Mientras el Gobierno pregona austeridad, el flamante jefe de Gabinete encontró una vieja receta de la política argentina: cuando faltan abrazos, sobran adelantos del Tesoro. Córdoba fue la primera parada de un tour donde los pesos parecen hablar más fuerte que los discursos.
Dicen que el diálogo construye puentes. En la Casa Rosada parece que descubrieron que, si además el puente viene asfaltado con cientos de miles de millones de pesos, los gobernadores hasta atienden el teléfono con una sonrisa.
Diego Santilli debutó como jefe de Gabinete repartiendo oxígeno financiero y la primera escala fue Córdoba. El anticipo de fondos para Martín Llaryora no solo alivió las cuentas provinciales: también dejó en claro que la nueva diplomacia nacional tiene menos puteadas y más transferencias bancarias.
Después de años de reuniones eternas, comunicados optimistas y fotos que no cambiaban nada, la administración libertaria parece haber redescubierto un clásico de la política criolla: los consensos suelen aparecer cuando la billetera llega antes que el discurso.
La estrategia tiene lógica. Con el Congreso convertido en un rompecabezas y los gobernadores manejando buena parte de las llaves legislativas, cada giro de fondos funciona como un lubricante institucional. Algunos lo llaman federalismo; otros, simple supervivencia política.
Mientras tanto, el relato de la motosierra convive con una calculadora que no deja de sacar cuentas. Porque ajustar es una cosa, pero quedarse sin votos es otra bastante más incómoda.
En definitiva, Santilli parece decidido a demostrar que, en la Argentina, los puentes más sólidos no siempre se construyen con hormigón: a veces alcanzan unos cuantos ceros en la transferencia. Y, como suele ocurrir, nadie pregunta demasiado por la ingeniería cuando el dinero ya cruzó el río.

