanzar sobre libertades básicas. Algo funcional para bien y para mal.

Desde esta perspectiva podría decirse que la democracia cumplió su misión institucional. Sin embargo, ese mismo andamiaje genera hoy efectos colaterales cada vez más complejos y paradójicos: en un entorno dominado por la inmediatez emocional, la lentitud en los procedimientos comienza a percibirse como ineficaz; la democracia es un sistema de promesas incumplidas. No hay espacio para la espera; lo que emerge es una demanda de ruptura y de transformación inmediata que, en muchos casos, resulta incompatible con la lógica misma del sistema. Y lo más llamativo es que esta tensión no ocurre en democracias frágiles, sino en aquellas que durante décadas fueron consideradas modelos de estabilidad y vida en común.

No solo hay que atribuirle a los cambios en la comunicación de las nuevas tecnologías todos los males. Añoramos una democracia que funcionó poco tiempo y en pocos lugares, producto del Iluminismo del siglo XVII. Supone una racionalidad del debate que es puramente teórica. Parte del supuesto de que de la discusión nace la luz, cuando eso en los hechos ocurre poco. En general, cuando la discusión se encrespa, apagan la luz y comienzan los disparos.

La democracia representativa del siglo pasado hoy es casi una formalidad

La contradicción es evidente. Desde un punto de vista normativo, las democracias necesitan lenguajes capaces de sostener la convivencia, estimular el diálogo respetuoso y ampliar la participación ordenada. Esto caracterizaba a la democracia representativa del siglo pasado que hoy es casi una formalidad. Pero, desde un punto de vista pragmático, mirando de cerca los incentivos del ecosistema digital comprobamos que empujan en la dirección contraria. Los algoritmos premian la intensidad, el conflicto y la reacción inmediata. En ese entorno, hablarle a una tribu movilizada suele ser más eficiente que intentar construir una nueva mayoría. Por eso, en las discusiones académicas actuales ya casi nadie concibe la comunicación política como una mera transmisión de mensajes a una audiencia masiva y homogénea. La propia idea de audiencia general se ve cada vez más erosionada por burbujas, filtros y microclimas de información.

A todo esto se suma una nueva capa de complejidad: la inteligencia artificial. En el mundo universitario, una de las discusiones más activas gira hoy en torno de cómo la IA generativa puede amplificar la desinformación, abaratar la producción de propaganda y erosionar aún más la confianza en lo que circula como verdadero. En otras palabras, la velocidad ya no solo le gana a la reflexión: ahora también puede ganarle a la verificación.

En ese contexto, dos libros resultan especialmente útiles. The Politics of Resentment (2016) de Katherine Cramer, ayuda a entender cómo el resentimiento territorial y social puede transformarse en una identidad política duradera. Su argumento central es que el malestar de muchos votantes no nace solo de diferencias ideológicas clásicas, sino también de una percepción de desprecio, invisibilización y trato desigual por parte de élites urbanas y políticas. Ese punto es clave para comprender por qué ciertos liderazgos logran construir vínculos tan sólidos a partir de agravios culturales y emocionales.

El segundo es Autocracy, Inc. (2024) de Anne Applebaum. La autora propone una idea muy potente para nuestro tiempo: las autocracias contemporáneas ya no funcionan únicamente como regímenes cerrados dirigidos por un dictador aislado, sino como redes flexibles de poder, dinero, vigilancia y propaganda que aprenden unas de otras y cooperan entre sí. En ese sentido, la tesis de Applebaum puede leerse como una advertencia sobre la mutación del autoritarismo en el siglo XXI.

Los proyectos autoritarios contemporáneos ya no dependen exclusivamente de la coerción abierta ni del control militar del Estado, sino de su capacidad para construir narrativas que agregan y canalizan frustraciones sociales dispersas. No se imponen, sino que se establecen mediante un proceso de legitimación democrática. El resultado es la emergencia de formas de autoritarismo más difusas y liquidas. Se trata de regímenes que siguen siendo formalmente abiertos y competitivos, pero que operan en un clima de polarización extrema y bajo las reglas de una lógica reactiva permanente.

Las categorías clásicas de la ciencia política comienzan así a desdibujarse: lo que observamos no es una ruptura clara con la democracia ni un deseo abierto de sustituirla, sino una metamorfosis incierta. Debates públicos convertidos en espacios de insulto, líderes que utilizan las tribunas institucionales para deslegitimar sistemáticamente a sus adversarios, y oposiciones que abandonan la crítica de envergadura para abrazar estrategias de sabotaje y de morbo golpista. En otras palabras, prácticas profundamente antidemocráticas no reemplazan a la democracia, sino que se desarrollan en su interior. Aparentan no querer destruirla, sino buscar su lugar dentro de ellas.

Para pensar la comunicación política actual, comprender esta nueva realidad es fundamental, porque permite entender la degradación del debate público como el nuevo marco operativo, donde la manipulación, la desinformación y el blindaje del poder alcanzan niveles de sofisticación cada vez mayores.

La conclusión es incómoda, pero imposible de esquivar. La comunicación política sigue cumpliendo la misma función de siempre: transmitir valores, percepciones y sentidos de pertenencia. Lo que cambió fue el combustible. Durante buena parte del ciclo democrático de fines del siglo XX, la aspiración dominante era integrar, moderar y persuadir. Hoy, en cambio, el sistema recompensa a menudo a quien divide mejor, irrita más y logra convertir frustraciones dispersas en identidades compactas. Entender esa transformación ya no es solo una tarea para consultores o académicos: es una condición básica para pensar en los próximos pasos de la democracia contemporánea.



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