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NUEVA JERSEY (Enviado especial).- Es hoy.
Y alcanza con caminar unos minutos por Manhattan para darse cuenta. Hay argentinos por todos lados. En Central Park, donde este sábado miles de hinchas volvieron a reunirse para el tradicional banderazo. En Times Square, donde por unas horas los cantitos taparon el ruido de las pantallas gigantes. En el subte. En las veredas. En los bares. Es difícil avanzar una cuadra sin cruzarse con una camiseta de Lionel Messi.
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Algunos llegaron desde Argentina. Otros viajaron desde ciudades de Estados Unidos, Europa o distintos rincones del mundo. Hay familias que aprovecharon la final para volver a verse después de mucho tiempo y grupos de amigos que eligieron este partido como excusa para reencontrarse. También para eso sirve esta selección: para volver a juntar a argentinos que la vida fue desparramando por distintos países.
Es una locura difícil de explicar. Nueva York sigue siendo Nueva York, con sus rascacielos, su ritmo frenético y miles de turistas de todo el mundo. Pero durante estas horas también tiene algo de Buenos Aires. Sobre la Séptima Avenida se multiplican los puestos de comida, las parrillas al paso. Desde los parlantes suenan una y otra vez las canciones de La T y La M. Hay banderas colgadas en balcones y estaciones de tren y una sensación que se repite en cada charla. Nadie se anima a decirlo demasiado fuerte. Pero después de la remontada frente a Inglaterra, muchos imaginan una noche de festejos.
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Y esa confianza no apareció de golpe. La transmite la selección. La fue construyendo partido tras partido. Incluso cuando no jugó bien, como en los primeros partidos. Incluso cuando estuvo abajo en el marcador, como en los últimos. Siempre encontró la manera de salir adelante. Como tantas veces hizo su capitán a lo largo de estos años. Y eso también se contagia. Contra Cabo Verde lo ganó sobre el final. Contra Egipto levantó un 0-2. Contra Suiza encontró el gol en el alargue. Contra Inglaterra dio vuelta el partido cuando apenas quedaban cinco minutos. Cada obstáculo pareció fortalecerla. Hoy llega a la final en su mejor momento.
Del otro lado estará España, el campeón de Europa, el equipo que menos goles recibió en todo el Mundial y uno de los que mejor juega. Será el choque entre el ataque más goleador del torneo y la defensa más sólida. También el reencuentro entre Lionel Scaloni y Luis de la Fuente, amigos desde la época en que el DT español fue profesor del argentino durante el curso de entrenador.
Pero hay algo que ayuda a entender por qué creció tanto la ilusión. Bastó con ver la práctica de este sábado. Se respiraba algo distinto. Menos risas. Más silencio y concentración. Un clima de final. El partido está demasiado cerca y este grupo sabe muy bien lo que se juega. Esa seguridad tampoco apareció por casualidad.
Y, en el medio de todo, vuelve a aparecer Messi.
Hace diez años se fue del MetLife de Nueva Jersey convencido de que nunca volvería a jugar con la selección. “Se terminó”, dijo aquella noche, después de otra final perdida frente a Chile. Sintió que ya no tenía más para dar, que el título con Argentina nunca iba a llegar. Pero volvió. Y terminó construyendo una historia que nadie imaginaba. Ganó la Copa América en Brasil, la Finalissima en Wembley, el Mundial de Qatar y otra Copa América. Ya no tiene nada que demostrar. Sin embargo, ahí está otra vez. A los 39 años, con otra final del mundo por delante.
“Se terminó para mí la selección. Por el bien de todos. Primero por mí, y después por todo. Hay mucha gente que desea eso. Que obviamente no se conforma, y nosotros tampoco, con llegar y no ganar. Nos tocó perder otra vez en los penales. Ya lo intenté mucho. Como ninguno quiero ser campeón, y no se dio. Lamentablemente, me voy sin poder conseguirlo”, insistió.
Lo que cambió desde aquella noche no fue solamente su historia. Cambió la selección. Cambió el vínculo con la gente. Y cambió, sobre todo, la manera de competir. Este grupo que lo vio tocar fondo y volver a levantarse también aprendió de eso: a reaccionar cada vez que recibió un golpe. A seguir creyendo. A no desesperarse. Y, en buena medida, lo hizo siguiendo el ejemplo de su capitán. Durante este Mundial volvió a quedar claro. Siempre hubo alguien dispuesto a dar un paso más. Y casi siempre, delante de todos, estuvo Messi. Muy por encima del nivel que casi todos imaginaban, volvió a ser el jugador más importante del equipo. Batió récords de goles y de asistencias y apareció siempre en los momentos decisivos.

Ahora esta generación quiere hacer historia otra vez. Argentina puede convertirse en el primer bicampeón del mundo desde Brasil, que ganó las Copas de 1958 y 1962. Es una posibilidad única. También una responsabilidad enorme. Enfrente estará un rival que llega con argumentos de sobra para ser campeón. Casi ningún otro país quiere que Argentina gane esta final. Pero eso, a esta selección, hace tiempo dejó de preocuparla. Después de más de un mes de concentración, viajes, entrenamientos y partidos, ya no queda nada por corregir. Todo lo que había que construir ya está construido.
Ahora hay que jugar.
Y hacerlo como sabe este equipo. Sin desesperarse. Sin renunciar a su identidad. Con la misma personalidad con la que atravesó un Mundial que nunca le regaló nada. Porque si algo demostró Argentina durante este torneo fue que sabe competir. Lo hizo cuando dominó y también cuando sufrió. Cuando encontró espacios y cuando tuvo que esperar. Cuando el partido parecía controlado y cuando tuvo que salir a buscarlo. Nunca dejó de confiar.

El optimismo que rodea a la selección no nace de la euforia. Nace de la convicción. De un equipo que fue creciendo partido a partido. De un grupo que sabe a qué juega. De un cuerpo técnico que hace tiempo transmite serenidad incluso en los momentos más difíciles.
Pero las finales tampoco se juegan solamente con los pies. También se juegan con la historia. Con la confianza. Con la experiencia. Con todo lo que un equipo fue acumulando a lo largo del ciclo para llegar hasta este momento.
En 2016, en este mismo estadio, Messi creyó que el camino había terminado. Hoy vuelve a recorrer ese túnel acompañado por un grupo que creció viéndolo sobreponerse una y otra vez. Ya no está solo. Detrás suyo caminan sus compañeros. Camina Scaloni. Camina un cuerpo técnico que cambió la historia de la selección. Y caminan miles de argentinos que dejaron tiempo, dinero y comodidad para estar acá, con la certeza de que hay partidos que vale la pena vivir aunque cuesten un esfuerzo imposible. Porque, durante años, el primero en demostrar que nunca había que darse por vencido fue el propio Messi.
Es hoy.
No porque lo diga el calendario.
No porque se juegue una final.
Es hoy porque hay días que valen una vida entera.
La historia, ahora, vuelve a darle una oportunidad.
Solo queda salir a buscarla.
Por Leandro Contento

