En primer lugar, ¡Feliz Día del Padre! Pero no será la única fiesta de los próximos días. Viene otra esta semana. Y, aunque selectiva, nos comprende a muchos.
¿Qué planes tiene, querido lector para el sábado próximo? Cancele todo y reserve esa fecha para celebrar a lo grande. El 27 de junio es el Día del Boludo, pero no de cualquier boludo, no se ofenda. Es el de los que pagan impuestos, declaran todos sus bienes, cumplen las leyes, devuelven lo que les depositan por error, se bancan sin insultar que no los entienda el bot del banco, ceden el asiento en el transporte público, asisten a los adultos mayores, no se adelantan en las curvas, no se cuelan ni en la fila del súper ni del colectivo ni se quedan con el excedente de un vuelto.
Es decir, es el día del boludo bueno, útil, no del que se hace el boludo. Si le cae mal leer tantas veces este vocablo, le pido disculpas, pero el día se instituyó hace ya 17 años como homenaje a quienes hacen las cosas bien. Ni le cuento el infarto que casi le provoqué al secretario general de Redacción del diario cuando llevé este tema a la reunión de tapa de aquella época. En ese encuentro cotidiano de jefes de sección, cada uno cuenta las notas en las que están trabajando sus redactores y se eligen las más atrayentes para la apertura. Me asesinó con la mirada. Fue el único momento de los 40 años que trabajo en LA NACION que creí que me despedían sin más. Por suerte, dejó que me explayara y, ¡Eureka!, la nota se publicó como homenaje al argentino honorable y en desmedro del vivillo criollo.
Desde ya que no fue instituido por ley. ¡Bueno sería!. Fue a partir de una iniciativa digital, de los entonces blogueros, antecesores de los streamers, youtubers, influencers, tiktoqueros y demás especialistas en crear modas que suelen durar entre poco tiempo y una nadita. Pues esta ha sido la excepción. Aunque ya no existe más la página “oficial”, cada 27 de junio se sigue celebrando ese día entre quienes entienden que hacer las cosas bien es de boludos conscientes, aplicados y hasta amorosos con las vueltas de la vida en particular y frente a la burocracia en general.
Con los años, esa palabra ingresó definitivamente en el acervo cotidiano como saludo, felicitación o muestra de cariño. También se usa para calificar al torpe que se equivoca con gracia desternillante, para celebrar un gol, para alentar al amigo indeciso o desalentar al que se nos interpone para darnos la ayuda que no necesitamos. Ya sé que en nuestra lengua hay más de 80.000 vocablos, uno más bello que otro, pero este se impuso y, aunque reemplazable, no daña.
Tanta penetración ha logrado el término transversalmente a todas las edades y en casi todos los ámbitos que uno ya no puede enojarse con quien lo larga en medio de una conversación. Si hasta los extranjeros lo aprenden como primerísima expresión. Y no se lo digo por la larga diferenciación que el actor Robert de Niro hace entre “boludo” y “pelotudo” en el personaje que le tocó interpretar en la serie Nada, protagonizada por Luis Brandoni –estaba en el guion, claro-, sino porque se la puede escuchar hasta en los ámbitos académicos y, de empleado a jefe y también en sentido contrario, sin consecuencias riesgosas.
Le cuento una anécdota y lo dejo en libertad para ir preparando los festejos. Hace unos 15 años, el diario contrató a un pasante oriundo de Manchester, Inglaterra. El chico se había argentinizado tanto, amaba tanto nuestro país, que llevaba siempre a flor de boca dos cosas: la bombilla del mate y la palabra boludo. Estando yo a cargo de la sección Policiales y habiéndolo enviado a cubrir un incendio, le atendí el teléfono para que me contara lo sucedido. “No sabés boluda el humo que había. Se quemó todo, boluda”, me zampó sin anestesia. No lo reprendí. Solo le rogué que no lo escribiera en la crónica.

