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El aula es un gimnasio emocional

Última actualización: 16 de julio de 2026 2:57 am
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En la escuela, los chicos no aprenden solamente matemática, lengua, ciencias o historia. También aprenden, o deberían aprender, algo que rara vez aparece en la planificación: esperar su turno, tolerar la incomodidad de que algo no les salga, concentrarse aunque haya ruido, convivir con otros, aceptar un límite, pedir ayuda y volver a intentar después de equivocarse. Cada día, en el aula, levantan pesas invisibles.

Sin embargo, solemos exigir esas habilidades como si vinieran incorporadas. Les pedimos que se regulen, que presten atención, que no exploten, que escuchen, que sean pacientes. Pero pocas veces nos preguntamos quién les enseñó a hacerlo. Muchas conductas que interpretamos como falta de voluntad son, en realidad, habilidades todavía no desarrolladas. Esperar es una habilidad. Escuchar es una habilidad. Persistir es una habilidad. Ninguna de ellas aparece sola.

También solemos confundir autorregulación con obediencia. Como si un chico regulado fuera simplemente aquel que no interrumpe, no protesta o no se enoja. Pero regularse no es quedarse quieto. Es reconocer lo que nos pasa y encontrar una manera adecuada de responder. Es poder esperar aunque tengamos ganas de hablar. Es seguir intentando cuando algo se complica. Es pedir ayuda antes de rendirse.

El problema es que por lo general, se evalúan estas habilidades sin enseñarlas. Esperamos que un alumno sostenga la atención durante largos períodos, pero nunca le mostramos qué hacer cuando se distrae. Esperamos que tolere un error, pero muchas veces intervenimos antes de que experimente la frustración necesaria para aprender. Esperamos que escuche, aunque vivimos en una cultura que premia la inmediatez, la respuesta rápida y la gratificación instantánea.

La atención tampoco es algo que los chicos tienen o no tienen. Es una capacidad que se desarrolla. Nadie espera que alguien levante cien kilos sin entrenamiento. Sin embargo, muchas veces esperamos que los chicos sostengan la atención durante largos períodos sin haberla ejercitado nunca.

Cuando un alumno explota frente a una consigna difícil, solemos pensar en un problema de conducta. Cuando otro interrumpe constantemente, pensamos que no respeta normas. Cuando alguien abandona una tarea porque no le sale, concluimos que no tiene perseverancia. A veces es así. Pero muchas otras veces estamos viendo habilidades todavía en construcción. Tienen derecho a enojarse, aburrirse o sentirse frustrados. Lo que necesitan aprender es qué hacer con esas emociones.

Tal vez una de las confusiones más frecuentes sea creer que ayudar significa evitar cualquier incomodidad. Si una actividad les cuesta, la simplificamos. Si se frustran, intervenimos enseguida. Si aparece un conflicto, corremos a resolverlo. Sin darnos cuenta, a veces terminamos haciendo por ellos aquello que justamente deberían aprender a hacer. Ningún músculo se fortalece evitando el esfuerzo. Con las habilidades emocionales ocurre algo parecido.

Debemos pensar en el aula como un "gimnasio" en el que se ejercitan paulatinamente las emociones
Debemos pensar en el aula como un «gimnasio» en el que se ejercitan paulatinamente las emociones

Por eso me gusta pensar el aula como un gimnasio emocional. No porque deba ser un lugar donde todo gire alrededor de las emociones, sino porque comparte la misma lógica del entrenamiento. Un gimnasio no elimina la dificultad: la gradúa. No espera resultados instantáneos: entiende que el progreso lleva tiempo. Y mucho menos abandona a quien todavía no puede: lo acompaña para que pueda más.

En un gimnasio nadie empieza levantando cien kilos. En la escuela tampoco deberíamos esperar que un chico maneje la frustración, la atención o la paciencia de un día para el otro. El aprendizaje emocional ocurre a través de pequeñas experiencias cotidianas: esperar unos minutos más, escuchar una opinión diferente, rehacer un trabajo, aceptar un error, sostener un esfuerzo cuando aparecen las ganas de abandonar.

Un músculo que nunca trabaja se debilita. Una habilidad emocional que nunca se pone a prueba también

Esto no significa convertir a los docentes en terapeutas. La escuela no tiene que resolver todos los problemas emocionales de la infancia. Pero sí tiene una responsabilidad pedagógica enorme: enseñar las habilidades que después va a exigir.

Un músculo que nunca trabaja se debilita. Una habilidad emocional que nunca se pone a prueba también. Cada vez que evitamos toda espera, toda frustración o todo conflicto, resolvemos el problema del momento, pero perdemos una oportunidad de entrenamiento.

La regulación emocional no se enseña con un cartel en la pared ni con una charla ocasional. Se enseña en pequeñas cuotas, pero de manera regular: cuando un docente sostiene un límite sin humillar, cuando acompaña sin sobreproteger, cuando transforma un error en una oportunidad de aprendizaje, porque cada error es una oportunidad para entrenar algo más importante que el contenido: la capacidad de recuperarse.

Hoy hablamos mucho de chicos ansiosos, impulsivos, distraídos o intolerantes a la frustración. Y es cierto: las aulas son cada vez más complejas. Pero tal vez la pregunta no sea solamente qué les pasa a ellos. Tal vez también tengamos que preguntarnos cuánto tiempo dedicamos a enseñar las capacidades que después les reclamamos.


Magíster en Ciencias de la Educación




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