En los pasillos del poder ya no se escucha el rugido del león. Lo que se oye es el chirrido de las bisagras del bunker del Clan Menem, cuyos habitantes parecen haber descubierto que el castillo que construyeron estaba hecho con Durlock y cinta de embalar.
El problema, según cuentan las malas lenguas (que suelen ser las mejor informadas), tiene nombre y apellido: Patricia Bullrich. La ministra habla directamente con Javier Milei. Sí, sin pasar por la ventanilla de Karina, sin sacar número y sin esperar que «Lule» levante el pulgar. Un pecado institucional para quienes creen que la Casa Rosada funciona como un grupo de WhatsApp administrado por ellos.
Para colmo, el próximo jefe de Gabinete no sería un soldadito del clan. Ahí comenzaron los sudores fríos. El famoso «esquema de poder» empezó a parecerse más a un queso gruyere que a una fortaleza. Tiene más agujeros que un colador y menos estabilidad que una reposera de plástico en la playa.
Mientras tanto, en vez de empujar leyes, algunos festejan que consiguen demorarlas. Es como celebrar que el colectivo se rompió antes de llegar a destino. Una estrategia brillante… si el objetivo fuera perder tiempo.
El elenco tampoco ayuda. «Camau» Espínola intenta conducir el Senado con la misma naturalidad con la que un pez intentaría manejar un dron. Compararlo con Juan Carlos Romero es como poner a competir un triciclo contra un Fórmula 1. Los dos tienen ruedas, pero hasta ahí llegan las similitudes.
Y después aparece «Lule» Menem, presentado casi como si fuera el Messi de la política. El único detalle es que Javier Milei ya lo dejó varias veces mirando desde el banco. Cada intento de convertirlo en jefe de Gabinete terminó igual que un casting para protagonista donde el actor ni siquiera recuerda el libreto.
En el otro rincón está Patricia Bullrich, que entra sola a las reuniones, sin escuderos, sin batucada y sin carrito de golf. Se planta y dice: «Yo soy los 21». Nadie le discute demasiado porque, a diferencia de otros, acumula varios kilómetros recorridos en la política y conoce el mapa mejor que el GPS.
Entonces aparece la gran amenaza del menemismo: «Si Bullrich se va, ponemos a Juan Carlos Pagotto de jefe del bloque». El silencio que siguió fue tan largo que todavía algunos creen que fue una pausa dramática. La frase tuvo el mismo efecto intimidatorio que amenazar a un tigre con una pistola de agua.
Pagotto podrá ser muchas cosas, pero imaginarlo manteniendo unido un bloque legislativo es como confiarle un castillo de naipes a un gato hiperactivo.
La verdadera dificultad del Clan Menem no parece ser Patricia Bullrich. Tampoco Diego Santilli. Ni siquiera Karina Milei. El principal adversario del clan es el espejo. Cada derrota deja al descubierto que el problema no siempre está afuera.
Y mientras algunos discuten si Bullrich se sentará en la primera fila, en la segunda o detrás de Gabriel Bornoroni —una discusión de una profundidad filosófica comparable con debatir el color de las cortinas mientras se incendia la casa—, la realidad sigue pasando factura.
El balance viene más rojo que la tarjeta después de las vacaciones: Adorni se fue, «Lule» no ascendió, el Ministerio del Interior quedó lejos, la provincia de Buenos Aires se transformó en terreno complicado y Diego Santilli sigue orbitando fuera del control del clan.
En resumen: el operativo para demostrar fortaleza terminó pareciéndose a esos fisicoculturistas de playa que inflan los músculos para la foto… y después no pueden abrir un frasco de aceitunas.
Si el plan era transmitir autoridad, por ahora apenas logran transmitir ansiedad. Y cuando un grupo político dedica más tiempo a acomodar las sillas que a conducir el barco, suele ocurrir lo inevitable: el barco empieza a navegar solo… y ellos terminan discutiendo quién tiene la culpa del iceberg.

