Una chica de 20 años caminaba a trabajar a las 5:30 de la mañana. No estaba en una fiesta, no estaba en un “lugar peligroso”, no estaba “buscando problemas”. Estaba haciendo lo que te venden como virtud: laburar. Y sin embargo terminó en un quirófano, con un tiro en la espalda. Dos tipos en moto —la postal repetida hasta el hartazgo— la interceptan, forcejean y disparan. No uno: varios tiros. Y uno entra. Directo. Limpio. A matar o a lo que salga.
Después, lo de siempre: fuga, investigación, pericias, cámaras. Porque acá no hubo “exceso”, ni “error”, ni “situación confusa”. Hubo decisión de matar. Disparar por un celular. Disparar por una cartera. Disparar porque sí. Porque pueden. La joven —Micaela Alfaro— sobrevivió de milagro, con el cuerpo atravesado y el futuro en pausa. Lesiones en órganos, cirugía urgente, internación y una cadena de oración que reemplaza lo que debería ser política pública. Mientras tanto, la discusión sigue en modo placebo: estadísticas, operativos, declaraciones tibias. Como si el problema fuera técnico y no brutalmente moral. La pregunta incómoda es otra; ¿en qué momento naturalizamos que salir a trabajar sea una ruleta rusa?, porque no fue un robo, fue un mensaje claro; en ciertas zonas, a ciertas horas —y cada vez más, a cualquier hora— la vida vale menos que lo que llevás en el bolsillo.

