Hay campañas publicitarias que buscan llamar la atención, generar impacto y conseguir que una fiesta sea tema de conversación. Pero hay límites que no deberían cruzarse nunca.
El caso del boliche que decidió promocionar una fiesta simulando un accidente de tránsito es uno de esos ejemplos. Utilizar una tragedia que diariamente se cobra vidas para vender una noche de diversión no solamente resulta desafortunado: demuestra una preocupante falta de sensibilidad y de respeto hacia quienes perdieron a un familiar en un siniestro vial.
Mientras cientos de familias todavía conviven con el dolor de haber perdido a un hijo, un padre, una madre, un hermano o un amigo en las calles, convertir un accidente en una puesta en escena para promocionar una fiesta parece, como mínimo, de una enorme irresponsabilidad.
La publicidad puede ser creativa, provocadora e incluso polémica. Pero provocar no significa banalizar el dolor ajeno. Es por ello que un grupo de padres decidió avanzar en la justicia contra el establecimiento.
Y en este caso, la pregunta es inevitable: ¿hasta dónde se puede llegar en nombre de la publicidad y de conseguir algunos minutos de atención en las redes sociales?
La reacción de los familiares de víctimas de siniestros viales deja en claro que la promoción no fue recibida como una simple estrategia de marketing. Para quienes conocen de cerca ese dolor, un accidente no es una escenografía, no es un disfraz y mucho menos un recurso para vender entradas.
El boliche podrá decir que se trató de una campaña, de una ficción o de una manera de generar expectativa. Pero hay algo que ninguna estrategia publicitaria debería perder de vista: el respeto por el dolor de los demás también debería ser un límite.
Porque cuando para promocionar una fiesta hace falta recurrir a la tragedia y al sufrimiento de otros, quizás el problema no esté en que la campaña haya generado polémica. Quizás el problema sea que alguien pensó que esa era una buena idea.

